Jornada 7. De policías y militares (46)


El militar no dijo nada y se limitó a seguir a Alex al interior de la vivienda, un pequeño jardín sin árboles y embaldosado que llevaba a la puerta principal de la casa. Cuando el policía iba a forzar la cerradura se encontró con la sorpresa de que no estaba cerrada con llave y empujó la puerta lentamente iluminando el interior con una linterna.

El policía y el militar entraron en la casa cubriéndose mutuamente y haciendo barridos con sus linternas buscando cualquier indicio de vida o de muerte. Pero no había nada en la planta baja. Ambos subieron lentamente a la primera planta cubriéndose de nuevo, pero también parecía estar abandonada. El polvo había comenzado a posarse sobre varios muebles por lo que parecía que no había vivido nadie ahí en algún tiempo.

-O estaba abandonada antes de todo esto o pilló a los dueños de lleno y no pudieron volver –señaló el militar con tono neutro y desapasionado.

-Mejor no pensar en ello –respondió el policía buscando el interruptor de la luz.

Poco a poco fueron encendiendo las luces de la casa e iluminándola y haciéndose una idea más general de cómo era. Dos plantas, la de arriba dedicada a los dormitorios y la de abajo al resto de dependencias. La despensa no estaba del todo vacía y aparte de las conservas que todo el mundo tenía en su casa en esos tiempos había productos que anteriormente habían sido frescos y que ahora simplemente estaban criando moho, por lo que la sospecha de que los dueños de la casa no habían podido volver a la misma se confirmaba. Corrieron las cortinas y cerraron las protecciones de las ventanas para no llamar la atención del exterior.

Luego, el sargento y Alex cenaron de las reservas militares que tenían y respetaron la comida de aquellos desconocidos; a lo mejor podían necesitarla algún día sus dueños si volvían.

Se repartieron la guardia para la noche y durante la misma se turnaron vigilando el exterior y estuvieron atentos a la radio, pero el comisario no dio señales de vida.

La mañana amaneció nublada, lo que no era una buena señal. A los zombis les encantaba moverse con ese tipo de tiempo; si en algo parecía estar de acuerdo todo el mundo era que el sol no gustaba a los zombis, seguramente porque aceleraba su proceso de putrefacción. El buen humor del sargento contrastaba con el de Alex que no parecía estar muy contento. Ahí estaban, a unos cientos de metros sin poder hacer nada salvo mirar.

Desayunaron de nuevo raciones del ejército y salieron al jardín para observar mejor el cielo. A lo mejor tenían suerte y sólo era una nube pasajera.

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