Jornada 05. Cabalgata de muertos II (1).


Gerald miró de nuevo el reloj y una vez más suspiró. Parecía que nunca comenzaría la dichosa cabalgata. Y lo peor era tener que lidiar con todos aquellos padres, ¿cómo podían dar el ejemplo que estaban dando? Empujaban, se colaban y se ponían por delante de los más pequeños y les impedían ver nada. Era indignante. Con razón dejaba los negocios en manos de sus subordinados, tratar con las personas era de lo más cansado y frustrante. Pero cualquier cosa por sus sobrinos.

Al menos tenía a su escolta para ayudarle a abrirse paso. Nada como personas armadas para hacerse respetar y conseguir que la gente se apartara y no diese mucho la lata. A pesar de todo tuvo que discutir con dos mujeres de edad avanzada que se quejaban de que no podrían ver nada con esos armarios andantes delante, de nada sirvió indicarles que ellas mismas estaban tapando la visión a una docena de niños, incluso se pusieron más furiosas y comenzaron a llamarle la atención por venir a la isla a quitarles la vista de SU cabalgata. Locales, en todas partes había necios como ellos que se creían superiores por haber nacido en un lugar. Gerald resolvió el problema ampliando el perímetro de defensa y dejando entrar en el mismo a una buena cantidad de niños… lo que hizo que las mujeres mostraran su frustración yéndose a otra parte para situarse en primera línea.

La gente se iba poniendo cada vez más nerviosa esperando el comienzo de la cabalgata y los policías se las veían y deseaban para poder mantener las líneas y que la gente no invadiera la calzada por la que estaba previsto que pasara la cabalgata. Era increíble la gente que había por las calles en esas fechas, y también la que había en las calles tratando de observar la cabalgata. Al fin, una serie de cohetes marcaron la llegada de los Reyes Magos al puerto de Palma de Mallorca y con ello el inicio de la cabalgata. Ya quedaba menos para volver al hotel y dar los regalos a sus sobrinos, pensaba Gerald mientras trataba de calcular el tiempo que tardaría la cabalgata en llegar hasta ellos y pasar de largo.

Después de escuchar los cohetes las cosas fueron a peor. Los niños se comenzaron a impacientar y llorar al no ver aparecer inmediatamente las carrozas, los padres se peleaban entre ellos a gritos cuando un niño se ponía delante de otro, y las personas mayores… bueno, lo único que les quedaba por hacer era blandir sus bastones como si fueran armas para quitarse de en medio a todos esos molestos niños que les impedían ver lo que estaba ocurriendo… que era nada.

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