Jornada 04. Cabalgata de muertos (24)


Los dos policías militares se abalanzaron sobre Castillo y lo tiraron al suelo sin miramientos para, a continuación, esposarle las manos con bridas y dejarle inmovilizado poniéndole una rodilla encima de su espalda. Castillo no se resistió en ningún momento.

-Al próximo que sugiera dejar el cadáver de mi compañero a merced de los zombis lo mato –advirtió gritando el policía desde el suelo.

-Médico –gritó un soldado que se había acercado al capitán-. Joder, lo ha dejado seco.

-Todo el mundo tranquilo –gritó el sargento que no se había movido de su posición acompañado de los policías militares-. Nadie va a lanzar nada a los zombis, ¿verdad?

Miró a su alrededor con mirada amenazadora.

-Que alguien recoja el cadáver y lo lleve a la morgue –ordenó el sargento-, y si el capitán pregunta nadie sabe nada. ¿De acuerdo? Todos sabemos que esa orden era completamente inmoral e innecesaria.

Nadie dijo nada pero varios soldados asintieron con la cabeza y se acercaron al cadáver para levantarlo y trasladarlo como había ordenado el sargento.

-Venga, y ahora al calabozo conmigo y el policía –ordenó el sargento sonriendo ante la mirada de sorpresa de los policías militares-. Una orden es una orden. Y no vamos a darle más excusas al capitán para poner patas arriba la base y nuestras vidas.

Tanto el sargento como el policía fueron llevados a uno de los edificios en el interior de la base y encerrados en la misma celda. Un pequeño recinto en el que había un banco de piedra a modo de cama a ambos lados de la celda así como un pequeño agujero a modo de sumidero. La puerta era de metal con un pequeño ventanuco con barrotes. El ejército no se caracterizaba precisamente por acomodar a sus prisioneros.

Castillo, ya libre de las bridas miró a su alrededor y sonrió mientras se tumbaba en uno de los bancos.

-Son idénticos a los que tenemos en los juzgados de Vía Alemania –dijo mientras cerraba los ojos-. ¿Sabe qué es lo más triste de todo?

El sargento negó con la cabeza, pero viendo que el policía no vería su gesto negó en voz alta.

-No, no soy adivino –respondió en voz alta-, aunque no lo diga por ahí, los soldados creen que soy la mano derecha de Dios.

-Que ni siquiera sabía el nombre del novato –dijo apenado Castillo-. Me lo habían endosado justo antes de comenzar el turno y ni me molesté en preguntarle el nombre. Y para colmo ni siquiera tendría que estar patrullando por la ciudad, joder.

-¿Y eso? –Preguntó con cierta curiosidad el sargento.

-No soy un patrullero –respondió Castillo-. Soy inspector. O eso dicen mis galones. Pero un cabrón me la tenía jurada desde hacía tiempo y ha aprovechado el día de hoy para ponerme en uniforme a patrullar en un coche y con un novato. Y así hemos acabado.