Jornada 9. El final del principio (XXIV)


Al principio fue como un pinchazo. Una aguja clavada en el brazo. Pero luego ese pinchazo comenzó a quemar y por el agujero formado empezó a brotar sangre.

Un segundo pinchazo. Un segundo impacto. En el muslo. Eso hizo que la carrera de Mara se parara en seco y cayera al suelo. Durante unos segundos se quedó ahí quieta, como si estuviera en shock, pero enseguida recuperó la compostura y buscó refugio en el quicio de un portal. Justo a tiempo dado que un par de balas alcanzaron el lugar donde había estado unos segundos antes. Ahora manchado de sangre.

Lo primero era lo primero. Se tragó el dolor en el brazo y buscó con la mirada y su fusil al tirador o tiradores. En una azotea cercana vio a alguien disparándole a ella directamente. Apuntó con su fusil y disparó un par de veces. No consiguió darle. Pero sí que se agachara y le permitiera buscar refugio.

Tuvo unos segundos. Sacó rápidamente el botiquín de su mochila mientras se escondía dentro del portal. Tener un brazo herido no ayudaba precisamente. Y el dolor de las heridas tampoco. Sacó una jeringuilla y se la inyectó, el dolor fue cesando poco a poco. Gracias a Dios por las drogas, pensó sonriendo y recordando al padre Xavier.
Luego sacó unas cuantas gasas para tratar de parar las hemorragias que tenía.

Miró rápidamente para comprobar que el tirador seguía escondido.

Apuntó con su rifle y esperó unos segundos. Al verle aparecer disparó de nuevo y acabó con él. Un problema menos. Pero quedaban sus compañeros que seguramente estarían ahora planeando cómo cogerla.

Utilizó ese tiempo para coger el frasco de alcohol que llevaba en el botiquín y comenzó a rociar el líquido por sus heridas. El dolor, a pesar de las drogas, era intensísimo. Escocía de una manera increíble.

Pero al menos consiguió que las heridas estuvieran limpias antes de aplicarles directamente las gasas y sujetarlas con esparadrapo. No tenía tiempo para preocuparse por la bala que se le había quedado en el muslo. La del brazo había entrado y salido, pero la otra… a saber dónde estaría. Y eso la hacía peligrosa.

Miró al interior del edificio en el que se había refugiado. ¿Habría zombies? Si tenía que fiarse de la palabra de sus cazadores, ya habían limpiado la zona, ¿pero se referirían sólo a las calles o también a los edificios? Claramente tenían gente en las azoteas pero… tampoco es que le quedaran muchas opciones. Miró de nuevo a la calle. El humo formado por el coche empezaba a desaparecer y podía ver movimiento en las calles. Pero nada claro a lo que poder disparar.

Seguramente sabían dónde estaba. Y no podía salir corriendo por la herida de la pierna, cuanto menos la usara mejor. No le quedaba más remedio. Debía hacerse fuerte en ese edificio. Y tratar de sobrevivir.

Jornada 9. El final del principio (XXIII)


Las primeras balas encontraron su objetivo, la cabeza y el pecho del jefe. Éste se derrumbó sin saber qué le había golpeado. Mara había pensado que estaban demasiado relajados a pesar de decir tratarla con respeto. El jefe llevaba su casco en la mano, y sin puesto. Y eso le había costado caro.

Volvió a disparar un par de veces a sus compañeros aturdidos pero no tuvo tanta suerte y les acertó en el pecho. Aunque cayeron, como mucho les provocaría quedarse sin aire dado que llevaban chaleco antibalas.

Volvió a rodar para situarse detrás de otro coche justo a tiempo dado que la zona en la que había estado unos segundos antes se llenó de balas que eran disparadas desde varias posiciones.

Enseguida los tiradores modificaron su blanco y comenzaron a disparar contra el coche que cobijaba a Mara que miró a través de otro retrovisor cómo los soldados se recuperaban doloridos en el pecho y se unían a sus compañeros disparando contra ella.

Había confiado en tener un par de minutos de ventaja al matar a su jefe, pero parecía que no había tenido suerte y sus contrincantes eran disciplinados a pesar de no tener a alguien que les diera órdenes.

