Jornada 10. El final del principio II (X)


Todos permanecieron en silencio viendo aproximarse a la masa de no-muertos que no parecía tener fin. El general activó su walkie.

-Disparad los morteros.

Unos segundos después el grupo se había alejado de la puerta y los morteros habían comenzado a disparar. Los soldados en lo alto de los tejados iban dejando caer los proyectiles en los largos tubos que los escupían a continuación para que formaran una parábola que acababa en medio de la maraña de atacantes que cada vez estaban más cerca de las verjas de la base.

Al igual que con las minas los proyectiles de los morteros causaron estragos entre las filas de zombies que veían volar no-muertos a su alrededor. La masacre era tremenda, y los proyectiles provocaban que los trozos de muertos vivientes volaran por todas partes. Pero a pesar de todo nada parecía detenerles. Por cada monstruo que los proyectiles destrozaban otro cubría su hueco. Parecían imparables.

Henry se preguntaba cuántos cuerpos habrían destrozado o inutilizado.

¿Cientos? ¿Miles? Y a pesar de todo no parecían acabarse nunca. Y, como el general había dicho, no parecían cansarse, ni ser conscientes de sus pérdidas. Continuaban avanzando a pesar de las explosiones, a pesar de los cuerpos destrozados. Les daba igual. No parecía que nada pudiera pararles.

Jornada 10. El final del principio II (IX)


Mientras la nube blanca se iba extendiendo se escucharon un par de explosiones más. Las cargas del resto de los tanques habían sido detonadas y la humareda se fue extendiendo cada vez más. Las personas que había en la entrada aguantaron el aliento.

Fue en ese momento en el que Henry se dio cuenta de algo. El ruido de las pisadas. Con toda la excitación del momento, y las posteriores explosiones no había prestado atención, pero se escuchaba un ruido continuo de pisadas, TUM, TUM, TUM, como si fueran en procesión, incluso le pareció sentir el suelo temblar un poco. El ruido en realidad era una mezcla entre pisadas y pies arrastrándose, y cada vez era más grande.

Y de la humareda blanca comenzaron a salir muertos vivientes, a algunos se les había congelado parte de la cara, y ahora se les estaba cayendo a cada paso que daban, a otros las manos, brazos, o el torso, pero seguían caminando a pesar de todo. Un espectáculo espeluznante.

Finalmente el humo se disipó. Henry pudo ver que su idea había causado estragos en las filas zombies, decenas de zombies habían visto sus extremidades inferiores congeladas y pegadas al suelo y, a pesar de todo, habían intentado seguir caminando con la consiguiente separación de las extremidades y su posterior caída al suelo. Los caídos habían sido pisoteados de nuevo por otros zombies y los huecos, esta vez más grandes que se habían formado se habían vuelto a cerrar.