Jornada 9. La Ira de Dios (18)


Nada más entrar Xavier pudo observar cómo la gente parecía hipnotizada delante del televisor, mirando las imágenes y sin darse cuenta de que el prior había entrado en la estancia. Entre ellos estaban murmurando y alguna mujer incluso lloraba al ver las imágenes, pero no apartaba la vista.

La televisión era lo suficientemente grande para no tener que acercarse para ver las imágenes. Y no había duda. Los zombis estaban atacando la Cabalgata de Reyes y a todos los presentes. Si había alguna duda los presentadores lo estaban confirmando a través de la retransmisión. Había gente por los suelos desangrándose, otros corrían tirando a los que les interrumpían la huida y pasándoles por encima. Aquello era un caos.

Xavier no pudo evitar quedarse también hipnotizado al ver las imágenes. ¿Cómo había podido ocurrir algo así? El número de zombis era el más grande que había visto nunca desde la plaga en una ciudad segura. ¿Cómo se habían podido reproducir de esa manera y llegar hasta el centro de la ciudad? Era imposible.

Jornada 9. La Ira de Dios (17)


-Seguramente algún bromista –respondió el prior- Ya sabe que hay grupos de jóvenes que encuentran gracioso disfrazarse e ir asustando a la gente. Hasta que comienzan a dispararles.

-No, prior, esta vez es de verdad –respondió el sacerdote- En la Cabalgata de Reyes. Es terrible.

El prior y Xavier se pusieron de pie rápidamente.

-Espero que no sea una broma-le advirtió el prior de forma severa.

-No, estábamos viendo la retransmisión de la Cabalgata por la televisión y… hizo una pausa- Es terrible. Una masacre.

Los tres salieron rápidamente del despacho del prior y comenzaron a correr por los pasillos en dirección a la sala común.

Jornada 9. La Ira de Dios (16)


Durante las siguientes horas, Xavier estuvo preguntando al prior sobre el pasado y sus consecuencias, y apuntando las respuestas en su cuaderno con la paciencia del prior que trataba de responder a las preguntas sin entrar en comentarios personales. El sol se comenzaba a ocultar cuando fueron interrumpidos por la entrada de uno de los miembros de la congregación.

-Prior, es terrible –dijo de forma entrecortada y casi sin aliento- Los zombis… los zombis…

El prior miró pacientemente al recién llegado. Parecía que no era la primera vez que le interrumpían.

-Padre, respire hondo –dijo el prior tranquilamente sin levantarse- ¿Ya han vuelto a gastarle alguna broma?

-No prior –dijo apresuradamente el sacerdote- En la tele… los zombis…

Jornada 9. La Ira de Dios (15)


El prior hizo una pausa.

-Las noches de luna nueva eran las peores –recordó éste- Total oscuridad. No se podía ver nada. Y eso implicaba que debíamos tener cuidado con las luces en el santuario. Es cierto que podemos ver varios kilómetros a nuestro alrededor, pero en una noche oscura cualquier luz podía delatar nuestra posición. Poníamos trozos de cristales en los accesos de manera que el ruido al pisarlos alertara a los centinelas en la oscuridad. O los típicos hilos con botes llenos de piedras… Esas alarmas en esas noches eran muy importantes ya que no teníamos otra manera de ver venir a los zombis.

>>Es curioso cómo ha evolucionado la tecnología gracias a los zombis –dijo pensativo el prior- En aquellas noches las linternas eran indispensables. Recuerdo su tamaño. Eran gigantescas, y las pilas que usaban… eran como mi puño cerrado. Y ahora en cambio… las linternas son tan pequeñas como mi dedo meñique pero iluminan a cientos de metros. Por no hablar de las que tienen una manivela para cargarlas, o las pilas recargables… toda esa tecnología… dudo que existiera hoy en día si los zombis no hubieran aparecido.

Xavier asintió. La tecnología había evolucionado muy rápidamente cuando la sociedad se estabilizó de nuevo. Sobre todo la industria armamentística, que con la excusa de investigar nuevas maneras para ayudar a la gente a defenderse, había gastado millones en nuevas maneras de matar zombis. Nuevas clases de munición, armas más sencillas de manejar… pero a cambio había ganado mucho más dinero e influencia en la sociedad. Y los contratos con los militares habían sido muy suculentos.

Jornada 9. La Ira de Dios (14)


Durante los siguientes segundos un incómodo silencio inundó la estancia. Fue Xavier el que rompió el silencio.

-Pero no estamos aquí para esto –dijo Xavier tratando de volver al tema principal de su encuentro- ¿Cómo lo hicieron con la cantidad de personas que llegaron a tener? ¿No surgían problemas?

-Al principio nadie era consciente realmente de lo que estaba pasando –comenzó a contestar el prior- Y no había la cantidad de maneras de comunicarse de ahora. Podía ser el fin del mundo. No había manera de saberlo. Así que lo único que podíamos hacer era tener esperanza e ir día a día.

Xavier asentía mientras tomaba notas.

