Jornada 8. Gerald contra el mundo (4)


Gerald indicó al grupo que sería mejor caminar por en medio de la calzada cercana a la muralla, la más alejada del grupo de zombis. La isla en la que había coches aparcados les proporcionaba algo de cobertura pero era un peligro potencial dado que de cualquier coche, o de debajo de los mismos, podía salir alguna sorpresa resucitada.

No había acabado de decir aquello cuando un zombi se plantó delante de él saltando –o más bien se tiró- desde detrás de uno de los coches aparcados. Lo pudo ver claramente en ese instante en el que parecía que el mundo se paralizaba a su alrededor.

Una joven de menos de treinta años, con el pelo rubio suelto y manchado con coágulos de sangre seguramente de donde la habían agarrado, pantalones vaqueros y una blusa blanca también manchada de sangre en el lateral izquierdo por debajo de la axila, la chaqueta o el abrigo lo habría perdido en el forcejeo por su vida. Podía ver sus ojos hinchados y se imaginaba que era de lo que habría llorado implorando por su vida, y casi podía asegurar que esa mirada en vez de delatar un instinto asesino le pedía que acabara con ella.

Gerald no se lo pensó dos veces y apretó el gatillo de su escopeta. Sabía que ese arma era inútil para el combate a distancias medias o largas, pero los combates cuerpo a cuerpo su efectividad estaba demostrada… El cuerpo del zombi voló por los aires hasta acabar sentado contra el lateral de un coche sin cabeza. Trató de quitarse enseguida la imagen de su cabeza y señalar al equipo que debían continuar como si nada hubiera pasado. Trataba de racionalizar su acción.

Pero no era sencillo. Nunca lo era. Siempre te repetías una y otra vez que le estabas haciendo un favor, que ya estaba muerto, que le librabas del sufrimiento. Mil excusas para justificar volarle la cabeza a un cadáver andante, o más concretamente hacerle pulpa el cerebro. Pero seguía siendo matar a un ser humano, desecrar un cadáver, y quedar lleno de sesos. Daba igual el tiempo pasado, daba igual los zombis matados para salvar la vida. El sentimiento de culpa no cambiaba, y luego ese sentimiento se convertía en rabia. ¿Por qué sus sobrinos tenían que pasar por lo mismo? ¿Qué habían hecho para tener que luchar por su vida contra estos seres de pesadilla? ¿Por qué tenía que pasar alguien por todo eso?

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