Pensó en su siguiente movimiento. Necesitaba otra distracción. Se agachó para poder observar la situación desde debajo del coche. Disparó un par de veces a los ¿soldados? ¿mercenarios? que veía, que comenzaban a tratar de rodearla moviéndose por los lados de la calle. No les podía dar en partes vitales, pero sí en las piernas, y por ahora eso bastaría para pararles temporalmente y hacer que tuvieran que pensárselo dos veces.

Dos más cayeron. Miró a su alrededor. Entre ella y sus atacantes había varios coches tanto aparcados como en medio de la calle. Buscó uno volcado y disparó contra el depósito de gasolina del mismo. Un par de disparos y la gasolina que había en el depósito comenzó a caer sobre el asfalto. Otro par de disparos al suelo provocaron diversas chispas que inflamaron el combustible.

El depósito no tardó en explotar y lanzar sus mortales trozos metálicos calientes por todas partes. Además, fruto del fuego y de la temperatura alcanzada comenzó a formarse una humareda provocada por el aceite hirviendo.

Mara aprovechó ese momento para salir de su refugio y comenzar a correr hacia una de las calles que había detrás de ella esperando que la humareda impidiera que la vieran correr al descubierto.

Las balas comenzaron a resonar y esta vez fueron acompañadas por explosiones. Parecía que se habían convencido que no era un juego y comenzaban a usar el lanzagranadas para matarla. Por suerte ella ya no se encontraba en el lugar que estaba recibiendo los impactos.

Notó un fuerte dolor en el costado. ¿Le habrían dado? Movió la mano a la zona dolorida y vio que la tenía manchada de sangre. ¿Cuándo le habían alcanzado? No había notado el impacto. Entonces recordó que era donde tenía la herida que se había hecho en el almacén. Los puntos se habían abierto.

Respiró tranquila mientras corría justo cuando notó un fuerte dolor en el brazo. Ahora sí, una bala le había alcanzado.

Jornada 9. El final del principio (XXII)


Mara observó cómo el padre Xavier se alejaba calle abajo después de que sus perseguidores le dejaran marchar. Al menos se había quitado un problema de encima. Ahora sólo tenía que salir viva de aquel escenario.

Comprobó el cargador de su fusil de asalto, estaba lleno. Aunque no sabía si tendría tiempo suficiente para vaciarlo. Veía a tres personas a través del retrovisor del coche abandonado detrás del que estaba.

Pero seguro que debía haber más. Escondidos. Esperando a que hiciera algo o a que su jefe les diera la orden.

Con el rabillo del ojo vio moverse algo por detrás de un coche a unos quince metros de ella. Cogió la pistola y disparó contra el parabrisas que estalló en mil pedazos repartiéndose por todas partes. Alguien salió de detrás corriendo buscando otro refugio.

-Al menos me podría dar unos minutos para elegir, ¿no cree? No todos los días ha de escoger una cómo va a morir.

A través del retrovisor vio sonreír al que parecía el jefe.

-Aunque no tengo prisa, tampoco me gustaría quedarme aquí a esperar a que vuelvan los zombies.

-Así que es usted el responsable de que se haya vaciado la ciudad de zombies –señaló Mara.

-Me temo que no, he de reconocer que fue una agradable sorpresa ver que apenas habían zombies en la ciudad, y los pocos que había por la zona no eran peligrosos. Bueno, ¿qué será?

-Un minuto, no tenga tanta prisa. ¿No sería tan amable de decirme por qué me quiere ver muerta?

Lo cierto es que no le apetecía morir ahí. Todavía tenía cosas por hacer. Como recordar quién había sido en su vida anterior. A lo mejor el cazador era tan amable de informar a su presa.

-Me temo que no pudo darle esa información. Sólo le puedo decir que ha enfadado a la gente equivocada.

-Pues qué bien –dijo para sí Mara que no veía muchas salidas salvo salir disparando y rezar para que las balas no le dieran.

Lo cierto era que si tenía suerte podía usar los coches como refugio, ir de uno a otro. Pero el peligro estaba en el camino entre ellos. Y los francotiradores. Seguro que había gente en los tejados apuntándola o esperando a que asomara la cabeza.