-No sabíamos si éramos los únicos supervivientes –continuó el prior- Pero nuestro deber era sobrevivir. La mayor parte de personas que llegó al principio era de los pueblos cercanos. Así que el tema de las provisiones no era un problema. Había cazadores, agricultores, pastores… Así que organizar zonas para todo eso no era un problema. Además los cazadores ayudaban a proteger el santuario. El problema llegó cuando comenzó a llegar gente de ciudades como Palma o Inca. Tan acostumbrados a tenerlo todo hecho. Hubo problemas para hacerles ver que debían contribuir a la comunidad.

-¿Hubo problemas de carácter público? ¿Borrachos, ladrones? –Preguntó Xavier.

-No quiero que me entienda mal, pero mientras sólo hubo gente de pueblos todo fue bien –dijo cuidando las palabras que decía el prior- Cuando llegó la gente de ciudad… afortunadamente la Guardia Civil nos prestó una pareja para que sirvieran como representación de la justicia. Eso hizo que las cosas se calmaran algo hasta que los ciudadanos captaron la idea de que debían contribuir con su esfuerzo al día a día.

>>Fueron meses complicados. Con la amenaza de los zombis siempre presente. A veces era complicado dormir por las noches con los niños despertándose pegando gritos. Había que explicarles y enseñarles cómo estaban protegidos. Debo decir que llegamos a crear varios sistemas muy curiosos para detectar zombis.

Jornada 9. La Ira de Dios (13)


Xavier le devolvió la sonrisa.

-En todo caso –continuó el prior- Lo he consultado con el obispo y me ha dado carta blanca para responder a sus preguntas o ignorarlas. Así que cuando quiera podemos comenzar. Aunque no espere grandes revelaciones ni historias que puedan pasar a la posteridad.

-Créame si quisiera escribir sobre aventuras y esas cosas escribiría un diario de mis viajes. Y de las aventuras de mi compañera.

-Ah sí, algo he oído –dijo el prior haciendo como que recordaba- El cazador de zombis. Creía que era una leyenda urbana.

-No soy precisamente un cazador de zombis –se defendió Xavier- Ni un guerrero. He llegado a estar rodeado de cientos de miles de zombis. Y créame, no he disparado ni una sola bala en ese caso. No soy un suicida ni un fanático religioso. No les mato porque una voz que crea que es Dios me lo diga. Los mato porque sus cuerpos están vacíos y no tengo la seguridad de que el alma que lo habitaba pueda completar su viaje si su cuerpo sigue… en movimiento sin un entierro religioso. Es todo un nuevo mundo filosófico. ¿Están muertos? ¿Están vivos? ¿Tienen alma? ¿Qué seguridad tenemos que el alma abandona el cuerpo cuando mueren por primera vez?

El prior guardó silencio. Parecía tener su propia opinión al respecto pero no parecía querer comentarla con Xavier.

-Creo que los zombis son una aberración de la naturaleza –siguió Xavier- No un castigo divino. Pero eso implica otras preguntas más esotéricas. Así que me decanto por la explicación más sencilla: Un muerto debe continuar muerto y no ir moviéndose por ahí causando daño y dolor a los demás. Así lo veo yo.

Jornada 9. La Ira de Dios (12)


Una labor encomiable –respondió el prior pensativo. Pero no sé exactamente qué espera de mí.

-Su colaboración. Tengo entendido que este monasterio… santuario, perdón, tuvo un papel clave en la supervivencia de muchos mallorquines y en la posterior etapa post-plaga. Ayudando a re-construir pueblos y dando de comer a mucha gente.

-No fue nada del otro mundo. Hicimos nuestra labor de siempre: Ayudar al necesitado.

-De eso trata el libro precisamente. Para usted es algo normal ayudar al necesitado. Pero si conseguimos con este libro que la gente cambie un poco su mentalidad a lo mejor ayudamos a mejorar la sociedad.

El prior no pudo evitar soltar una carcajada.

-Disculpe, pero es usted un idealista. Sinceramente no entiendo cómo le pudieron excomulgar. Es usted demasiado inocente para ser peligroso. Claro que ciertamente al final los inocentes son los más peligrosos si uno lo piensa bien.

-Gracias –dijo Xavier- Creo. El caso es que una cosa no tiene nada que ver con otra. No sé si habrá tenido tiempo de leer lo que le envié para que se hiciera una idea de lo que busco.

-Sí. Material interesante. Ha recorrido usted mundo. O al menos parece que ha obtenido mejor información que en este caso –señaló el prior- Es una documentación interesante. Aunque si le soy sincero… no lo veo claro. Entiéndame, soy el primero en defender la libertad de información pero creo que parte del material que revela es… demasiado conflictivo. Y no creo que sea fácilmente aceptado o creído.

-Bueno, ése será mi problema en todo caso, ¿Verdad? –Preguntó Xavier que continuó hablando sin esperar una respuesta- Yo tampoco creo que el mundo quiera saber la verdad. O que se la recuerden. Pero si hiciéramos sólo lo que la mayoría cree… el cristianismo no existiría.

Ambos guardaron silencio durante unos segundos.

