Jornada 8. Gerald contra el mundo (46)


Carlos miró a los guardaespaldas con cierta resignación. Como si fueran una molestia necesaria pero que hacía que su trabajo fuera más duro.

-¿Algún problema? –Preguntó finalmente con cierto aire de esperar a que alguien dijera que sí.

-No, todo bien –dijo Gerald sonriendo y mirando a ‘sierra’- ¿verdad querida amiga?

‘sierra’ asintió con la cabeza mientras se masajeaba el dolorido cuello.

-Todos somos amigos aquí dentro –siguió hablando Gerald- Tratando de pasar el tiempo hasta que vengan a salvarnos.

Carlos no ocultó su incredulidad pero decidió que no valía la pena indagar más en el asunto.

-Pep quiere hablar con usted –dijo mirando a Gerald- Si ha acabado de pasarlo bien.

Gerald asintió y cogió su toalla. Se puso en cuclillas al pasar al lado de ‘sierra’.

-Ya le informaré de qué quiero a cambio de librarles de su problema –dijo en un susurro- Y de lo que necesito.

La cara de ‘sierra’ era un poema y sus ojos siguieron al informático mientras éste abandonaba la piscina sonriendo y bromeando con el jefe de seguridad.

Jornada 8. Gerald contra el mundo (45)


La cara de ‘sierra’ era un poema. Mientras trataba de seguir respirando con dificultad veía los ojos de Gerald que estaban fijos en los de ella y que parecían dar a entender el placer que su dueño estaba sintiendo en aquellos momentos. Unos ojos fríos, inmisericordes, como si estuvieran mirando a un insecto.

Notó como la presa de Gerald comenzaba a aflojarse y la soltaba. Cayó de rodillas y comenzó a respirar de forma rápida mientras trataba de ordenar sus ideas. Notó como Gerald se agachaba a su lado.

-Podría haberla matado antes de que sus matones llegaran –le advirtió- Pero necesito que lleve el mensaje a sus superiores, o compañeros, o lo que considere que son. Mis sobrinos son terreno prohibido. Si quieren matar a sus padres como… diversión o advertencia, pueden hacerlo. No me caen demasiado bien, la verdad, pero mis sobrinos… Son inocentes. Y no me juzgan. Así que aléjense de ellos.

Los guardaespaldas de sierra llegaron en ese momento y ésta les indicó levantando el brazo que esperaran.

-Mejor así –dijo Gerald sonriendo- No es la única que tiene amigos aquí dentro. Y los míos están armados. Bien armados.

Señaló a la pasarela en la que Carlos, el jefe de seguridad del hotel, que iba acompañado de Jordi y otros miembros de seguridad avanzaba hacia ellos.

Ambos esperaron a que llegaran los miembros de seguridad del hotel.

Jornada 8. Gerald contra el mundo (44)


Fue todo muy rápido para que sierra pudiera reaccionar. Un momento estaba de pie, enfrente de Gerald y al siguiente estaba flotando en el aire, con la espalda pegada al cristal de seguridad y la mano del informático en su cuello.

-Nunca vuelva a amenazar a mis sobrinos –dijo Gerald acercando su rostro a la oreja de ‘sierra’- Creía que había quedado claro la última vez que surgió el tema. Pero parece que encontrarse a sus esbirros desmembrados… y vivos no ha sido suficiente. Tal vez comenzando a desmembrar sus miembros más importantes consiga algo.

-Está cometiendo un error –respondió ‘sierra’ notando cómo el aire comenzaba a faltarle- Si me pasa algo… no habrá sitio sobre la tierra en el que pueda esconderse.

-Muchos han hecho esa amenaza y todavía sigo vivo –señaló Gerald mientras apretaba más el cuello de su víctima- Es el problema de la gente que ve a un gordo y piensan que es un inútil. Pero paso tres horas diarias en el gimnasio, ¿cómo cree que he sobrevivido todo este tiempo?

-Si no me suelta morirá aquí y ahora –le amenazó ‘sierra’ mientras trataba de respirar- ¿Se cree que estoy sola?

Gerald observó por el rabillo del ojo como dos hombres de negro aparecían corriendo por la pasarela que comunicaba el hotel con la piscina.

-¿Se cree que yo estoy sólo? –Preguntó Gerald mientras seguía sin soltar su presa- ¿O desarmado?

Jornada 8. Gerald contra el mundo (43)


-Dígame, ¿sabían lo de los nuevos zombis? –Preguntó Gerald continuando su ataque verbal- Sí, esos que avanzan más deprisa, se convierten sin casi tiempo de incubación y son más diestros. Sospecho que no y que ése es uno de los motivos para no haber acabado con esto. No saben a lo que se enfrentan. Y quieren que el buen doctor se lo explique… pero no consiguen que diga nada. Y los mandos militares se niegan a mandar a sus soldados a luchar contra los no-muertos mientras no tengan todos los detalles. Aprendieron algo de la plaga, ¿verdad? A no subestimar a esas malas bestias muertas.

