Jornada 7. De policías y militares (25)


La leña en la chimenea crepitaba en el salón de la planta baja de la casa de Castillo mientras éste le seguía dando vueltas a qué hacer. El sargento no se creía que aquel tipo tuviera incluso una maldita chimenea por piso. Aunque el calorcito que soltaba era bastante agradable. Aquella era la choza más moderna que había visto en toda su vida. No entendía cómo el policía seguía trabajando pudiendo estar todo el día encerrado en su casa disfrutando de ella y de su dinero sin tener que mover un músculo.

-¿Has pensado en escuchar la emisora de la policía? –Preguntó el militar mientras disfrutaba de una taza de chocolate caliente sentado en uno de los sillones.

-Sigue sin dar señales –respondió el policía que tenía la mirada perdida en la calle- Algo o alguien la está interfiriendo. Tampoco hay señal para el móvil.

-¿Has probado el teléfono fijo? –Preguntó señalando con la cabeza un teléfono que tenía sobre una mesa- Por lo que Vázquez dijo la línea terrestre todavía funciona. Bueno, y las señales militares. Pero no creo que puedas escuchar las mismas con cualquier cosa.

Castillo se recostó en su sillón y fijó su mirada en el teléfono. ¿Por qué iba a funcionar? Además, ¿a dónde iba a llamar? ¿Al 112? ¿A la comisaría? Soltó un grito de frustración y se levantó para ir a buscar más leña al patio mientras le daba vueltas a todo el puñetero asunto. Tal vez con el escáner policial podría detectar las conversaciones de los militares… si no las tenían encriptadas claro.

Volvió al salón con la leña. Dejó parte cerca de la chimenea y tiró otro tronco al fuego.

-¿Y a dónde quieres que llame? –Preguntó finalmente Castillo mirando al militar.

-Llama a su casa, a lo mejor está ahí. Igual que nosotros –dijo el sargento sonriendo.

Castillo negó con la cabeza. Desde que había comenzado todo aquello parecía estar en el limbo. Su mente no pensaba y no encontraba las soluciones tan fácilmente como antes. Tal vez la culpa por la muerte del novato podría tener algo que ver, pero sentía como si sobre su cabeza se hubiera pesado una nube que no le permitía ver casi nada.

Cogió el teléfono y recordó que no sabía el número del comisario de memoria. Otra gracia de los malditos móviles. La gente ya no se molestaba en recordar los números de teléfono dado que los tenían todos almacenados en sus minúsculos ordenadores portátiles que también hacían llamadas telefónicas. Buscó en la agenda de su móvil y marcó poco a poco el teléfono.

Enseguida la línea cobró vida y dio señal de comunicación.

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