Jornada 8. Gerald contra el mundo (78)


-Además, a todo esto, ¿a qué juega el ejército y el gobierno español? –Preguntó Gerald a modo de contraataque- No estáis haciendo nada por salvar la ciudad o la isla. Sólo sois perros guardianes de otros.

-Órdenes son órdenes. Vigilar, pero no intervenir –respondió Vázquez encogiéndose de hombros- Y no tengo ganas de que me peguen un tiro por desobedecer órdenes.

-¿Cómo te van a pegar un tiro por desobedecer órdenes? No seas estúpido –respondió Gerald.

Vázquez no dijo nada pensando en el pobre desgraciado que había muerto en el cuartel de la carretera de Valldemossa por oponerse a seguir las ‘órdenes’… y eso que no era un militar sino un policía local. No pudo impedir que sus pensamientos fueran hacia el sargento y el otro policía, ¿qué debía de ser de ellos? ¿Seguirían vivos? Bueno, el caso es que si se quedaban en casa del escritor no tendrían grandes problemas. Ése sí que era un plan espléndido. Pasar toda la guerra encerrado, a salvo, comiendo y bebiendo hasta cansarse. Pero no, él tenía que haber vuelto al cuartel, como un corderito. Al fin y al cabo, ¿qué más podía hacer? ¿Desertar? Se había hecho una vida entre los militares, una muy cómoda vida. Y no tenía ganas de dejarla. Ni planes de futuro fuera de su vida como soldado.

-Creía que estos aparatos no entrarían en servicio hasta el año que viene –interrumpió Gerald los pensamientos de Vázquez.

-Querían usar un Cougar súper cutre para el traslado –le comenzó a explicar el soldado- Pero les convencí que daríamos mejor impresión tanto a ti como a los americanos para que vieran lo que tenemos los isleños entre las manos si usábamos este juguetito. Los teníamos a prueba para evaluarlos y los pobres se estaban muriendo de asco y cogiendo polvo, así que…

-Si la verdad es que no está mal pero… -Gerald se quedó unos instantes en silencio- No impone miedo. Es el problema de los diseños europeos. Son… cómo decirlo… aburridos. Mira el helicóptero Apache, o los cazas Tomcat, o la versión norteamericana de este vehículo, el blackhawk, los ves y te recorre un escalofrío por la espalda.

Vázquez suspiró.

-El arte de la guerra ha cambiado –le respondió- Infundir miedo ya no es posible. ¿Cómo aterrorizas a alguien que es la pesadilla ambulante de cualquier ser humano? No tiene miedo, no tiene frío, ni calor, no tiene dudas, ni piedad. Es una marabunta. Avanza, y avanza, y avanza, y da igual lo que le hagas, da igual que lo quemes, lo hieles, le dispares, lo vueles por los aires, lo gasees, lo disuelvas, continúa avanzando, imparable. ¿Cómo le metes miedo a algo así? No, los tiempos han cambiado. Ahora de lo que se trata es de que la gente se sienta segura dentro del vehículo y no de que el enemigo sienta miedo.

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