Jornada 11. El final del principio III (XI)


-Pero capitana –comenzó a quejarse Ortiz.

-No hay peros –le interrumpió Mara- ¿Qué les pasará a las personas que están aquí si vuelven los zombies? ¿Quiere dejarles a su merced? ¿Qué clase de personas seriamos?

-Entonces, ¿tomará el mando de la base? –preguntó con cierta esperanza en su voz Ortiz.

-Eso sería una locura –respondió Mara-, sería poner una diana a la base. No, no puedo quedarme aquí y poner en peligro a la gente que vive aquí. Creo que cuando el sargento desaparezca esta base ganará mucho y no tendrá más problemas.

-¿Y si viene alguien preguntando por él?

-Murió a manos de los zombies durante una patrulla rutinaria –dijo sombríamente Mara mientras miraba al sargento que le devolvía la mirada con cierto terror-, así nadie le buscará y creerán que está muerto realmente.

Poco después el sargento era arrastrado fuera de las celdas y a un edificio que servía de garaje para la base que en esos momentos se encontraba desierto. Por el camino nadie les prestó mucha atención, dado que era frecuente el ver a soldados cargar con todo tipo de cosas, y nadie conocía a Mara, por lo que las únicas interrupciones que sufrieron fueron las de algunas personas que se cruzaron saludando al sacerdote.

Cuando entraron en el garaje Sam señaló varios vehículos.

-Vehículos propulsados por un motor híbrido, cortesía de mi jefe; silenciosos, potentes, y casi no requieren gasolina gracias a sus cargadores solares y de recuperación de energía.

-¿Únicos en el mundo? –preguntó con cierta curiosidad Mara.

-Prototipos, los japoneses están todavía una década por detrás de conseguirlos –dijo Sam orgullosa–. Mi jefe es… era un genio.

-Bien, hay que cargar uno de los vehículos rápidamente –dijo Mara con voz autoritaria-. No hay que correr riesgos y arriesgarnos más de la cuenta.

Mientras los soldados comenzaban a moverse el padre Xavier se llevó aparte a Mara.

-¿Realmente tienes intención de torturar a ese hombre y provocarle… dolor? –preguntó en voz baja el sacerdote.

-Ellos han hecho cosas peores –contestó irritada Mara-. Han matado a miles de personas sin miramientos. Y mire lo que le hicieron a esta base simplemente para poder matarme. No se detendrán ante nada salvo que les paremos. Y si para eso debo acabar en el infierno, sea pues. No creo que haya mejor excusa que la vida de otros para sacrificar la de uno mismo.

Jornada 11. El final del principio III (X)


-¿Os gusta? –preguntó Mara señalando al sargento-. A mí me ha gustado tanto que me lo llevaré de recuerdo de esta visita.

Todos se quedaron mirando a Mara como si hubiera perdido el juicio.

-No esperarías que le interrogara en este sitio –dijo Mara sin perder la sonrisa-, para lo que le tengo planeado si no habla necesito un sitio tranquilo y apartado.

Sam fue la primera en reaccionar.

-Así que éste era tu sorpresa de la que hablabas. Conozco un par de sitios tranquilos donde nadie escuchará sus gritos.

El padre Xavier no podía creerse lo que estaba escuchando. Hablaban de torturar a una persona. Se preguntó hasta dónde llegaría la crueldad humana… y fue entonces cuando notó el ligero olor de la carne de zombie quemada que llevaba el aire.

-Nunca pensé que me alegraría de cargar con un peso muerto –dijo sonriendo Ortiz mientras se preparaba para cargar con el sargento-. Los soldados están preparados para seguir sus órdenes y marcharnos de la base capitana.

Mara miró con seriedad a Ortiz.

-Eso no va a ocurrir. Nuestro deber como soldados es proporcionar ayuda y proteger a los civiles que se encuentran en esta base y en el país. No podemos abandonarles como a perros.

Jornada 11. El final del principio III (IX)


Mara durmió el resto de la noche sin más interrupciones. En su mente los planes y las ideas bullían. No habían tenido tiempo realmente para planear su fuga. Pero si lo que Sam le había dicho era cierto… era mejor acelerar las cosas. Cuanto más lejos de otras personas estuviera menos riesgo de morir correrían éstas.

A la mañana siguiente la aparición del sargento la sacó de sus pesadillas. Aunque no planeaba agradecérselo.

