Jornada 8. Gerald contra el mundo (12)


-Patrón, ¿qué es de su vida? ¿Se está divirtiendo? –Preguntó una voz risueña al otro lado del aparato.

-Supongo que no has estado viendo la televisión –dijo Gerald negando con la cabeza- Hay una plaga de zombis en la ciudad y estoy tratando de salir vivo de la situación. Así que necesitaré que muevas el yate y vengas a buscarnos.

-Pero patrón, ¿qué ha pasado con los vehículos? Creía que iban a recogerle.

-¿Qué vehículos? –Preguntó Gerald confuso.

-En cuánto en el hotel supieron de su situación enviaron un par de vehículos a buscarles. Creía que en estos momentos ya estaría de camino al mismo.

Gerald miró a Jordi y le preguntó si sabía algo de unos vehículos. Éste negó con la cabeza. Luego el informático miró a su alrededor. No parecía haber ni rastro de nada vivo.

Fue entonces cuando un par de faros le deslumbraron. Tuvo que taparse los ojos para no quedar ciego. Jodidos faros halógenos… ¿De dónde habían salido? No había tiempo de verlo. Pero se olvidó de eso enseguida, dado que dos minivolúmenes oscuros se habían colocado a su lado.

La ventana del pasajero de uno de los vehículos se bajó lentamente.

-¿Necesita un taxi, señor? –Preguntó una voz femenina desde el interior.

Antes de que Gerald pudiera decir nada sus sobrinos se acercaron corriendo a la ventanilla.

-Tía Sarah –dijeron al unísono mientras se asomaban por la ventanilla.

Gerald se acercó al lado del conductor mientras vigilaba a sus sobrinos.

-Que no es vuestra tía, chicos –les advirtió- No sé de dónde habéis sacado esa idea.

Sarah era la hija de Sam, una antigua compañera de aventuras de cuando los zombis dominaban el mundo. El jefe de esta última, un ingeniero adelantado a su época, había muerto cuando los zombis trataron de tomar la base militar en la que se encontraban. Y el padre de la chica había muerto cuando el doctor que trabajaba para los hombres de negro había decidido convertir en cenizas la ciudad en la que estaba como policía. Desde luego que la vida de esas mujeres no había sido sencilla.

-¿Qué demonios estás haciendo por aquí? –Preguntó Gerald finalmente apoyándose en la ventanilla del conductor que también se había bajado.

-Mamá pensó que sería buena idea que alguien te vigilara –dijo Sarah- Por si te perdías por la ciudad o tomabas alguna cerveza de más. Ya sabes que esta isla es el paraíso de esa bebida.

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