Gerald estudió el rostro de ‘sierra’ que continuaba sin decir nada.

-Y ahora quieren que yo les barra la casa. Pues va a ser que no –dijo Gerald- Habitualmente no me gusta repetirme, pero con usted estoy haciendo una excepción. Y además me estoy regodeando. ¿Qué se siente al ser responsable de una operación catastrófica? ¿Acabarán con su vida? Seguramente, así que si me permite la sugerencia… yo le puedo ayudar a seguir viva. Una nueva identidad, una nueva cara, dinero…

-Pero nunca podrá salir de esta isla –dijo amenazadoramente ‘sierra’- Tenga por seguro que si nadie detiene al doctor éste hará su propia limpieza como en él es característico. Para que nadie más se aproveche de su trabajo.

-¿Y cómo lo ocultarán al mundo? –Preguntó Gerald desafiante- No estamos hablando de una ciudad poco importante al principio de la plaga. Ésta sigue siendo una isla turística. Y los ojos del mundo están centrados aquí gracias a su experimento. Y esta vez quedarán testigos. No, no podrán taparlo.

-¿Piensa arriesgar la vida de sus sobrinos en ello? –Preguntó sierra en tono amenazador.

Jornada 8. Gerald contra el mundo (42)


-No confío en que la orden se lleve a cabo si la doy –dijo finalmente ‘sierra’ algo molesta- Pero creía que usted estaría encantado de escuchar que tiene vía libre para llevar a cabo su venganza.

Gerald se puso a reír de forma estruendosa ante la mirada molesta de su interlocutora.

-No saben ni en quién confiar –dijo Gerald- Supongo que eso es lo malo de las organizaciones como la suya. Que cada cual tiene sus propios planes privados. Pero me temo que no puedo ayudarla. Mi amiga sabía dónde se metía. Y su rescate es una misión suicida.

-Todavía no sabe ni dónde está –señaló sierra- ¿Cómo puede tomar esa decisión sin toda la información?

-Querida señora, se equivoca, tengo toda la información que necesito –respondió Gerald- Se sorprendería de cuánta información manejo. Sé que mi amiga y el doctor siguen en el portaaviones. Sé que el origen de este nuevo brote fue la cárcel de la ciudad. Sé que no quieren que el mundo se entere y están minimizando la importancia de la plaga. Y sé que el experimento se les ha ido de las manos. O ya habrían acabado con el mismo a estas alturas.

La cara de sierra era un poema y Gerald disfrutaba de verla.

Jornada 8. Gerald contra el mundo (41)


Gerald se incorporó rápidamente de su hamaca.

-¿Qué quiere decir? –Dijo apresuradamente.

La mujer sonrió.

-Eso está mejor –dijo ‘sierra’ mientras se volvía a sentar- Resulta que un asociado mío se ha extralimitado en sus funciones. Creo que le conoce, el doctor Rodríguez. Me gustaría que usted se encargara de… cómo ponerlo en palabras que usted pueda entender… borrarlo de la faz de la tierra como si fuera uno de esos virus informáticos.

-¿Y qué tiene eso que ver conmigo o con Mara? –Preguntó Gerald a pesar de sospechar la respuesta.

-Usted tiene una historia personal con mi… asociado, así que en el fondo le estoy haciendo un favor –dijo sonriendo ‘sierra’- Y sobre su amiga, lamento tener que comunicarle que está en manos de nuestro amigo común.

El gesto de Gerald se oscureció. La falta de noticias de Mara sólo podía indicar dos cosas, o estaba muerta o, aún peor, prisionera en manos de ese carnicero. No quería ni imaginarse por lo que debía de estar pasando.

-¿Y por qué no le matan ustedes mismos? –Preguntó Gerald sin ocultar su enfado- Es su perro rabioso, sacrifíquenlo ustedes. ¿O no quieren mancharse las manos? Si las tienen chorreando de sangre, por favor.

‘sierra’ pareció pensarse la respuesta durante un tiempo.

Jornada 8. Gerald contra el mundo (40)


-Me permitirá que la interrumpa querida, pero no hay nadie más en esta piscina –dijo Gerald abriendo sus brazos y señalando a su alrededor- Y si teme que esté grabando esta conversación puedo desnudarme y podemos tener nuestra charla en la piscina.

La cara de ‘sierra’ volvió a mostrar esa repugnancia anterior.

-Creo que voy a comenzar a ofenderme si sigue poniendo esa cara –señaló Gerald- Al menos trate de no mostrar tan claramente su aversión hacia mí. Puede tomarme de ejemplo, sin duda tiene un cuerpo espectacular pero hablar con usted me produce unas arcadas increíbles. Y no lo muestro abiertamente.

La mujer se puso de pie volviendo a desplegar su esplendoroso cuerpo.