Respiró hondo. Sólo le quedaba una opción si quería tener alguna posibilidad. Amartilló el fusil, comprobó que había una bala en la recámara y le quitó el seguro al arma poniendo el selector de disparo en tiro a tiro.

Se tumbó en el suelo, giró sobre sí misma quedando entre dos coches tumbada en el suelo, apuntó y comenzó a disparar.

Jornada 9. El final del principio (XXI)


El padre Xavier se volvió a agachar al lado de Mara que no podía ocultar su sorpresa.

-Vaya, esto sí que es una sorpresa –dijo el sacerdote dirigiéndose a su temporal compañera de viaje- ¿Qué has hecho tú para que se tomen tantas molestias en buscarte? ¿A quién has molestado tanto?

-Digamos que… –Mara hizo una pausa-. En realidad es sólo una sospecha, resulta que hace un tiempo el grupo con el que iba descubrió que un recién llegado era un espía, no lo matamos, pero murió a manos de un zombie cuando trataba de escapar, desde entonces he estado rehaciendo nuestros pasos y tratando de descubrir de dónde había salido el espía… y supongo que su grupo ha creído que lo había matado yo… aunque no sé cómo lo ha descubierto, dado que quemamos el cuerpo… o cómo sabían que yo estaría en esta zona…

-Matar a su compañero podría ser una buena causa –respondió el sacerdote pensativo-, aunque no lo tengo del todo claro. ¿Tomarse tantas molestias para vengar a un compañero caído?

-Yo tampoco me lo explico –dijo Mara confusa-. Nadie sabía lo que había pasado salvo los de mi grupo… y si ellos lo saben… eso implicaría que había otro espía en mi grupo. Pero… ¿se ha fijado que no había ningún zombie en esta zona? La han limpiado para emboscarme y no tener que preocuparse de ellos. Todo esto es muy extraño. ¿Cómo podían saberlo?

Entonces miró de forma sospechosa al padre Xavier.

-Entiendo tus sospechas –respondió el sacerdote-, pero te doy mi palabra, si sirve de algo, de que no tengo nada que ver con esto.

Mara observó al sacerdote durante unos segundos. Lo cierto es que le había salvado la vida el día anterior… y podría haberla matado durante la noche, por lo que todo ese despliegue no tenía sentido.

-¿Podrían haberte colocado un localizador? –preguntó el padre Xavier.

-¿Un localizador? –preguntó Mara sin saber de qué estaba hablando el sacerdote.

-Sí, ya sabes, un aparato para poder seguir tus movimientos a distancia –respondió Xavier.

-¿Y qué forma tiene? –Siguió preguntando Mara.

-Puede tener muchas formas –dijo el padre Xavier-. Un botón, una cajetilla de cigarrillos… no sé…

-¿Un teléfono por satélite? –Preguntó Mara tentativamente.

-Creo que esos cacharros tienen un localizador por defecto –respondió el sacerdote.

-Recogí el teléfono por satélite que tenía el espía, pero no funcionaba, requería un código que no sabíamos.

-Pues me parece que ha sido eso lo que les ha guiado hasta ti –señaló el sacerdote-. ¿Qué harás ahora?

-Convencerles para que le dejen marchar vivo y a partir de ahí improvisaré sobre la marcha –respondió sonriendo Mara.

Jornada 9. El final del principio (XX)


El padre Xavier miró con cara apenada a Mara que se encontraba a su lado cobijada detrás de un coche abandonado.

-Lo siento. Creo que me buscan a mí –dijo finalmente a modo de disculpa.

-¿Quién quiere matarle? –preguntó algo sorprendida-. Si es un simple sacerdote, ¿verdad?

-Digamos que la Santa Sede, mis jefes, y yo no nos despedimos amigablemente –respondió el sacerdote- Y creo que decidieron que era demasiado peligroso como para dejarme suelto. Creo que tengo información que les resultaría molesta si se hiciera pública.

-Vaya con la Iglesia –dijo Mara- desde luego que parece un grupo peligroso. ¿Seguro que usted forma parte de ese grupo?

