Jornada 06. En la boca del lobo (20)


Doc permanecía sentado mirando las pantallas. En las calles parecía que sólo quedaban ya zombis. O víctimas de éstos que todavía no habían sido reanimadas. Se podía decir que la primera fase había sido un éxito absoluto. Ahora sólo quedaba esperar a las primeras cifras de zombis y saber cuántos supervivientes quedaban encerrados en sus casas o vagando por las calles de la ciudad tratando de esquivar a los muertos vivientes.

Se acarició una vez más el lugar en el que había sufrido la mordedura de Mara. Notaba el pesado y embarazoso vendaje que le habían tenido que poner alrededor de la herida para proteger los puntos de la misma. Los dientes habían atravesado una buena parte de la piel y sólo gracias a la rápida actuación del marine no había perdido un trozo de carne. Le habían puesto la inyección antitetánica y varias más de diversa índole para asegurarse que la herida no se infectara.

Pero Doc no estaba preocupado por la herida. Era una futura cicatriz más en su combate particular con Mara. Tal vez la última. Tenía sentimientos encontrados al respecto. Desde el primer momento había disfrutado de poner en jaque a su rival, aunque cuando éste le había tenido en su punto de mira y había estado a punto de acabar con él no había tenido tanta gracia. Pero era parte del juego. La adrenalina todavía fluía por su cuerpo pensando en el último intento desesperado de Mara, había sido un interesante rival para pasar el rato pero poco más. Cualquier persona con dos dedos de frente sabía que estaba destinada a perder, no podía enfrentarse a él y a la organización que le respaldaba. Y al fin y al cabo todo el mundo sabía que el combate entre David y Goliat era un cuento para niños pequeños destinado a los perdedores. Sonrío, en la vida real la liebre siempre ganaba a la tortuga.

Estaba inspirado sin duda. Paseó la vista por el almacén que le servía de laboratorio. Había sufrido unos cambios en los últimos días debido a la segunda fase. En el centro del lugar estaba Mara. Tumbada sobre una mesa de operaciones, firmemente asegurada en piernas, brazos, estómago, torso y cuello; mejor no correr riesgos. Permanecía dormida bajo los efectos de un potente anestésico hasta que él decidiera lo contrario. Ahora era el dueño de su vida. Podía acabar con ella cuando quisiera… aunque no sería pronto.

Se acarició esta vez en la parte donde debería tener la oreja y sólo encontró la cicatriz. Iba a pagar por eso y por muchas más cosas. Que nunca hubiera sido un rival de verdad no significaba que fuera a perdonarle lo que le había hecho. No, la haría sufrir. Durante días, semanas, tal vez meses. Hará que rogara por su vida. No por retenerla, sino porque la dejara morir. Quebraría ese espíritu. Oh sí, vaya si lo quebraría. Y se arrepentiría del día que sus caminos se cruzaron. No era venganza, era simplemente el camino lógico a seguir.

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