Jornada 7. De policías y militares (30)


-Nosotros somos como los americanos –dijo el sargento- No preguntes, no presumas. Mira, si a mí me da igual las preferencias sexuales del tío que esté a mi lado o con el que comparta los barracones; mientras pueda fiarme de él en el combate me da igual si lleva ropa interior femenina sin ser una mujer. Que tengo demasiados años para que nada me sorprenda… bueno… salvo si pillo al teniente Ibáñez con zapatos de tacón…

-Seguro que eso sería una escena digna de aparecer en los informativos –señaló Alex.

-Bueno, ¿cuál es el plan? –Preguntó el militar dejando el libro a un lado.

-Atravesamos la ciudad plagada de zombis; atravesamos el bosque que rodea al castillo, que seguro que está lleno de zombis; y nos colamos en el castillo que seguro que estará lleno de gente deseosa de convertirnos en zombis.

-Ah bueno, creía que sería más complicado –dijo el sargento sonriendo y con cierto tono sarcástico en su voz- Seguro que los zombis nos tratan mejor que los del castillo. ¿Piensas avisar a tu amigo el comisario de que tenemos pensado hacerle una visita?

-Me lo estoy pensando –dijo Alex que tenía la mirada fija en las llamas de la chimenea- Lo ideal sería avisarle antes de que vayamos. A lo mejor puede hacer algo con los militares. U ofrecer alguna ayuda sobre nuestra situación.

-Siempre nos podemos quedar aquí y cazar zombis desde la azotea –señaló el sargento- Y hacer excursiones a otras zonas de la ciudad cuando nos quedemos sin zombis por aquí. Escobar y Vázquez seguro que nos pueden proporcionar munición suficiente para el resto de nuestras vidas. Que otra cosa no sé, pero balas… tenemos para acabar con los zombis del mundo y la humanidad dos veces por lo menos.

Castillo le lanzó una mirada escéptica al militar como si no se pudiera creer lo que estaba escuchando.

-Y lo siguiente que dirás es que no eres humano y que vienes de una galaxia muy lejana y que en realidad eres un reptil evolucionado.

-Demasiado rebuscado la verdad –respondió el sargento- Ser el mesías tal vez me iría mejor. Pero bueno, alguien tenía que decir que existe la posibilidad del cobarde. Esperar a que otro resuelva el problema.

Alex suspiró y negó con la cabeza.

-Somos demasiado gilipollas como para quedarnos calentitos en casa cuidando nuestras barrigas.

-Eso, eso, con dos cojones, gilipollas pero con dos cojones –dijo sonriendo el sargento y poniéndose en pie- Esto tenemos que celebrarlo. Comer, beber y dormir, porque mañana saludaremos a la parca.

-Y ahora te has pasado de melodramático –señaló el policía- Tengo intención de sobrevivir a todo este jaleo y escribir un par de novelas más como mínimo. Ese Ibáñez me da que sería un buen villano, pero me jodería convertirle en alguien carismático cuando hay más carisma en una piedra que en ese cerdo.

-Así es la vida –dijo el sargento yendo hacia la cocina- Llena de estas contradicciones.

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