Jornada 7. De policías y militares (22)


Las órdenes eran claras en aquella guarnición: No entraba nadie que no estuviera autorizado. Al principio las órdenes parecían sencillas. Lo único que había al otro lado de las vallas eran zombis; así que no era complicado seguirlas al pie de la letra y de vez en cuando practicar el tiro con los zombis que se acercaban demasiado o conseguían entrar por algún agujero que alguna tormenta o el desgaste había causado. Lo más peligroso que había era escoltar a los científicos al exterior. Los muy imbéciles se creían invencibles y protegidos por el ejército y eso costó la muerte de más de un buen soldado por culpa de esos cafres. Siempre deseando entrar en un lugar que no estaba asegurado o ir hasta dónde les habían dicho que era peligroso. Porque a ellos nunca les pasaba nada. Y eso era porque los soldados les cubrían las espaldas y se sacrificaban para protegerles sin que aquellos hombres de ciencia dieran siquiera las gracias.

Hasta que un día comenzaron a aparecer supervivientes en busca de refugio. Entonces las órdenes de que nadie entraba ya no fueron tan lógicas. Y menos cuando se producía una caza entre un grupo de zombis y algún superviviente demasiado cansado para seguir huyendo.

Les rogaban y les pedían ayuda pero las órdenes siguieron siendo las mismas: No entraba nadie. Y las tonterías de los científicos comenzaron a dejar de tener gracia. Mientras que los soldados trataban de ayudarles desde el otro lado de las vallas los científicos se divertían mirando cómo se peleaban por un mendrugo de pan duro que les tiraban para divertirse. Algunos soldados se unieron al grupo de burla y se hacían apuestas sobre quién sería el próximo en morir de aquellos que estaban al otro lado de las vallas.

Y las misiones en el exterior se volvieron todavía más peligrosas. Los supervivientes se habían ido organizando y viendo que no conseguirían ayuda por las buenas decidieron atacar a los grupos que salían a investigar. Al principio con palos y piedras pero poco a poco fueron consiguiendo armas de los grupos que mataban o hacían huir y provisiones que iban encontrando de ciudades cercanas o que robaban a los científicos a cambio de dejarles vivir. La cosa se volvió insostenible, había que luchar contra los muertos vivientes, contra los vivos, y contra los elementos. Y fue entonces cuando se dio la orden de disparar a matar contra cualquiera que no fuera de la base. Estuviera vivo o muerto.

Eso fue la gota que colmó el vaso y el sargento decidió pedir el traslado a otros pastos. Y le tocó en suerte la isla de Mallorca. Un destino que parecía tranquilo en un principio y que no presentaría los problemas que había en Ceuta y Melilla. Ahora, en casa de Castillo no podía evitar sonreír al pensar en cómo habían acabado las cosas.

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