Jornada 7. De policías y militares (69)


Ibáñez captó un movimiento con el rabillo de su ojo. Se giró para ver qué le había llamado la atención. Vázquez. De alguna manera había entrado y se encontraba apoyado contra la pared justo en la entrada mientras fumaba uno de sus odiosos cigarrillos. Le lanzó una mirada de rabia a la que el soldado respondió con una sonrisa y un ligero movimiento de su mano libre.

Ibáñez no pudo evitar abrir la boca. Era más fuerte que él.

-¿Desea algo soldado Vázquez? ¿Sus 30 piezas de plata? –Dijo con los dientes entrecerrados de furia Ibáñez.

-Sólo cumplía con mi deber –respondió Vázquez sonriendo, sabiendo que eso haría que Ibáñez se enfadara más- No es necesario que me premie por ello. Aunque si insiste, tengo algunas peticiones que le puedo hacer llegar.

La cara de Ibáñez se torno en asco al escuchar las palabras del soldado.

-Le puede pasar la lista a mi ayudante –dijo Ibáñez tratando de que Vázquez se fuera- ¿Desea algo más?

-Bueno… tengo la solución a sus problemas del castillo de Bellver –respondió Vázquez con esa sonrisa que tanto odiaba su superior- Pero seguro que no necesitan que un simple soldado raso les diga lo que tienen que hacer.

Ibáñez sonrió.

-No, no, por favor, ilumínenos soldado Vázquez. Díganos qué es lo que se le ha ocurrido a su mente preclara.

-El plan NaCIO –dijo Vázquez- Creo que eso solucionaría sus problemas.

Jornada 7. De policías y militares (68)


Ibáñez se frotaba las manos impaciente. Los tenía. Si la información que le había dado Vázquez era correcta, y no dudaba de ella a pesar de que la fuente fuera… él; el policía y el sargento rebelde estaban atrapados en el castillo de Bellver rodeados de zombis y no podían escapar a ninguna parte.

Pero los informes eran bastante negativos. Parecía que todo el bosque que rodeaba al castillo estaba plagado de muertos vivientes. Nadie en su sano juicio entraría ahí. Y el hijo de la señora Ibáñez no era un suicida ni un loco así que rápidamente había reunido a sus ayudantes para diseñar un plan mientras se ponía en contacto con el alto mando para informarles de la situación.

Por supuesto había tenido que… endulzar la verdad para obtener permiso para planear una misión de rescate. El uso de helicópteros fue descartado rápidamente, dado que esa zona estaba muy por encima del nivel del mar y los vientos que soplaban eran muy traicioneros. Tampoco podían entrar con tanques dado que los caminos eran impracticables y los árboles que había aguantarían el envite de los mismos.

Y entrar con humvees disparando a todo lo que se moviera tampoco era la solución. Enseguida se verían rodeados, desbordados e inmóviles. Debían encontrar alguna manera de reducir el número de zombis de forma drástica sin poner en peligro a sus prisioneros. Podía perder a unos cuantos soldados, eso no sería un problema para él. Pero no podía poner en peligro su vida, pero tampoco podía ordenar que fueran a por sus fugitivos sin hacer acto de presencia… además, verles las caras cuando se re-encontraran seguro que sería un poema. Creer que estaban a salvo sólo para ver su cara y que no habían conseguido escapar.

La mayoría de soluciones que daban sus subordinados no eran gran cosa. Ideas que ya había descartado él con antelación, pero debía escucharles para… darles ánimos y que estos creyeran que sus ideas eran escuchadas e importantes y sentirse importantes; al menos eso les habían dicho en la escuela de oficiales, que era algo positivo.

El problema principal con el que se encontraban era el bosque. Si al menos pudieran arrasarlo por completo se librarían de la mayoría de zombis. Pero los políticos no iban a aceptar esa perdida por las buenas, y seguro que rodarían cabezas una vez se hubiera estabilizado la situación. Y él tenía aprecio a su cabeza.

Alguien sugirió quemar el bosque usando una solución inflamable. Tuvo que intervenir recordando al que había sugerido eso que debían capturar vivos a los fugitivos. Y no podían quemar un bosque entero dado que seguramente el fuego se extendería a la ciudad.

Jornada 7. De policías y militares (67)


Parecía que no acababa de cerrar los ojos cuando alguien ya le estaba tratando de despertar. El comisario pensó en lo peor enseguida, los zombis habían entrado en la Torre. En teoría era algo completamente imposible, pero también lo era que se expandieran durante la gran plaga, o que resurgieran en Palma con la rapidez y eficacia que lo habían hecho, o que arrasaran con el castillo… y todo eso había pasado.

-Preguntan por radio por la persona al cargo –dijo un soldado alargando su radio- Y dado que el comandante no está presente hemos supuesto que era usted.

-¿Cuánto he dormido? –Preguntó el comisario cogiendo la radio.

-Un par de horas –respondió el soldado alejándose al trote.

-Soy el comisario Montejano –dijo carraspeando un poco, notaba su garganta seca.

-Le habla el teniente Ibáñez, persona al cargo del rescate. Necesitaría que me pusiera al día. Sabemos que los zombis han entrado en el castillo, ¿dónde está el oficial al cargo del destacamento y cuántos civiles quedan? ¿Dónde están situados y cuál es su situación?

El comisario buscó a su alrededor la cantimplora que había cogido y llenado con agua del aljibe de la torre. Le dio un trago mientras pensaba en cómo manejar la situación.

-El comandante Bonet está desaparecido –dijo el comisario sin mentir realmente- No le he visto desde que los zombis entraron en el castillo. Los supervivientes nos hemos refugiado en la Torre del Homenaje. Hemos conseguido destruir el puente que unía el castillo con la torre, por lo que, en teoría, los zombis no pueden entrar. Pero nosotros tampoco podemos salir. Dentro de la torre quedamos policías, soldados y algunos civiles.

Pensó que era mejor no decir que los civiles eran periodistas. Cuántas menos excusas diera para ser rescatados mejor. En ese momento pensó en qué pasaría si el cobarde de Bonet se había puesto en contacto con el mando para informar de que había dejado el castillo y que sólo quedaban civiles en el mismo que no debían ser rescatados… Un escalofrío le recorrió la espina dorsal.

-Deben cerrar todas las ventanas y no asomarse al exterior hasta nuevo aviso. Escuchen lo que escuchen y pase lo que pase. Y si comienza a gotear algún tipo de líquido eviten que se ponga en contacto con la piel humana y traten de tapar la gotera.