-No todo el mundo es así –respondió el sacerdote a modo de disculpa-. Además, te recuerdo, que al final somos simples hombres, con nuestras carencias y defectos.

-Supongo que tendremos que luchar –señaló Mara mientras comprobaba sus armas. Y miraba por encima de su hombro hacia la fuente de la voz. Al principio no les vio pero a través del retrovisor del coche; moviendo el cristal un poco pudo ver a tres hombres en mitad de la calle que parecían estar esperando. Todos iban pertrechados con chalecos anti-balas, armas pesadas y parecían ser profesionales por cómo se comportaban.

Se preguntaba si habría alguno más en alguna azotea. Al mirar no había observado a nadie, pero tampoco les había visto a ellos antes de que aparecieran. Lo que más le molestaba era no saber cómo había sabido que aquello era una trampa. ¿Un sexto sentido? No era la primera vez que había tenido la sensación de que algo iba mal, pero ¿de dónde salía? Nadie le había sabido responder. Y según Doc era simple suerte y que su cerebro trabajaba más rápido que su cuerpo.

Centró de nuevo su atención en el sacerdote que no había mirado sus armas, ni las había comprobado.

-Debería prepararse Xavier, esa gente parecen profesionales y saben lo que se hacen.

-No, te equivocas –le corrigió el sacerdote-. No pienso dejar que se derrame sangre. Me entregaré. No vamos a luchar.

Mara no salía de su asombro tras escuchar aquellas palabras.

-¿Cómo que se entregará? Seguramente le matarán. –señaló Mara irritada.

-No quiero tener las manos manchadas de sangre –respondió mientras se preparaba para ponerse en píe- Y si es lo que Dios quiere, así sea. No tengo miedo a morir.

-Pero si le he acompañado toda la mañana mientras le volaba las cabezas a los no-muertos –señaló Mara a modo de protesta.

-No es lo mismo. Esas cosas ya están muertas. No puedo quitarle la vida a otro ser humano… vivo.

Dicho eso el padre Xavier se puso en píe con las manos en alto.

-Voy a entregarme, sólo les pido que dejen marchar a mi compañera, no tiene nada que ver con esto.

-¿Quién demonios es usted? –preguntó el que parecía ser el jefe desde lo lejos.

-Soy el padre Xavier –respondió el sacerdote algo confuso-, creo que me buscan a mí.

-No diga tonterías padre, no tenemos negocios con la Iglesia –respondió la voz-. Queremos a su compañera de viaje, y sin más retrasos.

Jornada 9. El final del principio (XIX)


Mara estaba sorprendida por las explicaciones del sacerdote. Le parecía increíble lo que le había contado. Sabía que existía gente avariciosa y cruel, a lo largo de los meses lo había visto, dispuesta a hacer lo que fuera por sobrevivir a costa de los demás. Gente egoísta. Pero esa gente, que se suponía dedicada a sus feligreses, ¿cómo podía ser capaz? Habían hecho un juramento.

Después del descanso continuaron la limpieza de la ciudad. Mientras caminaban de un lado para otro, siguiendo un patrón de búsqueda básico (por calles) llegaron a una rotonda de tres carriles que estaba invadida por coches accidentados tanto en los carriles como en la parte central de la misma.

Mara y el sacerdote caminaron hasta el centro de la rotonda mirando dentro de los coches rotos y destrozados que la asolaban. Pero no había ningún zombie. De pronto un escalofrío recogió la espalda de Mara que se detuvo en seco.

Indicó al sacerdote que se quedara donde estaba.

-¿Qué sucede? ¿Un zombie? –preguntó algo extrañado el padre Xavier ante el comportamiento de su acompañante.

Mara negó con la cabeza. No sabía qué era exactamente. Miro a su alrededor buscando el motivo para su ¿presentimiento? Algo había captado su cerebro que ella no sabía interpretar.

El padre Xavier también miró a su alrededor con curiosidad. Buscando qué era lo que llamaba la atención de Mara, pero no vio nada en las calles adyacentes. Volvió a mirar a Mara esperando encontrar una respuesta.

