Jornada 04. Cabalgata de muertos (25)


-¿Inspector? –Preguntó algo sorprendido el sargento.

-Sí, ya sabe, de esos que van de paisano por la calle –le explicó Castillo-, de investigan asuntos de drogas, asesinatos… Pero el cabrón de Zafra, que estaba al cargo de la comisaria en Reyes, me clavó el turno de patrulla con la excusa de que la cabalgata de Reyes había absorbido todos los efectivos y necesitaba gente en uniforme aunque no fueran policías propiamente para el resto de la ciudad. Y todo por creerse que… en fin, da igual.

El sargento miró con atención a Castillo que continuaba tumbado en el banco de piedra.

-El caso es que tu cara me suena –dijo dubitativo el militar- pero no acabo de de situarte.

-A lo mejor nos hemos cruzado en algún caso mío –respondió Castillo quitándole importancia-. Jaume, el zombicador tal vez, un imbécil que no tenía otra ocurrencia que matar gente para convertirla en zombis; no sé, es una ciudad muy pequeña.

De repente Castillo se incorporó rápidamente.

-Joder, la cabalgata de reyes… -dijo de repente cayendo en la cuenta-. Será una masacre… Maldita sea, no entiendo qué motivos tiene el ejército para tomar la medida que ha tomado.

El sargento negó con la cabeza mientras se apoyaba contra la pared.

-Tal vez hay algo más gordo detrás de todo esto de lo que imaginamos –dijo el militar sin acabar de creerse la respuesta él mismo-. Pero tampoco entiendo el motivo para poner a tanta gente en peligro.

A continuación el sargento metió la mano en uno de sus bolsillos del pantalón de campaña y sacó un libro de bolsillo.

-En fin, desde aquí no podemos hacer nada salvo esperar –dijo el sargento buscando la señal que había dejado-, así que tendremos que armarnos de paciencia. Al menos puedes estar seguro de que aquí estamos a salvo. Los zombis no podrán atravesar esa puerta de metal.

-Pero podemos morirnos de hambre –señaló Castillo sonriendo débilmente- ¿Interesante el libro?

-Tranquilo, no moriremos de hambre –sonrió misteriosamente el sargento-. Y el libro no está mal. Es la última edición de bolsillo de una saga entretenida, va de una tía que es una especie de espía que viaja por todo el mundo arreglándolo a su manera acompañada de un ayudante a lo Doctor Holmes que se dedica a publicar sus aventuras en un blog de internet.

El gesto de Castillo se torció. El sargento se dio cuenta y se quedó unos segundos pensativo, luego miró la contraportada de la novela y volvió a mirar al policía.

-Un segundo… -dijo señalando a Castillo-. No puede ser…

-El mundo es un pañuelo –dijo Castillo sonriendo débilmente-. Sí, sí puede ser.

-Es imposible –dijo el sargento-. El autor es extranjero, Alex Castle, tengo sus libros, los de tapa dura, firmados; que le he visto en persona, y usa gafas.

-Alejandro Del Castillo –respondió el policía-. Mi editor creyó que un autor con nombre guiri vendería mejor… y no se equivocó. Y, habitualmente, uso lentillas, pero para las firmas me engomino, me dejo barba de un par de días, me pongo gafas… como si fuera Superman, vamos.