-Si es mi carcelero favorito –dijo Mara poniéndose en pie y acercándose a la puerta de la celda-. ¿Hoy no has escupido en mi desayuno?

-No sé qué te hace estar tan feliz –dijo el sargento Rock malhumorado.

Mara sonrió y agarró los barrotes con sus manos.

-Bueno, tenía intención de sacarte información –continuó sonriendo-, y decidí que pasaba de… seducirte. Prefiero golpearte para obtener la información que necesito.

Y mientras decía esto abrió la puerta violentamente golpeando con la misma al sorprendido sargento que se quedó inconsciente tirado en el suelo con el rostro sangrando. Mara salió tranquilamente de la celda y cacheó al sargento.

-Qué poca resistencia –dijo Mara para sí misma-, y yo que esperaba poder golpearle personalmente.

Después de desarmar al sargento y usar las esposas que llevaba para aprisionarlo aprovechó para darle una patada en la entrepierna.

-Y esto es sólo el avance –le dijo a la oreja mientras le amordazaba.

Cuando Sam, el padre Xavier y el soldado Ortiz llegaron se encontraron con Mara bebiendo tranquilamente mientras el sargento Rock trataba de soltarse. Cuando les vio aparecer se quedó parado y sus ojos parecían que iban a salirse de sus órbitas.

Jornada 11. El final del principio III (VIII)


Mara bajó la cabeza.

-Lo siento –dijo en voz baja-. ¿Seguro que… murió? Quiero decir, cuando me enteré del bombardeo ordené evacuar la ciudad…

Sam negó con la cabeza y sonrió tristemente.

-Me mandó un mensaje diciendo que se quedaba hasta poder sacar a la gente.

Mara se incorporó.

-Entonces ya sabía lo que pasó en la ciudad –dijo algo enfadada Mara.

-No conocía los detalles –le aclaró Sam-. Pero sabía que lo que fuera que había ocurrido no era normal.

-Aun así… podría seguir vivo… -dijo débilmente Mara.

Sam volvió a negar con la cabeza.

-Está muerto –dijo con tono triste.

-Y, ¿entonces? ¿A qué ha venido el interrogatorio? –preguntó molesta Mara.

-Quería saber a quién debía buscar para hacerle pagar –sonrió tenebrosamente Sam-. Y parece que mataré dos pájaros de un tiro.

-Pues buena suerte hermana –dijo escéptica Mara-, dudo que consigas acabar con la gente que ha orquestado todo esto. Incluso dudo que puedas acercarte a nadie antes de que acaben contigo.

-Creía que podríamos trabajar juntas. No creo que tampoco le tenga aprecio a esa gente que en este momento está planeando su muerte.

Mara miró con curiosidad a Sam.

-Digamos que el sargento no es del todo apreciado en la base. Ni siquiera el general y Henry, mi antiguo jefe, le tenían especial aprecio. Cuando comenzaron a pasar cosas extrañas el general ordenó vigilar todas las comunicaciones. Y sólo los oficiales de comunicación estaban enterados de esa orden. Por lo visto el sargento ha estado muy comunicativo estos días… y ha usado canales no oficiales para ello.

-Sospechaba que no era trigo limpio –respondió Mara-. Ni siquiera se molestaba en disimular.

Sam se llevó la mano al bolsillo y Mara pensó por un momento que iba a sacar un arma. Pero en cambio sacó algo metálico pero que no parecía para nada un arma. Se lo lanzó a través de las rejas yendo a aterrizar en la ropa de la cama.

Mara cogió el objeto. Una llave. Y miró interrogativamente a Sam.

-Es la llave de la celda –le aclaró Sam-, podemos salir por el mismo sitio por el que he entrado.

Mara estudió la llave y sonrió.

-Me temo que no puedo irme.

-¿Cómo? –Preguntó sorprendida Sam–. Si se queda aquí su vida corre peligro. Es un pato enjaulado.

-No tengo planeado quedarme. El problema es que ya hay planes en marcha para… ayudarme. Además, le debo una entrevista al sargento. Hable con el sacerdote y dígale que en el cambio de guardia esté preparado. Y que traiga ayuda. Tengo que llevarme un recuerdo de este sitio –dijo sonriendo Mara misteriosamente.

Jornada 11. El final del principio III (VII)


-¿Cómo ha entrado? –preguntó Mara mientras se recostaba en su catre.

-Realmente no le preocupa lo más mínimo lo que le pase –insistió Sam.