-Inocente pero peligroso –sonrió el prior amablemente estudiando a Xavier- Creo que estoy comenzando a entender el motivo de sus problemas.

Jornada 9. La Ira de Dios (11)


-No, ya éramos un santuario de antes –le aclaró el prior- Claro que el término se hizo más popular debido a los desgraciados eventos que sucedieron en la isla. Algunos crueles dirían que fue cosa de Dios para aclarar el error. Pero yo creo que simplemente se debió a que tuvimos más publicidad y la gente se interesó más por nosotros. Pero pasado el momento… volvimos a ser un monasterio para el resto del mundo.

Xavier guardó un largo silencio mientras seguía escribiendo en su cuaderno apresuradamente.

-Así que los monjes que pasean por el recinto…

-Algunos son hermanos coadjutores, otros sacerdotes –le siguió aclarando el prior- Pero no tenemos monjes, me temo. No en plantilla, quiero decir.

Xavier seguía escribiendo en su cuaderno mientras trataba de aclararse las ideas.

-Supongo que no tener a mano los recursos de la Iglesia hace que su información sea así de incorrecta –señaló el prior- ¿El resto de su libro es igual de confuso?

Xavier negó rápidamente con la cabeza.

-No, toda la información es de primera mano, recogida de testigos, como estoy haciendo ahora –le aclaró- Es cierto que en algunos casos trato de informarme con antelación para prepararme y saber qué preguntar o qué esperar pero en este caso… reconozco mi vergüenza. Supongo que, como dice, los seglares no suelen dar mucha importancia a estas cosas.

-Una vez aclarado esto, y siguiendo con el tema anterior –comenzó a redirigir la conversación el prior- No sé si es usted la persona adecuada para el trabajo. Su pasado es bastante oscuro. Y su reputación… no es nada buena. Todas esas cosas hacen que me plantee si sus intenciones son realmente honestas.

-Dios sabe la verdad. Y eso es lo único que importa –le interrumpió Xavier- Lo que quiero es que la gente conozca la labor de esas personas anónimas que nadie parece recordar.

Jornada 9. La Ira de Dios (10)


-Tampoco tengo muy claro que pudiera conseguirlos si lo buscara –dijo algo secamente el abad- Creo que no ha hecho bien los deberes. Si me permite el comentario, no se ha informado debidamente.

-¿A qué se refiere? –Preguntó algo confuso Xavier.

-Bueno, la mayor parte de su información es errónea en lo que se refiere a este lugar me temo –respondió el abad.

-No le entiendo.

-Bueno, por un lado, esto no es un monasterio, ni nunca lo ha sido –le explicó el abad pacientemente- Es un error muy común entre los seglares. Pero esperaba que usted, con su pasado, estuviera mejor informado.

-Pero todo el mundo… -trató de explicarse Xavier- Quiero decir… Internet…

-Nunca ha habido monjes, esto siempre ha sido un santuario –le aclaró el abad.

-Entonces… Pero la información… -Xavier no sabía qué decir ante las correcciones.

-El título que usted cree que tengo también es incorrecto por tanto, no es abad, es prior. La verdad es que es un error muy común, como ya le he dicho, referirse al santuario como monasterio y por tanto atribuirme el título de abad. Supongo que la visión, no sé, romántica de los monjes es mejor que la realidad. Supongo que sus hábitos son mejores que los nuestros.

-Así que no cambiaron la denominación cuando finalizó la plaga zombi –dijo pensativo Xavier mientras sacaba un cuaderno y comenzaba a tomar notas.

Jornada 9. La Ira de Dios (09)


-Como ya le informé me gustaría hablar con usted sobre el papel que jugó el monasterio y sus habitantes durante la plaga zombi del 85 –respondió Xavier-. Estoy recopilando dichas historias para un libro que me gustaría que contara una visión inédita del suceso.

-Resulta extraño que sea precisamente usted quien quiera escribir dicho libro –dijo el abad sin ocultar cierto malestar-. Un malpensado esperaría que retorciera dichos relatos en su beneficio para dejar en mal lugar a la Iglesia.

Xavier sonrió. El elefante no había tardado en aparecer en la conversación.

-Comprendo sus reticencias. No es el primero que señala esa posibilidad –respondió Xavier- ¿Por qué un excomulgado desearía hablar bien de la gente que ha arrastrado su reputación y su nombre por el barro? La respuesta sencilla, sería básicamente que soy la persona ideal para que cuando aparezca el libro nadie diga que está cocinado para, justamente, retorcer la verdad a favor de los religiosos. No tengo nada que ganar en esta tarea. Y, seamos razonables, con la influencia que tiene la Iglesia Católica de la sociedad hoy en día sería ridículo tratar de desacreditarla. Además, siempre se podría decir que es una obra de ficción.

Xavier hizo una pausa.

-Además, a todas las personas con las que me he entrevistado les he propuesto el mismo trato: cuando esté acabado y antes de ser publicado les mandaré una copia y si no están de acuerdo retiraré su relato. Así de simple. No busco la fama, ni el dinero, ni el perdón o la redención.

El abad pareció sorprendido al escuchar eso último.