Jornada 8. Gerald contra el mundo (87)


Nadie se atrevía a mirar hacia el portaaviones. Incluso los que estaban de cara al mismo preferían girar la cabeza y mirar hacia delante. Alguno de los soldados estaba rezando en voz baja. Habían dejado atrás ya el mar y ahora sobrevolaban la ciudad a gran velocidad buscando una distancia de seguridad que no sería a ciencia cierta precisamente segura.

Pasaron los quince segundos y a pesar del ruido del helicóptero pudieron escuchar la primera detonación. Unos segundos después una segunda explosión se sentía en todo el helicóptero. Pero todavía seguían vivos. Seguramente no sería tan sencillo como dos torpedos para llegar y hacer explotar la central nuclear del interior del portaaviones… pero seis o más como parecía que habían disparado… eso era otra cosa.

Gerald se cansó de esperar y giró la cabeza tratando de ver algo. El portaaviones comenzaba a mostrar una gran columna de humo en su parte central pudiendo ver cómo dos explosiones más lo sacudían y el fuego y las llamas comenzaban a multiplicarse. Pero la gran explosión seguía sin ocurrir. Aquella espera le estaba matando. Ya no tenía edad para eso. Notaba su corazón bombeando sangre al resto de su cuerpo a una velocidad increíble.

Más explosiones parecieron partir por la mitad la nave norteamericana que comenzaba a hundirse por en medio. La parte trasera comenzaba a levantarse y mostrar sus enormes hélices mientras los aviones y helicópteros que había en la pista comenzaban a ceder ante la gravedad y deslizarse hacia el agua. La parte delantera también había comenzado a inclinarse pero un par de explosiones más hicieron que se acabara girando dejando la parte de la lista a la vista desde la bahía.