Jornada 07. De policías y militares (2)


Vázquez estaba bostezando mientras paseaba por el patio de la base en busca de alguien que le pudiera dar un cigarrillo. Miró al fondo, donde los mecánicos estaban poniendo a punto los vehículos blindados y los todoterreno. Así que ése era el motivo por el que no podía dormir. Vio a lo lejos a su amigo Escobar, seguro que él tenía un cigarrillo.

Al llegar a su altura y antes de que pudiera decir nada Escobar ya había sacado un cigarrillo y se lo estaba pasando a Vázquez que sonrió, qué bien le conocía su amigo.

-¿Qué es todo este jaleo?-Preguntó Vázquez mientras señalaba con la cabeza a los mecánicos- Creía que las órdenes eran las de no armar jaleo.

-Al parecer eso ha cambiado –le respondió Escobar mientras le pasaba el mechero- Los rumores dicen que Ibáñez ya ha salido del hospital y tiene nuevas órdenes.

-Qué poco ha durado la paz –dijo Vázquez mientras comenzaba a paladear el cigarrillo- Me hubiera gustado estar cuando el policía ése le partió la cara.

-Conociendo a Ibáñez seguro que se la tiene jurada y le tiene preparado algo –dijo algo sombrío Escobar.

-Ese cabrón… Y encima se ha llevado por delante también al sargento –dijo Vázquez dándole otra calada a su cigarrillo- Con lo simpático que es el buen hombre, joder.

-Lo dices porque es uno de los pocos que todavía te habla –le señaló Escobar- Y hacía la vista gorda ante tus tonterías siempre que no afectara a la base.

-Él sabía que todo lo hacía para subir la moral de la base –respondió Vázquez que miró a la puerta de la base que se comenzaba a abrir.

Ambos siguieron con la vista el vehículo que entraba y aparcaba cerca de las oficinas de la base. Del mismo, bajó el teniente Ibáñez que todavía tenía muestras de los golpes que le había dado el policía. Se miraron sorprendidos y se acercaron con cautela tratando de no ser vistos ni notados.

El teniente estaba hablando con varios oficiales y un grupo de policías militares que se habían acercado al verle bajar del vehículo.

-Tengo nuevas órdenes del cuartel general –decía con ciertas dificultades el teniente al que le costaba hablar- Debemos patrullar la ciudad sin enfrentarnos a los zombis.

-¿Qué hay de los prisioneros? –Preguntó uno de los policías militares- ¿Debemos trasladarlos al cuartel general?

Ibáñez hizo algo parecido a una sonrisa antes de descubrir que le dolía demasiado el gesto.

-Serán ejecutados en breve –respondió fríamente- Fusilados en el patio para que sirvan de ejemplo.