-¿Qué quiere que le diga? –preguntó algo molesta Mara-, ¿que estoy metida en medio de una conspiración mundial y que por saber de su existencia mi vida corre peligro? ¿Que el grupo con el que estaba tiene un traidor en sus filas y no puedo avisarles? ¿Es eso lo que quiere escuchar? ¿Que me siento impotente estando aquí encerrada? Pues prefiero tomármelo con filosofía y no tratar de pensar en ello.

-Respondiendo a su pregunta –dijo Sam-, me he colado aprovechando el cambio de guardia nocturno. Como ya le he dicho estuve en el ejército y sé cómo funcionan esas guardias.

-Muchos problemas se ha tomado para venir a verme –señaló Mara-, y me temo que la verdad que busca no la encontrará. Más que nada porque eso de la verdad está sobrevalorado y es subjetivo.

-¿Nunca le han dicho que habla demasiado para no decir nada? –preguntó Sam, que comenzaba a estar molesta con la actitud de la prisionera y notaba como estaba a punto de perder la paciencia.

-Sí, pero como es mi modo de relajarme y de meterme con la gente… tendrá que sufrirlo si quiere obtener respuestas.

-¿Qué sabe de los zombies que atacaron la base militar? –preguntó Sam respirando hondo.

-Que posiblemente fuera culpa mía –dijo Mara lentamente-. Un grupo de mercenarios, o soldados de fortuna, o cazarrecompensas, o lo que fueran, me querían muerta, y parece que para tener un campo de caza tranquilo decidieron echar a todos los zombies posibles de la ciudad, para que no interfirieran. Y parece que acabaron aquí.

-¿Y por qué querían matarla? –volvió a preguntar Sam.

-Digamos que en mi última misión vi y escuché más de la cuenta sobre los zombies y que soy un cabo suelto.

-Así que mi amigo murió por su culpa –dijo Sam con voz acusadora.

-Podría decirse que en cierta manera, sí.

-¿Y qué fue lo que vio y escuchó que provocó esta reacción? –continuó preguntando Sam.

-Digamos que gente poderosa estaba jugando con zombies antes de que el público general supiera lo que estaba pasando.

-Así que no se volvió loca y ordenó a su personal disparar contra civiles indiscriminadamente, para luego ordenar bombardear la ciudad con la excusa de que estaba llena de zombies para deshacerse de las pruebas.

-Efectivamente –dijo Mara recostándose-. Aparte, que no tiene lógica alguna… para la gente que ha servido en el ejército. Cualquier soldado sabe que sería una orden ilegal y no la obedecería. Y Ahora, ¿a qué viene tanta pregunta? Porque no creo que sea sólo por tu amigo.

-Mi novio era oficial de policía en esa ciudad –dijo con tono tenebroso Sam.

Jornada 11. El final del principio III (VI)


Esa misma noche, mientras Mara le daba vueltas en la cabeza a la manera de salir de la base un ruido le llamó la atención. Pocos segundos después una persona aparecía y se quedaba delante de la celda.

Mara la miró con curiosidad. La luz de la luna se colaba por la ventana de su celda y por otros lugares y le permitía ver a la persona que se había colado irregularmente en el edificio. Una mujer.

-No he pedido ningún masaje –dijo con tono descuidado Mara- y no creo que éstas sean horas para hacer las habitaciones.

-Así que éste es el humor de la infame capitana Mara Grumpy, la destructora de mundos.

-Yo no lo calificaría de humor –dijo Mara-, y creo que ‘de universos’ es más espectacular.

-Para estar en una situación tan grave no parece preocupada.

Mara se permitió sonreír.

-Está hablando con alguien que perdió la memoria y ha sobrevivido hasta ahora de esa manera; estar aquí encerrada es… un cambio agradable –le aclaró Mara-. Quiero decir, puedo dormir sin preocupación de que un zombie se coma mi cerebro, me dan comida y agua, y tengo mi propio servicio. Comparado con cómo estaba hace unos días… esto es el paraíso.

-¿Aunque le puedan poner delante de un pelotón de ejecución?

-Oh vamos, vamos, no sea tan agorera. Seguimos estando en una democracia, con jueces, abogados y esas cosas, ¿verdad?

-Depende de a quién pregunte –digo sombría la mujer-, si sobrevivimos puede que se encuentre con un mundo diferente al que recordaba.

-Oh, eso seguro –dijo sonriendo y en tono cínico Mara-. Ahora se notará más que nunca a esos políticos que parecían muertos vivientes.

