Jornada 7. De policías y militares (5)


Nada más salir del edificio Escobar se puso a su lado con cara impaciente.

-Bueno, ¿Qué? ¿Cómo ha ido? –Preguntó mientras ambos caminaban por el patio.

Vázquez sonrió mientras le indicaba a Escobar que le podría invitar a un cigarrillo.

-En un par de horas estarán durmiendo como angelitos –dijo mientras cogía el cigarrillo y lo encendía.

Escobar no las tenía todas consigo y mostraba cara de preocupación.

-¿Seguro que no sospecharán nada? –Preguntó Escobar mirando a su alrededor- ¿No sabrán que has sido tú?

Vázquez hizo un gesto con la mano como desechando la idea.

-Está todo pensado –dijo finalmente dándole un par de palmadas en la espalda a Escobar- Tranquilo.

-Pero no entiendo por qué te arriesgas tanto –dijo Escobar algo más calmado- Vale, te cae bien el sargento, ¿pero tanto?

-Nah –dijo Vázquez dándole una calada al cigarrillo- No lo hago por el sargento. Ni por el poli. Lo hago por ver la cara que pondrá el teniente Ibáñez cuando se entere. Y lo cabreado que estará durante muuuucho tiempo. Y yo me encargaré de recordárselo cuando parezca que lo tenga olvidado. Y lo mejor de todo es que no podrá acusarme de nada. Será delicioso. Lo único que no me gustará es que no podré filmarlo para poder verle el careto que pondrá siempre que quiera… aunque tal vez con el móvil.

Vázquez y Escobar volvieron al comedor por insistencia del primero que decía tener hambre después de hacer planes tan elaborados como aquél. Además, deberían de estar de patrulla, así que más les valía tener el estómago lleno… por si acaso.

Mientras que Escobar miraba su reloj constantemente Vázquez no dejaba de comer, beber y bromear con los soldados que había en el comedor como si no pasase nada. Al cabo de varias horas y cuando se acercaba la hora para salir de patrulla Vázquez se levantó y se despidió de los presentes después de hacer una recolecta de cigarrillos.

Mientras Escobar iba a por el equipo y el todoterreno Vázquez entró tranquilamente en la zona de las celdas, comprobó que los soldados estaban dormidos, cogió la llave de la celda y se dirigió a la misma. La abrió y saludó al sorprendido sargento.

-Bueno, ¿Qué? ¿Piensan quedarse ahí a que venga el pelotón de fusilamiento? –Preguntó Vázquez teatralmente- Venga, vamos, que seguro que no se duerme tan bien ni se come como para querer quedarse.

El sargento y el policía salieron cautelosamente mirando al exterior como si esperaran que fuera una trampa.

-Vamos, vamos, que no tenemos todo el día –dijo Vázquez apremiándoles- El taxi está esperando y tiene prisa.

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