Jornada 7. De policías y militares (28)


El policía volvió a separar el auricular de su oreja mientras le hacía un gesto con la mano indicando que la mujer no se callaba ni muerta al sargento que asistía a toda la conversación con cierto interés y alguna sonrisa maliciosa.

-Y si no es molestarla demasiado señora –le volvió a interrumpir- ¿dónde se encuentra ahora su marido? Quisiera contactar con él y con los teléfonos móviles sin funcionar no sé cómo localizarle. Me gustaría poder hablar con él.

-Ahora está muy ocupado coordinando a la gente para recuperar la ciudad de manos de esos pobres no-vivos. La verdad es que no sabía que quedaran tantos la verdad. Lo cierto es que precisamente lo estaba hablando el otro día con mi amiga Clara lo humillante que era tenerles encerrados en un zoo… y que la gente les pudiera tirar comida. Parece que no recuerdan que una vez habían estado vivos como ellos, y eran hijos de alguien…

Castillo bajó la cabeza mientras se volvía a apartar el auricular de la oreja. ¿Pero cómo podía estar esa mujer hablando tanto tiempo ininterrumpidamente? Si parecía que no necesitaba ni respirar. Cogió aire y se dispuso a interrumpirla otra vez.

-Seguro que está muy ocupado por eso he pensado que mi ayuda le vendría bien, ya sabe, cuanta más gente tenga…

-Oh claro, por supuesto Alejandro, cuánta razón tienes. Que cuanta más ayuda tenga mi marido mejor le irá. Y además siendo tú seguro que agradecerá la ayuda, bueno, aunque ahora que lo mencionas no lo sé. Creo que mi marido dijo algo sobre ti, de que estaba preocupado, pero mi memoria ya no es lo que era y no recuerdo exactamente a lo que se estaba refiriendo. A lo mejor cuando hables con él te explica el problema…

El policía respiró hondo y no dejaba de repetirse que la pobre mujer no tenía la culpa de ser como era. Que en condiciones normales era la típica mujer pero que en la situación actual todavía siguiera comportándose como si no estuviera pasando nada…

-Pero bueno, tú tranquilo que seguro que no era nada malo. ¿Cómo va a ser algo malo? ¿Tú? Que eres un tesoro, precisamente el otro día le contaba a mi marido cómo a mis amigas les encantaban tus novelas, aunque a lo mejor le pondrías poner un poquito más de… ya sabes, picardía. Ese hombretón todo el día matando espías y agentes enemigos, seguro que de vez en cuando necesitará relajarse.

Era increíble. Y ahora le estaba haciendo dando consejos sobre cómo escribir… y le pedía más acción sexual. De verdad, a veces… envidiaba a los zombis que no tenían esos problemas.

-Señora –le interrumpió Castillo- Estoy seguro que cuando esto se acabe podemos quedar un día usted y sus amigas para que me comenten que añadirían al personaje y cómo quieren que sea su futura mujer.

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