>>Sin olvidar a los defensores de los zombies, que seguro que los habrá –continuó Mara-. Y pedirán que no les matemos, que son seres vivos y que tenemos que respetarles. Ahora que lo pienso… no creo que el mundo cambie mucho.

-Supongo que se estará preguntando quién soy y qué hago aquí.

-No realmente –dijo Mara tranquilamente-. Está viva y habla, así que no es un zombie. Si me quiere matar, poco podré hacer para impedirlo. Claro que preferiría que fuera con una bala y no de aburrimiento.

-Mi nombre es Samantha –dijo a modo de presentación la mujer-, antes de la cosa ésta de los zombies trabajaba en la seguridad privada, después de pasar unos años sirviendo en el ejército. Y quiero saber la verdad.

Jornada 11. El final del principio III (V)


Durante la siguiente hora Mara les explicó con pelos y señales lo que había pasado desde el primer momento que habían puesto el pie en la ciudad. No se dejó ningún detalle. Por escabroso que fuera. Xavier y Ortiz escuchaban en silencio y no la interrumpieron. Finalmente, llegó a la parte en la que la ciudad era engullida por las llamas.

-Entonces… -dijo lentamente el sacerdote-, no sabes qué les pasó a los soldados y los camiones con supervivientes.

-Seguramente murieron –dijo Mara furiosa-. Debieron ir a otra ciudad buscando refugio, y seguro que encontraron la muerte a manos de los zombies. Al menos nunca me he cruzado con alguien que me conociera.

-Tal vez podría haber sido casualidad –señaló el padre Xavier-, el no cruzarte con otros supervivientes, o tal vez el tal Doc lo haya impedido de alguna manera.

-Eso da igual ahora –dijo Mara-, debo salir de aquí y avisar al resto del grupo sobre Doc. A saber qué tiene pensado hacer con ellos. Y si se entera que sigo viva y he recuperado la memoria… no quiero ni pensarlo.

-Dijiste que no actuaba solo –señaló Xavier.

-Tenía la ayuda de la alcaldesa de la ciudad –dijo Mara-, la muy perra vendió a sus compatriotas para asegurarse un lugar en… en el nuevo orden mundial que tenía que salir. Además, debía de contar con ayuda de altos mandos del ejército, dado que bombardear una ciudad no es una cosa sencilla precisamente. Y mencionó… otras personas poderosas.

El padre Xavier se quedó un momento en silencio pensativo. Le habían llegado rumores sobre los movimientos de la Santa Sede, negociando con gobiernos y peces gordos, pero no había podido averiguar nada sobre el tema realmente… ¿podría ser que la Santa Sede estuviera asociada con este tipo de gente?

Ortiz también se había quedado pensativo.

-¿Podría ser que el sargento estuviera en el ajo, que formara parte de esta… conspiración? –preguntó finalmente-. Quiero decir, no es muy normal eso de ofrecer a alguien un trato por una confesión escrita y luego dejarle marchar… además, llegó justo antes de que el mundo se fuera por el retrete, y no parece muy afectado por la muerte del general.

-Si fuera así sabrían que he recuperado la memoria –dijo alarmada Mara-, más razón para salir de aquí sin perder un momento. Hay vidas en peligro.

-No puedes salir de aquí pegando tiros –dijo el padre Xavier nervioso-, así no conseguirás nada. Tal vez pueda conseguir convencer al buen sargento para que nos deje marchar… y que sea Dios quién te juzgue.

– Sólo hay una manera de tratar con este tipo de gente –dijo amenazante Mara- y no es mediante palabras.

-No soy el único que la recuerda capitana, y que no cree lo que se dice de usted –dijo Ortiz-. Correré la voz entre los demás, y juntos pensaremos en un modo de sacarla de aquí. Usando el método que sea.

Jornada 11. El final del principio III (IV)


El padre Xavier aprovechó la cercanía de la pared para recostarse.

-Lo cierto es que la gente no sabe qué pensar –dijo finalmente-. No han escuchado tu versión. No te conocen. Y en estos momentos lo que no hay son medios de comunicación. Estaría bien escuchar tu versión de los hechos y así… bueno… tratar de averiguar qué pasó…

Mara se reincorporó inesperadamente del camastro haciendo que el sacerdote se pusiera derecho y dejara de apoyarse en la pared.

