Jornada 8. Gerald contra el mundo (45)


La cara de ‘sierra’ era un poema. Mientras trataba de seguir respirando con dificultad veía los ojos de Gerald que estaban fijos en los de ella y que parecían dar a entender el placer que su dueño estaba sintiendo en aquellos momentos. Unos ojos fríos, inmisericordes, como si estuvieran mirando a un insecto.

Notó como la presa de Gerald comenzaba a aflojarse y la soltaba. Cayó de rodillas y comenzó a respirar de forma rápida mientras trataba de ordenar sus ideas. Notó como Gerald se agachaba a su lado.

-Podría haberla matado antes de que sus matones llegaran –le advirtió- Pero necesito que lleve el mensaje a sus superiores, o compañeros, o lo que considere que son. Mis sobrinos son terreno prohibido. Si quieren matar a sus padres como… diversión o advertencia, pueden hacerlo. No me caen demasiado bien, la verdad, pero mis sobrinos… Son inocentes. Y no me juzgan. Así que aléjense de ellos.

Los guardaespaldas de sierra llegaron en ese momento y ésta les indicó levantando el brazo que esperaran.

-Mejor así –dijo Gerald sonriendo- No es la única que tiene amigos aquí dentro. Y los míos están armados. Bien armados.

Señaló a la pasarela en la que Carlos, el jefe de seguridad del hotel, que iba acompañado de Jordi y otros miembros de seguridad avanzaba hacia ellos.

Ambos esperaron a que llegaran los miembros de seguridad del hotel.