Jornada 11. El final del principio III (II)


El padre Xavier se encontraba disfrutando de la comida en el comedor central de la base militar. En la semana que llevaba ahí se había convertido en una especie de celebridad. Entre que había llegado después del ataque zombie, que era un sacerdote que, según había contado, iba por las ciudades matando zombies, y que había llegado con la infame Mara Grumpy, la destructora de ciudades, la gente estaba encantada de escuchar sus historias.

Por norma general, tanto los militares como los civiles no tenían muy buenas palabras para los religiosos, pero parecía que él era una excepción dado que había decidido mancharse las manos.

Por lo que había escuchado las cosas no pintaban bien para Mara. Y todavía no había podido hablar con ella desde que la habían encarcelado. Había insistido vehementemente pero el sargento Rock se había negado en todo momento. Pero, finalmente, aquella mañana había obtenido permiso para visitarla por la tarde, después de la comida.

Estaba impaciente por escuchar su versión de la historia. Había pasado poco tiempo con ella, pero le costaba imaginar que un ser humano fuera capaz de hacer las cosas que decían que ella había realizado.

Acabó la comida y fue a dar una vuelta para hacer tiempo. Dentro de la base ya no quedaba rastro de los zombies invasores. Fuera, todavía quedaban trozos de zombies que iban siendo recogidos con carretillas y palas y llevados a uno de los enormes fosos que se habían realizado para quemar los restos de los no-muertos. Enterrarlos no era una opción, dado que existía la posibilidad de que sus restos pudieran ser tóxicos y acabaran amenazando la vida del lugar.

Cuando llegó la hora se dirigió decidido hacia la parte en la que mantenían detenida a Mara. No sabía qué esperar al re-encontrarse con ella, pero su deber como cristiano era escuchar su versión de los hechos, y si ella así lo deseaba, escuchar su confesión y tratar de darle algo de paz a su alma.

Los soldados le vieron acercarse desde lo lejos. Y no le perdieron de vista. Justo antes de que entrara en el recinto un soldado se le unió. Se trataba de uno de los soldados que les había recibido hacía una semana, el que conocía a Mara.

-Buenos días padre –dijo el soldado a modo de saludo-, espero que se acuerde de mí. Nos vimos cuando llegó a la base. Soldado José Ortiz.

El sacerdote asintió con la cabeza.

-¿Qué puedo hacer por ti hijo mío?

Ortiz le indicó al sacerdote que parara un momento fuera del alcance de los centinelas.

-Me he enterado que va a ver a la capitana, y me preguntaba si… bueno… podría acompañarle.

-¿Hay algún problema para que no puedas ir tú solo a verla? –preguntó con cierta curiosidad el sacerdote.

-El sargento ha prohibido que la prisionera tenga contacto con nadie –respondió el soldado-. Él mismo se encarga de llevarle la comida. Todo esto es muy raro. Y cuando escuché que le habían dado permiso… bueno…

El padre Xavier miró al cielo, que no tenía ninguna nube, mientras pensaba en lo que hacer. Lo cierto era que no quería estar a malas con el sargento, y seguro que se enteraría que había entrado acompañado… pero por otro lado… el comportamiento del sargento no había sido humanitario precisamente.

-Acompáñeme, ya se me ocurrirá alguna explicación que dar sobre su presencia –dijo finalmente el sacerdote mientras reanudaba la marcha.