Jornada 7. De policías y militares (77)


El problema que se les presentaba ahora era que les estaba costando acercarse al castillo más de lo que habían previsto. Si no iban con cuidado les pillaría la noche en medio de la operación de rescate.

A mitad de camino el primer comité de bienvenida les estaba esperando. Un par de docenas de zombis bajaban por la carretera seguramente alertados por el ruido que habían ido haciendo al mover los coches abandonados. Las ametralladoras comenzaron a escupir sus mortales balas dejando un espectáculo de casquería digno de las películas de zombis que se veían a menudo en los cines. Era una de las pocas cosas que la ficción respetaba, la cantidad de trozos que volaban cuando un zombi era alcanzado por una de las balas explosivas que las armas de los militares usaban. Eran efectivas, sí, pero ver lo que le hacían a un cuerpo humano no era nada agradable y más de un soldado que no estaba acostumbrado vomitó la comida que se estaba digiriendo en su estómago.

Vázquez ordenó avanzar más deprisa, tratando de ganar tiempo al sol que comenzaba a bajar lentamente por el horizonte. Los vehículos civiles ya no eran retirados de forma delicada sino que usaban la fuerza bruta de los humvees para empujarlos a un lado. Eso provocaba que cada vez aparecieran más zombis a su camino atraídos por el ruido de los coches arrastrados y de los disparos de las ametralladoras para acabar con los no-muertos.

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