Jornada 9. La Ira de Dios (32)


Y lo que le esperaba a Europa lo había visto en primera persona acompañando a Mara en su busca de venganza. Pequeños focos de humanidad todavía resistían pero era cuestión de tiempo de que cayeran a manos de los muertos vivientes. Una marabunta que no se detenía por nada indefinidamente. Si un río les impedía el paso esperaban a que el caudal bajara, o a que algo les permitiera pasar. O seguían caminado a ambos lados del agua buscando un modo de cruzarlo, siempre con un único objetivo: Acabar con todos los humanos vivos.

Pero aunque los muertos andantes eran un peligro constante, también lo eran los seres humanos que respiraban. Rapiñeros ambulantes que asolaban las zonas de supervivientes en busca de sus víveres, y de las mujeres. La mayoría de veces tenían éxito y dejaban a su paso más cadáveres y destrucción. Pero algunas se encontraban con grupos organizados que se defendían y los hacían huir.

Era una guerra constante. Vivos contra no-muertos, vivos contra vivos, y Europa contra África. Y los no-muertos que simplemente caminaban de un lado para otro. O permanecían parados en las ciudades esperando. Durante sus viajes los había visto a miles, amasados en las calles de las ciudades, inmóviles. Era una visión tétrica. Y a la vez… tenía algo de poética. Algo irracional pensaba a veces cuando recordaba esas imágenes. Pero… eran una fuerza de la naturaleza, esperando a que algo sucediera. Una tormenta en el horizonte.

Pero lo más espectacular a lo que había asistido en su paso por ese continente eran los movimientos en masa de millones de zombis. Daba igual si fuera una selva, el desierto, páramos, estepas… eran un ejército de las tinieblas. Los animales cuando les sentían huían y se refugiaban lejos de su paso a pesar de que los zombis les ignoraban completamente. Pero era el instinto de supervivencia que les obligaba a huir. Notaban algo maligno, enemigo directo de la vida que les obligaba a correr en dirección contraria.

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