Jornada 03. El regreso de los muertos vivientes (5)


Interludio (La acción tiene lugar durante los eventos de la novela ya publicada ‘Apocalipsis Island’, con la isla infectada por zombies y las comunicaciones con el exterior cortadas).
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(Nota del autor: Esperamos que nos perdonéis esta pequeña licencia escrita con todo el respeto y rigurosidad que este blog se merece)
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Gerald entró corriendo en el despacho de Pep sin tocar la puerta ni nada, completamente excitado y sin aliento.

Pep levantó la vista de los papeles que habían desperdigados por la mesa. Las cuentas no eran buenas, y no le acababan de salir. Aunque las previsiones iniciales habían sido generosas lo cierto es que ni él esperaba tener que pasar tanto tiempo encerrado y las provisiones comenzaban a bajar hasta un nivel alarmante.

-Entiendo que eres socio capitalista, y que te debo mucho pero… ¿no podrías llamar a la puerta al menos? –le riño Pep dejando a un lado los papeles.

-Enhorabuena hombre, que habéis ganado el Mundial.

Pep se le quedó mirando sin saber de qué hablaba Gerald.

-El mundial… ¿me he perdido algo? -preguntó Pep confuso.

-Joder… el mundial de fútbol –le aclaró Gerald-. Que habéis ganado el Mundial de fútbol tío.

Pep pareció recordar.

-Entiendo que quieras alegrar a la gente con tu actitud pero… ¿Ir diciendo que España ha ganado el Mundial de fútbol? Me parece cruel, incluso para ti.

-Que no, que es en serio –insistió Gerald–. Lo tengo descargado en alta definición y todo por si quieres verlo. Habéis ganado a Holanda después de ganar a la Alemania Federal.

Pep no se lo podía creer. ¿Podría ser cierto? ¿España finalmente campeona del mundo?

-Y lo tienes… descargado… lo podemos ver… -dijo pensativo.

Gerald asintió enérgicamente con la cabeza.

-¿En todo el hotel? –preguntó Pep de nuevo mientras una idea se comenzaba a formar en su cabeza.

Gerald volvió a asentir.

-¿Y podríamos… transmitirlo al resto de la isla? –volvió a preguntar Pep.

Gerald se quedó un momento pensativo.

-Suponiendo que la gente tenga conectada la televisión o la radio a la señal de emergencia… sí, seguramente –dijo mientras hacía cálculos en su cabeza-. Claro que podría ser que los militares se cabrearan y nos bombardearan.

Pep se recostó en su sillón de ejecutivo mientras sopesaba las posibilidades. Tras unos momentos tomó su decisión.

-Creo que vale la pena el riesgo –dijo sonriendo-. Haz los preparativos. ¿Lo podrás tener listo para las cuatro?

Gerald hizo más cálculos mentales y asintió con la cabeza. Sin dejar que Pep dijera nada más salió corriendo por la puerta tal y cómo había entrado.

Pep respiró hondo antes de activar el interfono.

-Queridos clientes, empleados, amigos y refugiados me complace poder informarles que a las cuatro de la tarde podrán disfrutar por todas las televisiones del recinto de la final de la Copa del Mundo que este año se celebraba en Moscú. Dicha final se disputó entre los equipos de Holanda, perdón, Países Bajos, y… -hizo una pequeña pausa como temiendo que nadie le creyera-… y España.

A través de la puerta pudo escuchar diversos gritos de júbilo y algarabía.

A las cuatro todo estaba preparado y comenzó la transmisión. Pep bajó a la sala de juegos que era dónde estaba la pantalla más grande del recinto; como era de esperar estaba llena a rebosar. Era delicioso ver cómo la gente disfrutaba con el encuentro, que después de todo ese tiempo se atisbara un brillo de esperanza en esa gente que tan mal lo había pasado. Tal vez eso era lo que necesitaran, una señal de que todo se iba a arreglar.

Pep se indignó al igual que casi todos los clientes con las brutales entradas que realizaban los jugadores holandeses ante la bendición del árbitro, un inglés exiliado a Nueva Zelanda… qué se podía esperar de un país que usaba criminales como colonos.

La tensión se iba mascando a medida que el encuentro avanzaba y ninguno de los dos equipos conseguía meter la dichosa pelotita entre los tres palos. A pesar de saber el resultado Pep no podía evitar gritar las ocasiones españolas y temblar ante el peligro de los delanteros de la Orange.

Al acabar los noventa minutos el marcador reflejaba un empate a cero que hacía que ambos equipos tuvieran que jugarse la Copa en la prórroga… o ir a los penaltis. Lástima que no estuviera jugando con la rojigualda aquel cubano nacionalizado español que recientemente había fichado el Mallorca; con él jugando y conforme había transcurrido el partido, seguramente habrían destrozado el mediocampo holandés en todos los sentidos.

Los clientes estaban en tensión gritando a la pantalla como si estuvieran en el campo y los jugadores pudieran escucharles. Daba igual que el encuentro fuera en diferido. Pep se incorporó de la pared en la que estaba recostado y salió de la sala. Faltaba poco para que acabara el partido y parecía que todo se decidiría desde el punto fatídico. Pep decidió salir a una terraza que daba al mar desde la que podía ver la costa mallorquina. El sol pegaba fuerte y usó la mano como visera. Fue entonces cuando un grito desgarrador inundó toda la ciudad, y no únicamente el hotel –efectivamente, como sospechaba, había más de uno que manteniendo la esperanza de que las cosas se normalizaran, tenía el aparato de televisión encendido. Entró rápidamente y se acercó a la primera pantalla que tuvo a mano. España había marcado a falta de dos minutos para el final. Sonrió. Y vio la alegría en la gente que se abrazaba, saltaba, se besaban, lloraban… la tensión de los últimos meses había sido tremenda y ese gol, ese gol había provocado que todo eso saliera ahora…

Pep siguió los siguientes minutos con menos tensión. Se sabía ganador… claro que todavía podían hacer la gracia de empatar el partido pero… cinco minutos después todo había acabado. España era campeona del mundo por primera vez en su historia. Vio cómo el presidente de la FIFA acompañado del premier ruso, Putin, entregaba la Copa al capitán, Iker Casillas, visiblemente emocionado que no podía impedir que las lágrimas inundaran su rostro.

Al igual que el portero, Pep notó como las lágrimas caían de sus ojos. Nunca creyó poder ver a España campeona del Mundo, y menos con la segunda invasión zombie… pero ahí estaban. Vivos y campeones del Mundo.

Salió de nuevo a la terraza. Toda la ciudad parecía ir despertando poco a poco de su letargo y escuchaba a lo lejos algunos gritos, ligeras bocinas, tímidas trompetas… por un día daba igual que los zombies camparan a sus anchas por las calles. España era campeona del Mundo y ningún zombie podría empañar esa fiesta.

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1 comentario

  1. Muy bueno! Felicitaciones a todos los hermanos españoles… bienvenidos al club!


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