-Maldita sea… -dijo Mara con la cara roja de ira– seré estúpida. No puedo quedarme aquí… Debo parar a Doc…

Ortiz y Xavier se miraron confusos.

-Joder… -Mara se puso en pie y comenzó a caminar nerviosa por la celda-. No puedo permitir que Doc vuelva a escaparse… maldito cabrón… todo este tiempo… a mi lado… haciéndose pasar por mi amigo y camarada… sabandija inmunda. Cuando le ponga las manos encima… Pero antes debo salir de aquí.

Mara se acercó a los barrotes de la ventana y los sopesó, luego se acercó a los de la puerta e hizo lo mismo. Desde luego parecían sólidos. Les dio una patada ante la impotencia que sentía en ese momento.

-¿Podrías explicarnos a los profanos quién es Doc y qué está sucediendo? –le interrumpió el sacerdote.

Mara respiró hondo y se acercó a la puerta.

-Doc fue el que destruyó la ciudad –dijo Mara furiosa-. Estaba llevando a cabo un experimento en la ciudad, dejando que los zombies la tomaran… que mataran a sus habitantes…y no trabajaba solo.

Hizo una pausa.

-Cuando el ejercito intervino hizo todo lo que pudo para obstaculizarnos –la voz de Mara se volvió cada vez más tensa-. Dejó morir a mis subordinados, sabía lo que pasaba y jugó con nosotros. Y cuando ya no le divertimos… mandó bombardear la ciudad y no dejar rastro de testigos que pudieran decir lo que había pasado. Mató tanto a los zombies como a la gente que quedaba… fue terrible… Fue entonces cuando perdí la memoria.

Luego se dio un leve golpe en la frente.

-Seguro que fue ese cabrón el que mandó al grupo de mercenarios con el que nos encontramos en la ciudad. Debía de tener miedo de que recuperara la memoria, y como mientras estuviera acompañada o en el castillo no podía hacer nada… aprovechó su oportunidad cuando me separé del grupo.

-No parece que le tengas mucho cariño –señaló el sacerdote.

-Créame Xavier, si alguien merece quemarse en el infierno por el resto de la eternidad ése es Doc. Maldita sea, estaba tan feliz recordando cosas que se me olvidó lo más importante.

-Tal vez si nos explicaras qué fue lo que pasó… tu versión de los hechos –señaló amablemente el padre Xavier- tal vez podríamos comprender mejor las cosas.

Jornada 11. El final del principio III (III)


Los centinelas miraron de arriba abajo al padre Xavier esperando que sacara algún arma de su sotana… a pesar de no llevarla, y sólo tener el alzacuello para que se le identificara como sacerdote. Sonrió al ver a los centinelas ponerse en guardia al aparecer.

-Creo que el Sargento Rock me ha dado permiso para hablar con la prisionera –dijo tratando de aparentar inocencia.

Los soldados señalaron a su acompañante.

-Bueno, he pensado que sería mejor entrar acompañado –dijo sin perder la sonrisa- en caso de que la prisionera… bueno… se pusiera violenta. No quiero que ustedes dejen de vigilar la entrada y causarles más molestias. Este amable compañero suyo se ha prestado a protegerme.

Los soldados intercambiaron miradas entre ellos. Y dado que ninguno esperaba ningún problema y tampoco querían que le pasara nada al sacerdote asintieron con la cabeza y les dejaron entrar.

El calabozo era un edificio aparte en el que únicamente había celdas. Un espacio rectangular con las celdas individuales situadas a un lado y un largo pasillo que las recorría. Las celdas consistían en un aseo y un camastro únicamente y una fila de barrotes a modo de puerta.

Mara estaba tumbada en el camastro con la mirada perdida en el techo cuando llegaron el padre Xavier y el soldado Ortiz, y al principio no pareció notar su presencia.

-¿Cómo te encuentras Mara? –preguntó el sacerdote a modo de saludo.

Al escuchar la familiar voz Mara se reincorporó levemente y estudió a los recién llegados.

-Xavier, creía que eras el sargento de nuevo, es un poco pesado la verdad –dijo resoplando.

El sacerdote buscó con la mirada una silla o algo en lo que sentarse y poder hablar cómodamente. Pero al parecer el sargento no había sido tan amable.

-Parece que estás mejor que la última vez que nos vimos –señaló finalmente.

-Es lo que tienen descansar en una cama decente y tres comidas diarias –respondió Mara- que recuperas las fuerzas. Como ya le dije, un sueño hecho realidad.

