Jornada 9. La Ira de Dios (31)


Xavier se dio cuenta de que poco a poco el valle comenzaba a iluminarse y el sol salía por detrás de las montañas. La noche había pasado sin mayores incidentes. Imaginó que en breve sonarían las campanas para llamar a la misa del gallo. La primera del día. Y luego llegaría el desayuno.

Mientras esperaba a las campanas no pudo evitar recordar su vuelta al continente africano después de que el Primer Mundo hubiera comenzado a recuperar la normalidad relativa. Nadie parecía preocupado por recuperar el continente al sur de Europa. Y las matanzas que se llevaron a cabo en el mar Mediterráneo amenazaron con convertirlo en un nuevo mar Rojo. La gente que intentaba huir por mar se encontraba con una fuerza militar conjunta europea y norteamericana para impedir que nada del continente negro llegara al continente blanco.

Las embarcaciones, recreativas, cayucos de madera, lanchas neumáticas, todas llenas a rebosar de gente eran invitadas a volver a tierra. Y las que no obedecían eran hundidas si miramientos y los náufragos abandonados a su suerte o, aún peor, acribillados y destrozados para asegurarse de que no llegaran a tierra firme europea. Regularmente se usaban barcos de pesca de arrastre para recuperar esos cadáveres para que no llegaran a las costas civilizadas y luego eran abandonados en las playas o zonas costeras africanas.

Y nadie se molestaba lo más mínimo por ello. Tampoco era que apareciera en las noticias. Pero aunque hubiera aparecido… seguramente la gente no se hubiera indignado y se hubiera ido acostumbrando. Si con ello conseguían volver a recuperar su tranquilidad, cualquier método era bueno.

El problema de eso era que estaban abandonando todo un continente, con cerca de mil millones de personas… todos zombis potenciales. Y si parecía que algo habían olvidado las personas al mando era que dejar a los zombis libres era peligroso. Eran muy hábiles para volver cuando menos se les esperaba. Y ese millar de millones seguro que esperarían a su oportunidad para recordarle a Europa su crimen, su pecado. Sólo era cuestión de tiempo. Y para un muerto, eso no era un problema.

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