Jornada 7. De policías y militares (7)


Castillo y el sargento se sentaron en los asientos de detrás mientras miraban a través de las ventanas del humvee sin creerse lo que estaba pasando. El vehículo iba avanzando por la carretera de Valldemossa rumbo a la parte más poblada de la ciudad… en teoría.

Después de la primera plaga, el gobierno había tratado de concentrar a la población en el centro de la ciudad abaratando los precios de las viviendas libres, la de la gente que no había sobrevivido. El casco antiguo había quedado en manos de los más ricos y los políticos, palacios antiguos de piedra que resultaban fácil de defender y aislar en el caso de que algo malo pasara. En la periferia apenas vivía gente. La mayoría se trataba de los ocupantes originales.

El motivo para concentrar a la gente también era económico. De esa manera los servicios esenciales de la ciudad no estaban desperdigados. No era necesario tener abiertos veinte supermercados con más pérdidas que beneficios cuando se podían concentrar en diez o menos, por ejemplo. Lo mismo pasaba con los centros de salud.

Y a pesar de todo había una excepción: Los alrededores de las bases militares. No todas las bases podían estar cerca de la ciudad, por motivos de seguridad entre otras cosas, y los edificios circundantes se habían ido ocupando por gente que simplemente no quería vivir en el centro y sentía más seguridad estando cerca de los militares. Aunque al final tampoco les había servido de nada debido a la desidia de los mandos.

La caravana de vehículos militares iba disminuyendo de número a medida que cada vehículo giraba en alguna calle rumbo a la zona que tenía asignada patrullar. Siempre con la orden de no matar ni interactuar con los zombis.

Vázquez volvió a girarse hacia su sargento y el policía que todavía no sabían qué estaba pasando.

-¿Alguna sugerencia a donde quieren ir? –Preguntó Vázquez pareciendo que estaba pasando el mejor rato de su vida.

-A ver Vázquez, no es que no se lo agradezca –comenzó a hablar el sargento- Pero, ¿qué demonios estás haciendo?

-Salvarle la vida mi sargento –le informó Vázquez cuya sonrisa parecía crecer con cada palabra- Y hacerle la vida miserable al teniente Ibáñez, por supuesto.

-¿Salvarme la vida? –Preguntó incrédulo el sargento- Coño, que ahora soy un fugitivo del ejército español. Me fusilarán si me cogen por tu culpa.

Vázquez no ocultó su extrañeza. ¿Sería posible que el cabrón del teniente no le hubiera dicho nada…?

-Mi sargento… el teniente Ibáñez ya había programado su ejecución –dijo Vázquez lentamente- Y la del policía. Sin juicios ni nada. Y al parecer el Estado Mayor no iba a impedírselo.

El sargento se quedó con la boca abierta y miró al policía que no sabía qué decir.

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