-Hay algo extraño… -dijo Mara casi en voz baja-, no sé qué es exactamente. Pero hay algo que falla aquí.

Guardó silencio mientras trataba de interpretar qué le estaba intentando su cerebro. Durante el siguiente minuto se quedó quieta.

Mirando a su alrededor. Escuchando los ruidos de las calles.

Pero no veía nada extraño.

-Dígame Xavier –dijo Mara al sacerdote-. ¿Qué ve y qué escucha?

El padre Xavier miró a su alrededor y se encogió de hombros.

-No veo nada fuera de lo normal. Ni escucho nada extraño –le respondió el sacerdote.

Mara le indicó al sacerdote que se agachara detrás de un coche mientras ella hacía lo mismo y miraba a su alrededor. Por todas partes. ¿Una emboscada? Miró a los tejados pero no detectó nada.

-Eso es lo extraño –respondió Mara finalmente-. Una cosa es que apenas encontremos zombies, pero… ¿cuántos hay en las calles adyacentes?

Ninguno. Ni tampoco se les escucha. Es como si los hubieran silenciado.

-Pero eso es bueno, ¿no? –preguntó inocentemente el sacerdote?

-No lo sé. ¿Quién haría algo así en secreto? Alguien que no quiere ser encontrado… -Mara tampoco tenía claro del todo por qué su comportamiento era el que era. Fue entonces cuando escucharon una voz que no les era familiar.

-No esperaba menos de alguien que ha eliminado a un miembro de mi equipo. ¿Se va a rendir sin resistencia o tendremos que ir a matarle?
>>Le prometo que su muerte será rápida e indolora si se rinde. Si no lo hace… bueno… lo único que le puedo asegurar es que no se convertirá en un zombie.

Jornada 9. El final del principio (XVIII)


Acabada la labor de fe como la llamaba Mara, ambos se pusieron en marcha. El sacerdote parecía estar animado, seguramente llevaría mucho tiempo sólo y sin hablar con nadie. Bueno, tampoco es que ella tuviera mucha prisa. No había descubierto nada útil sobre el espía que buscaba y no parecía que fuera a hacerlo.

Durante las siguientes horas Mara observó cómo el sacerdote cumplía con lo que él consideraba su deber, y sistemáticamente disparaba su escopeta sobre cada zombie que veía por las calles, sin importarle el llamar la atención de todos cuantos pudiera haber en los alrededores. Se notaba que tenía experiencia en lo que hacía y que lo llevaba haciendo mucho tiempo. La labor era tediosa, aunque no carente de peligros a pesar de que los pocos zombies que quedaban por las calles eran los considerados más lentos, pero eso no impedía que siguieran siendo peligrosos. Si los subestimabas te encontrabas con sus dientes en tu cuello o sus manos agarrando tus piernas y tumbándote.

Además el sacerdote insistía en entrar en los edificios y locales para limpiarlos. Mara se oponía al principio a la sola idea de entrar en cualquier construcción sólo para matar zombies, pero la cabezonería de Xavier la obligó a acompañarle en su labor de limpieza. El problema era que Mara temía una relajación en sus guardias, dado que en la mayoría de los casos los objetivos eran demasiado sencillos. Los zombies de dentro de los locales eran más difíciles dado que normalmente tenían más sitios para esconderse y no estaban tan desprotegidos como los de la calle, su capacidad de desplazamiento era completa. Y seguramente el único motivo por el que seguían ahí era por no saber salir.

Durante uno de los descansos Mara no pudo evitar preguntar al sacerdote una duda que le corroía desde que le había visto en acción.

-¿Todos los sacerdotes son como usted? –preguntó Mara.

-Me temo que no –dijo sonriendo el padre Xavier-, creo que soy una excepción. Por lo que sé hay para todos los gustos. Algunos se escondieron en sus iglesias con sus feligreses y seguramente murieron ahí dentro; otros simplemente… desaparecieron dejando su puesto y a su rebaño; los hay que creen que esto es una señal divina, el principio del Apocalipsis y que debemos prepararnos para lo peor. Los hay que incluso consideran a estas criaturas como criaturas celestiales y las adoran, creen que son enviados de Dios dado que han resucitado, y sólo la mano de Dios podría llevar a cabo tamaño milagro, o los consideran ángeles…

Mara no se podía creer lo que estaba escuchando.