El padre Xavier esbozó una leve sonrisa. Luego volvió a poner gesto serio.

-Dicen que has hecho cosas muy graves.

Mara no pareció muy preocupada.

-Eso es lo que dice el sargento –señaló-, no deja de darme la lata con que firme una declaración de culpabilidad y me dejará libre… o al menos no me matará.

-¿Es cierto entonces? -preguntó el sacerdote preocupado-. ¿Mataste a todos los habitantes de una ciudad y luego la redujiste a cenizas?

-Eso dicen que hice –dijo Mara suspirando-, claro que mis recuerdos son otros, y mi versión también, pero para lo que sirve aquí dentro. El sargento no parece interesado en conocer la verdad.

Ortiz aprovechó para intervenir.

-La verdad es que el sargento no es una persona muy apreciada –dijo-, fue trasladado a la base poco antes de que nos asignaran a la defensa de las ciudades. Y ahora parece creerse el amo de la base por encima de los rangos.

-Algo habrá que hacer entonces para resolverlo –dijo Mara con tono indiferente.

Jornada 11. El final del principio III (II)


El padre Xavier se encontraba disfrutando de la comida en el comedor central de la base militar. En la semana que llevaba ahí se había convertido en una especie de celebridad. Entre que había llegado después del ataque zombie, que era un sacerdote que, según había contado, iba por las ciudades matando zombies, y que había llegado con la infame Mara Grumpy, la destructora de ciudades, la gente estaba encantada de escuchar sus historias.

Por norma general, tanto los militares como los civiles no tenían muy buenas palabras para los religiosos, pero parecía que él era una excepción dado que había decidido mancharse las manos.

Por lo que había escuchado las cosas no pintaban bien para Mara. Y todavía no había podido hablar con ella desde que la habían encarcelado. Había insistido vehementemente pero el sargento Rock se había negado en todo momento. Pero, finalmente, aquella mañana había obtenido permiso para visitarla por la tarde, después de la comida.

Estaba impaciente por escuchar su versión de la historia. Había pasado poco tiempo con ella, pero le costaba imaginar que un ser humano fuera capaz de hacer las cosas que decían que ella había realizado.

Acabó la comida y fue a dar una vuelta para hacer tiempo. Dentro de la base ya no quedaba rastro de los zombies invasores. Fuera, todavía quedaban trozos de zombies que iban siendo recogidos con carretillas y palas y llevados a uno de los enormes fosos que se habían realizado para quemar los restos de los no-muertos. Enterrarlos no era una opción, dado que existía la posibilidad de que sus restos pudieran ser tóxicos y acabaran amenazando la vida del lugar.

Cuando llegó la hora se dirigió decidido hacia la parte en la que mantenían detenida a Mara. No sabía qué esperar al re-encontrarse con ella, pero su deber como cristiano era escuchar su versión de los hechos, y si ella así lo deseaba, escuchar su confesión y tratar de darle algo de paz a su alma.

Los soldados le vieron acercarse desde lo lejos. Y no le perdieron de vista. Justo antes de que entrara en el recinto un soldado se le unió. Se trataba de uno de los soldados que les había recibido hacía una semana, el que conocía a Mara.

-Buenos días padre –dijo el soldado a modo de saludo-, espero que se acuerde de mí. Nos vimos cuando llegó a la base. Soldado José Ortiz.

El sacerdote asintió con la cabeza.

-¿Qué puedo hacer por ti hijo mío?

Ortiz le indicó al sacerdote que parara un momento fuera del alcance de los centinelas.

-Me he enterado que va a ver a la capitana, y me preguntaba si… bueno… podría acompañarle.

-¿Hay algún problema para que no puedas ir tú solo a verla? –preguntó con cierta curiosidad el sacerdote.

-El sargento ha prohibido que la prisionera tenga contacto con nadie –respondió el soldado-. Él mismo se encarga de llevarle la comida. Todo esto es muy raro. Y cuando escuché que le habían dado permiso… bueno…

El padre Xavier miró al cielo, que no tenía ninguna nube, mientras pensaba en lo que hacer. Lo cierto era que no quería estar a malas con el sargento, y seguro que se enteraría que había entrado acompañado… pero por otro lado… el comportamiento del sargento no había sido humanitario precisamente.

-Acompáñeme, ya se me ocurrirá alguna explicación que dar sobre su presencia –dijo finalmente el sacerdote mientras reanudaba la marcha.