Jornada 7. De policías y militares (42)


Cuando llegaron a un cierto punto el policía indicó al militar que detuviera el vehículo.

-Para aquí. No quiero acercarme más al castillo sin saber qué está pasando –le dijo preocupado.

El sargento miró la zona.

-Éste sitio es ideal –le dijo- ¿Recuerdas que te comenté que había cuatro caminos?

Castillo asintió.

-Este punto une dos de los mismos –continuó explicando- Un camino es por el que hemos subido. El otro baja desde aquí hasta el torrente y conecta con el otro punto cardinal del que habíamos hablado, cerca de Marivent además.

Marivent era una zona turística conocida en la isla sobre todo porque en la misma se encontraba el palacio en el que se alojaba la familia real cuando veraneaban en Mallorca. Era lógico por tanto pensar que los militares tuvieran un modo de mandar tropas de forma rápida en caso de problemas.

-Recuerdo esta zona –dijo Castillo pensativo y señalando la triple separación del camino que había- Si cogemos el camino de la izquierda conectaremos con la carretera principal y el pie del castillo. El camino central nos lleva al parque si no recuerdo mal y el de la derecha… nos lleva al torrente que mencionas. Pero en invierno o época de lluvias ese camino no servirá.

-¿Estás seguro? –Preguntó el sargento- El ejército español no deja las cosas al azar. Te aseguro que ese torrente es transitable para vehículos militares aunque caiga una tormenta que amenace con inundar la isla. Los zapadores también retocaron esa zona. Además, ten en cuenta que hoy en día la mayoría de vehículos son anfibios… por si las moscas.

-Vale, pero no continuemos –insistió Alex- Si lo hacemos podríamos tener problemas. Trataré de contactar con el comisario.

El sargento comprobó su arma mientras hacía guardia. La zona, al igual que al policía le ponía de los nervios. Alex sintonizó la radio del coche y cogió el comunicador.

-Sierra Golf uno a Sierra Golf Charlie, adelante.

Se quedó en silencio esperando una respuesta. Al cabo de treinta segundos volvió a repetir el mensaje y esperó. De nuevo no ocurrió nada. Lo intentó una tercera vez y tampoco obtuvo respuesta.

-¿Estás seguro de que comprendió tu mensaje? –Preguntó el sargento algo preocupado.

-A lo mejor no puede hablar en ese momento –respondió el policía con tono de preocupación en su voz- Habrá que tener paciencia y esperar e intentarlo de nuevo más tarde. No podemos continuar sin saber qué está pasando ahí arriba y cuál es la situación.

El sargento asintió. A continuación ambos se quedaron en silencio mirando la radio. El militar abrió la ventana de su lado del vehículo y se dispuso a encender un cigarrillo. El policía le detuvo su movimiento ante la mirada de extrañeza del militar.

-¿Qué sucede? –Preguntó algo molesto.

-Escucha –dijo Alex mientras señalaba que permaneciera en silencio.

El sargento se quedó escuchando. Al principio sólo podía escuchar las hojas de los árboles moviéndose a merced del viento pero al cabo de unos segundos más le llevó el murmullo. Era un ruido intermitente, que le recordaba poderosamente a cuando estaba de maniobras, el sonido de pies moviéndose por la montaña y pisando hojas secas, ramas y guijarros. Era el ruido de la muerte. ¿Cuántos zombis habría en la zona? Si fueran docenas no harían tanto ruido… ¿cientos? Continuó escuchando, el viento transportaba también el murmullo de los muertos. Todo el mundo sabía que éstos no hablaban, pero hacían ruidos guturales, seguramente por el aire que viajaba a través de sus cuerdas vocales debido a que los pulmones se llenaban y vaciaban de aire por el movimiento de los muertos vivientes. Era un ruido aterrador que precedía habitualmente a la muerte de la gente que lo escuchaba.

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