-¿Ángeles? ¿Enviados celestiales? Hay que estar muy loco para creer cosas así.

-La religión es… -el sacerdote hizo una pausa- confusa. Está llena de interpretaciones. Los hay que sacrifican a sus hijos para ver si eso aplaca la ira de Dios, los que matan a su rebaño para darles la salvación eterna. O los que simplemente son humanos y valoran más su vida que la de los demás. Has de tener en cuenta que el clero, o cualquier persona de cualquier religión, es humano; no tenemos todas las respuestas, y a veces las interpretaciones pueden ser… arbitrarias. Hay gente que ha aprovechado esta tragedia en beneficio propio. Incluso dentro de la Iglesia. Y, me temo, que si alguna vez la humanidad logra vencer y salir adelante… habrá gente que aprovechará la ocasión en beneficio propio.

Jornada 9. El final del principio (XVII)


La mañana amaneció sin nubes en el cielo. Con un suave viento y un olor a humedad por el agua dejada por la lluvia caída. Mara se asomó con precaución a la calle. La población de zombies seguía siendo bastante pobre en comparación con la normal.

Mientras el padre Xavier preparaba su mochila para seguir viaje y su labor en la ciudad, Mara dejó varias marcas en las puertas del almacén y las cerró con llave cuando salieron. Luego puso las llaves en uno de los buzones sin que el sacerdote se diera cuenta.

El padre Xavier le había pedido permiso a Mara para coger alguna caja de cartuchos. Ésta le indicó que podía coger las que quisiera, que no tenía motivo para pedírselo a ella.

-¿Y ahora que hará? –le preguntó Mara al sacerdote.

-Seguiré paseando por las calles y dando el descanso eterno a estos cuerpos sin alma –respondió el sacerdote- ¿y qué planes tienes hija mía?

-¿Puede dejar de usar esa expresión? –le pidió Mara-. Me hace sentir incómoda. Respecto a mis planes… seguiré explorando un poco la ciudad y luego… seguiré mi camino. Voy improvisando sobre la marcha. En teoría tendría que estar en algún otro sitio.

-Entonces podemos seguir nuestros caminos juntos durante un poco más –sugirió el sacerdote-, pero antes… me gustaría dar el descanso eterno al pobre cuerpo que hay en el piso superior.

Mara torció el gesto.

-No sé Xavier –respondió Mara indecisa-, no sabemos lo que hay detrás de esa puerta. Podríamos tener una familia entera… incluyendo niños.

-Más razón –insistió el sacerdote- no podemos dejarles vagar por este mundo de esta manera. Es una crueldad. No es culpa suya lo que les ha pasado.

-Pero ya no están vivos –Mara intentaba poner algo de razón en la cruzada del padre-. Además no creo que puedan atravesar esa puerta y causar algún daño.

El sacerdote parecía tener la idea clara y fija.

-¿De verdad quieres correr el riesgo? –preguntó el padre Xavier-. Mire, si no quiere acompañarme no pasa nada. Lo haré yo solo.

Mara suspiró y murmuró por lo bajo.

-Vamos, antes de que me arrepienta de esta estúpida idea –dijo Mara mientras se dirigía hacia las escaleras.

El padre Xavier sonrió y le acompañó subiendo las escaleras juntos.

-Lo único que siento es no poder asegurarte que Dios nos protege para esta misión.

-Pues qué bien –respondió Mara-, así que no es una misión sancionada por Dios. Creía que ustedes hablaban con él y por él y esas cosas.

-Habladurías –dijo el sacerdote mientras comprobaba su escopeta-, decir que hablamos por Dios es una metáfora. Se supone que somos su representación en la Tierra. Sus mensajeros. Interpretamos las escrituras y sus lecciones. Pero sólo somos humanos… y algunos no se dan cuenta de ello y cometen errores.

Mara comprobó su fusil de asalto y su pistola y ambos se prepararon para atravesar la puerta del piso que contenía a los zombies.