-Tal vez me he equivocado. Seguramente esto ha sido un error –dijo ‘sierra’ que parecía dispuesta a dar la espalda a Gerald- Pero creía que estaría interesado en el paradero de su amiga, Mara.

Jornada 8. Gerald contra el mundo (39)


Gerald suspiró.

-¿Nada de tratar de seducirme? ¿O de que le ponga crema para protegerla del sol? –Dijo apenado mientras veía la cara de asco de su interlocutora al escuchar esas palabras e imaginarse las manos del informático en su cuerpo- Tampoco hace falta que ponga esa cara mujer, creía que estaría dispuesta a sacrificarse por la causa. Además soy muy buen amante… claro que es la opinión de mujeres a las que pago así que a lo mejor me están mintiendo.

-Creo que me confunde –dijo sierra- No nos conocemos.

-Pero sí que nos conocemos –le corrigió Gerald- Usted me conoce a mí de los informes que habrá leído y yo sé que usted pertenece a la organización. ¿Tiene nombre por cierto? Es que ‘Organización Culpable de la Plaga Zombie y del Control de la Humanidad’ es largo y no se me ocurre ningún buen acrónimo. ¿Llevan placas como los policías?

sierra trató de no mostrar sorpresa pero no lo consiguió.

-¿Cómo sabe…? No, quiero decir, se confunde –dijo tratando de ordenar sus pensamientos- No sé a qué organización se refiere.

-Por su inocencia supongo que será la ‘ese’ minúscula, ¿verdad? –Preguntó Gerald enigmático- Aunque la verdad esperaba ser lo suficientemente importante como para hablar con una letra mayúscula, aunque fuera Víctor, o Victoria.

-Creo que está confundido –insistió sierra- Pero si me deja seguir hablando…

Jornada 8. Gerald contra el mundo (38)


Mientras seguía pensando tranquilamente en cómo sacar a sus sobrinos de la isla apareció una espectacular mujer. Gerald supuso que debía de tener entre treinta y cuarenta años, la verdad era que nunca había sido demasiado bueno en el juego de adivinar las edades. Pero esa mujer no tenía problemas de edad, eso seguro. La siguió con la vista mientras se acercaba a otra tumbona y se quitaba el albornoz; llevaba puesto un bañador de una pieza de color oscuro lo que hizo que Gerald suspirara por su mala suerte. A pesar de todo se podía entrever un cuerpo bastante atractivo detrás de esa pieza de ropa.

Decidió que más le valía dejar de mirarla y volvió su atención a la bahía que se veía desde su posición. El mar estaba en calma y lo que más le llamaba la atención era la falta de tráfico. Antes de la plaga era imposible que pasara un minuto sin que hubiera tráfico en ambas direcciones, pero ahora… nada de nada. Ni rastro de vida.

Dio un pequeño salto de sorpresa cuando notó que la mujer se había acercado a él y se había sentado en una tumbona a su lado.

-Tenemos que hablar señor Good –dijo la mujer con tono serio- Me llamo sierra.

Jornada 8. Gerald contra el mundo (37)


Recorrió la pasarela, más bien un puente, que le llevaba del hotel a la piscina. Era algo curioso, la piscina del hotel no sólo se encontraba fuera del hotel sino que estaba elevada un par de metros del suelo, dado que por sus laterales, se encontraba la calzada del Paseo Marítimo por la que circulaban los coches. Según le había comentado el director del hotel, Pep, originalmente esa piscina era simplemente un rectángulo de boyas en el mar al que accedían los clientes desde la residencia que había habido en el terreno anteriormente a través de la pasarela. Cuando Pep había comprado el terreno y construido el hotel había decidido hacer la piscina en el mismo lugar. Lo cierto era que había costado algo de dinero convencer a las autoridades competentes, pero con la excusa del interés histórico… y las donaciones mencionadas todo se había resuelto.

Por supuesto la piscina no estaba al aire libre; tanto la pasarela como el recinto estaba rodeado de un cristal de seguridad a prueba de zombis, o de eso presumía el fabricante, lo que hacía que la piscina fuera climatizada y los clientes pudieran disfrutar de la misma a cualquier hora del día o de la noche. Gerald había tenido ocasión de probar a nadar a la luz de la luna, tumbado boca arriba y tratando de observar las estrellas, pero la contaminación lumínica de la ciudad era demasiado alta como para poder disfrutar de las vistas.

A Gerald le resultaba curioso poder pasar por encima de los zombis sin tener que preocuparse de los mismos; todavía tenía que encontrarse con el primer muerto viviente que alzara la cabeza, o que incluso moviera simplemente el cuello. Aunque los últimos con los que se había cruzado le habían producido escalofríos. Se quitó el albornoz y lo puso sobre una de las hamacas. A esas horas el recinto de la piscina estaba vacío. Mejor para él. Aparte de la piscina que tenía 25 metros de largo por 10 de ancho, había un cuadrado al lado de la misma para los más pequeños que apenas tenía profundidad y un solárium con sofás más cómodo que las hamacas