Jornada 8. Gerald contra el mundo (22)


Gerald recorrió el cubículo de cristal preocupado. Deberían pasar una semana ahí para comprobar que no estaban infectados. Durante ese tiempo serían sometidos a una batería de pruebas, se les extraería sangre tres veces al día, su orina sería también sometida a pruebas y las imágenes que habían tomado de sus cuerpos desnudos serían analizadas en busca de cualquier herida abierta, señales de mordeduras, arañazos… Pero había algo que le preocupaba, ese sitio se había diseñado para lo que se sabía de los zombis, pero el comportamiento de los que había visto ese día difería en parte de lo que venía en los manuales: resurrecciones rápidas, casi inmediatas, más rápidos y ágiles en algunos casos… El protocolo normal era que si alguien moría estando en cuarentena su cadáver era quemado; no había prisa, el record de resurrección de un zombi estaba en un día o doce horas… o algo así, nunca había prestado mucha atención; el caso es que se tenía tiempo de sobra de deshacerse del muerto antes de que resucitara… hasta ahora.

Los muertos vivientes habían evolucionado. Lo cual era imposible. ¿Cómo algo muerto podía evolucionar? Claro que también la lógica decía que algo muerto no podía moverse y fíjate… no sólo se movían sino que eran peligrosos.

Y ahora encima eran más peligrosos y más impredecibles. Y esa cárcel de cristal no les detendría, de hecho, tenía la sospecha de que si alguien se convertía ahí dentro el resto de ocupantes correrían su misma suerte. Y nada podría detenerles.

Trató de quitarse todos esos pensamientos de la mente. Sabía que Sarah no estaba contaminada, no había salido del coche en ningún momento; lo mismo que él y sus sobrinos, los había vigilado de cerca; claro que Jordi… era un peligro. No había vigilado sus movimientos, ni si había sido herido… y rezaba para que no fuera así.