Jornada 07. De policías y militares (1)


Castillo estaba tumbado en el bloque de piedra que hacía de litera mirando al techo mientras silbaba la banda sonora de ‘La gran evasión’. Había sido una semana bastante aburrida, ciertamente. Comer, dormir, comer, dormir y poco más. Las pocas veces que un soldado decía algo era para comentarle al sargento que el teniente Ibáñez seguía en la enfermería. El policía le había dado bien al militar y había tenido que ser trasladado para curarle las heridas.

Pero sus órdenes habían sido cumplidas y tanto él como el sargento habían permanecido en los calabozos, aunque no a pan y agua. Y lo cierto es que había sido muy aburrido. No es que su compañero de celda no fuera una buena compañía, pero después de una semana sin poder salir y sólo con su compañía la cosa se hacía eterna.

Lo que peor le sabía era la muerte del novato. Se suponía que era su responsabilidad. Pero se habían encontrado en un escenario imposible de controlar y los militares no se habían mostrado compasivos… y ese maldito Ibáñez… Ojala se le infectaran las heridas y tuviera una muerte lenta y dolorosa.

-Espero que por tu mente no esté pasando tratar de escapar –le señaló el sargento que seguía leyendo la novela escrita por Castillo.

-Bueno, la verdad es que no sabría por dónde empezar –respondió Castillo- Está claro que no tenemos materiales para hacer un túnel o un agujero en la pared, nos falta un poster de alguna famosa.

El sargento no pareció captar el guiño cinéfilo.

-Piensa que más seguros que aquí no podemos estar –señaló el sargento dejando a un lado la novela- Estamos protegidos por lo mejor del ejército español. Profesionales con armas que saben cómo usarlas.

Castillo torció el gesto.

-Cuando les conviene –respondió algo huraño el policía que seguía recordando cómo no habían movido un dedo para detener a los zombis.

-Órdenes son órdenes –dijo el sargento mientras se ponía en pie y se acercaba a la puerta de la celda- Y si tienes la mala fortuna de tener un superior como el mío… las tienes que obedecer aunque sean ilegales.

Castillo no dijo nada durante unos segundos mientras seguía estudiando las manchas de humedad del techo.

-¿Hasta cuándo crees que dejarán a los zombis rondar por las calles? –Preguntó finalmente tratando de cambiar de tema.

El sargento miró a través de la pequeña ventana que tenía la puerta. Desde la misma apenas se veía nada. Pero le servía para escuchar los ruidos de la base. Y parecía que el ritmo de trabajo había ido en aumento en las últimas horas.

-Puede que no mucho tiempo más –dijo el sargento volviendo la cabeza y mirando sonriendo al policía.

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