Jornada 7. De policías y militares (29)


El sargento levantó la mirada del libro que estaba leyendo al escuchar esa última frase y no pudo ocultar soltar una risa sonora antes de taparse la boca con la mano ante la mirada de Castillo que no encontraba la situación nada graciosa.

-Bueno, Alejandro, que tampoco ha de ser una sola mujer –le respondió la mujer- Como no se está quieto en ningún momento… y es tan joven y guapo…

-Seguro que podemos llegar a algún tipo de acuerdo señora –dijo Castillo que comenzaba a perder la paciencia- Pero ahora sería importante si me dijera cómo puedo contactar con su marido.

-Ah sí, claro, que cabeza la mía –dijo la señora con una sonrisita- Bueno, en estos momentos se encuentra en el castillo de Bellver, ¿te lo puedes creer? Espera, que tengo apuntado por alguna parte el número de ese lugar.

Castillo escuchó ruido de papeles moviéndose y de cajones abriéndose y cerrándose.

-Aquí está, apunta, el número es 971 73 06 57 –dijo la señora con un tono feliz en su voz- Pregunta por él, dado que por lo que me ha contado también hay militares en el castillo.

Castillo se quedó en silencio al escuchar eso último. Eso iba a ser un problema. Un gran problema. Sin duda esos militares estarían informados de su situación… claro que si tenía suerte podría ser que no. Pero en qué estaba pensando, si todo le había salido mal desde que se había puesto el dichoso uniforme ese mediodía del día antes de Reyes…

-Pues muy agradecido señora –dijo finalmente deseando colgar el teléfono- le voy a dejar que acabo de recordar que tengo algo en el fuego. Cuídese.

-Tú también Alejandro, que no tengo muchos conocidos famosos, y quiero seguir leyendo tus novelas y dale recuerdos a mi marido si le ves.

El policía colgó el teléfono y dio un largo suspiro mientras el sargento sonreía.

-Por eso no me he casado –dijo finalmente el militar- Al final casi todas las mujeres se convierten en lo mismo: Marujas. Demasiado tiempo delante de la televisión.

Ante la mirada escéptica de Castillo el militar tuvo que aclarar su postura.

-Y no es que yo vea esos programas. Pero a veces en el cuartel… los reclutas ponían esos programas para reírse y de pasada…

-Claro claro, por supuesto –respondió sonriendo Alex- El noble ejército español no está lleno de televidentes adictos al color rosa y al corazón.