Jornada 11. El final del principio III (XI)


-Pero capitana –comenzó a quejarse Ortiz.

-No hay peros –le interrumpió Mara- ¿Qué les pasará a las personas que están aquí si vuelven los zombies? ¿Quiere dejarles a su merced? ¿Qué clase de personas seriamos?

-Entonces, ¿tomará el mando de la base? –preguntó con cierta esperanza en su voz Ortiz.

-Eso sería una locura –respondió Mara-, sería poner una diana a la base. No, no puedo quedarme aquí y poner en peligro a la gente que vive aquí. Creo que cuando el sargento desaparezca esta base ganará mucho y no tendrá más problemas.

-¿Y si viene alguien preguntando por él?

-Murió a manos de los zombies durante una patrulla rutinaria –dijo sombríamente Mara mientras miraba al sargento que le devolvía la mirada con cierto terror-, así nadie le buscará y creerán que está muerto realmente.

Poco después el sargento era arrastrado fuera de las celdas y a un edificio que servía de garaje para la base que en esos momentos se encontraba desierto. Por el camino nadie les prestó mucha atención, dado que era frecuente el ver a soldados cargar con todo tipo de cosas, y nadie conocía a Mara, por lo que las únicas interrupciones que sufrieron fueron las de algunas personas que se cruzaron saludando al sacerdote.

Cuando entraron en el garaje Sam señaló varios vehículos.

-Vehículos propulsados por un motor híbrido, cortesía de mi jefe; silenciosos, potentes, y casi no requieren gasolina gracias a sus cargadores solares y de recuperación de energía.

-¿Únicos en el mundo? –preguntó con cierta curiosidad Mara.

-Prototipos, los japoneses están todavía una década por detrás de conseguirlos –dijo Sam orgullosa–. Mi jefe es… era un genio.

-Bien, hay que cargar uno de los vehículos rápidamente –dijo Mara con voz autoritaria-. No hay que correr riesgos y arriesgarnos más de la cuenta.

Mientras los soldados comenzaban a moverse el padre Xavier se llevó aparte a Mara.

-¿Realmente tienes intención de torturar a ese hombre y provocarle… dolor? –preguntó en voz baja el sacerdote.

-Ellos han hecho cosas peores –contestó irritada Mara-. Han matado a miles de personas sin miramientos. Y mire lo que le hicieron a esta base simplemente para poder matarme. No se detendrán ante nada salvo que les paremos. Y si para eso debo acabar en el infierno, sea pues. No creo que haya mejor excusa que la vida de otros para sacrificar la de uno mismo.

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