Jornada 9. La Ira de Dios (33)


Los zombis se movían a su ritmo. Ni deprisa, ni despacio. Algunos más rápidos que otros, pero daba igual, no había formación, no había orden ni objetivo. Caminaban de un punto del continente a otro. Y luego a otro. Y luego a otro. Y allí por donde pasaban no quedaba ser humano vivo que pudiera contarlo. No había suficiente munición para acabar con ellos. No había explosivos suficientes ni efectivos. Eso era lo que le esperaba a Europa cuando se despistaran y bajaran la guardia.

Las campanas sonaron y Xavier se dirigió con calma a la capilla, esperando a que todo el mundo entrara y él fuera el último. Se quedó al lado de la puerta, tratando de esconder la escopeta, pero sin dejar de tenerla a mano. El prior comenzó a hablar y a asegurar a todo el mundo que las cosas estaban bien y que había que confiar en Dios en esos momentos más que nunca.

La mente de Xavier volvió a viajar al continente africano. Y a una escena en particular que siempre le venía a la cabeza cuando se hablaba de Dios y la fe, y que había que confiar en él. Fue una de las pocas veces que su fe se vio tocada profundamente.

Estaban viajando por el continente sin un rumbo fijo cuando llegaron a una colina. Desde la misma se podía ver una enorme porción de terreno. A lo lejos columnas de humo se levantaban verticalmente sin que el viento lo desplazara. Según los mapas por esa zona no había ninguna ciudad o poblado. Mara sugirió que podía ser algún avión comercial derribado. Xavier cogió unos prismáticos y los orientó hacia esa zona.

Era un choque de trenes. Al parecer habían chocado de frente y había vagones esparcidos por todas partes, en su mayor parte destrozados, y convertidos en amasijos de hierros. Seguramente los trenes habían salido huyendo de sus ciudades cargados de gente y sin nadie que los controlara habían usado la misma vía y chocado frontalmente. Pero eso no era lo peor. Otros trenes habían venido detrás y habían chocado contra los restos de los primeros convoyes de manera que eso se había convertido en un cementerio de vagones esparcidos por varios kilómetros a la redonda.

Los prismáticos le permitían ver con gran detalle. Sólo quedaban zombis. Cuerpos arrastrándose sin extremidades, o caminando sin rumbo fijo con trozos enteros que les faltaban de sus cuerpos. En algunos casos podía ver cristales teñidos de rojo y a través de alguna ventana rota los muertos vivientes caminando por los pasillos de un lado para otro sin saber cómo salir. Pero otros simplemente permanecían sentados en sus asientos como si estuvieran esperando a que el tren llegara a su destino. En esos momentos había dudado de la existencia de Dios. ¿Cómo un ser divino y supuestamente bondadoso podía permitir un espectáculo así? Había vagones incendiados y que quemaban gracias a los cadáveres andantes. Y el fuego parecía ir saltando de vez en cuando entre vagones. Debía haber media centena de ellos. Los últimos aún sobre las vías, pero otros tirados a los lados de las mismas, volcados de lado o boca arriba, otros partidos en dos, o aplastados… y entre los restos… algo sin vida moviéndose y tratando de salir. Y los buitres que volaban alrededor en círculo vigilantes desde arriba pero que no se atrevían a bajar a coger ningún pedazo de carne. Ni siquiera ellos parecían sentir ganas de comer esa carne contaminada.

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