Jornada 9. El final del principio (XVI)


Mientras pasaban por el primer piso Mara volvió a comprobar la puerta.

No se fiaba nada de los zombies y no quería más sorpresas desagradables. La puerta parecía seguir resistiendo y no tenía aspecto de que fuera a ceder fácilmente. Eso no impedía al zombie de dentro seguir aporreando la puerta incansablemente tratando de atravesarla y dar caza a los que había al otro lado de ella.

Finalmente, llegaron a la escalera que llevaba al sótano y cuyo final no se veía de lo oscuro que estaba. Mara no parecía tener muchas ganas de bajar, tenía un mal presentimiento, confirmado poco después al iluminar con las linternas los laterales de la escalera, cuyas paredes estaban adornadas por manchas de sangre. Suspiró y miró al sacerdote que simplemente asintió con la cabeza.

Ambos comenzaron a bajar las escaleras lentamente haciendo bailar el haz de luz de sus linternas de un lado para otro y atentos a lo que pudiera aguardarles en la oscuridad. Poco a poco la luz comenzó a iluminar el final de las escaleras y les empezó a llegar un olor horrible. A muerte y descomposición. Con cada paso que daban el olor se volvía más fuerte y las ganas de avanzar más débiles.

Además no podían ver el interior del sótano dado que la escalera daba a una esquina de la pared. Mara trató de ignorar el fuerte olor y se giró en la entrada al sótano mientras lo iluminaba con la linterna. El espectáculo que descubrió era dantesco. Había diversos cadáveres en diversos estados de descomposición. La mayoría con la cabeza destrozada. Pero lo peor no eran los cadáveres en sí, sino a quién pertenecían. Claramente varias familias se habían reunido ahí tratando de huir de la matanza que debía de estar llevándose a cabo en las calles. Y habían bajado a sus hijos. Había varios cuerpos más pequeños, de varias edades. Algunos todavía estaban abrazados a lo que debía ser su padre o su madre.

A un costado parecían haber restos de provisiones. Latas de comida vacías y garrafas de agua. Mara no podía evitar tratar de descubrir qué habría pasado ahí. ¿Se habrían transformado? ¿Se habrían suicidado todos a la vez? ¿Alguien les había matado?

-¡Santa Madre de Dios! –dijo el padre Xavier al asomarse a la habitación y ver el terrible espectáculo.

A continuación se acercó a los cuerpos y comenzó a entonar una oración en silencio por ellos mientras Mara trataba de dejar de pensar en ello. Sólo eran cuerpos vacíos, se repetía una y otra vez tratando de quitarle hierro al asunto. El sacerdote hizo la señal de la cruz sobre cada uno de los cadáveres e indicó que había acabado. Mara se aseguró que realmente no había ningún zombie o futuro zombie ahí abajo y salió a paso rápido del sótano.

Durante las siguientes horas, mientras la noche caía y seguía lloviendo fuera, tanto Mara como el padre Xavier no volvieron a hablar.

Cenaron en silencio y sólo hablaron para decidir quién hacía la primera guardia.

Los sueños de Mara fueron terribles pesadillas sobre escenarios en aquel sótano.

Jornada 9. El final del principio (XV)


Avanzaron por el rellano del primer piso y subieron lentamente las escaleras que daban hasta el segundo. Cada cierto tiempo el interior era iluminado por la luz de los relámpagos de la tormenta que se estaba formando fuera, y que parecía que no tenía intención de parar.

Al llegar al rellano del segundo piso quedó claro que allí tampoco encontrarían nada vivo. La puerta estaba destrozada y arrancada de su marco. Había diversas marcas de arañazos y golpes a ambos lados.

Mara echó un vistazo rápido al interior de la vivienda. Estaba igualmente destrozada, había muebles volcados, restos secos de sangre por el suelo y las paredes, y lo único que escuchaba era el ruido de la lluvia y de los golpes de la puerta de la planta de abajo. Revisó rápidamente el piso pero no encontró nada. ¿Habrían entrado los zombies? ¿O saqueadores? ¿O ambas cosas? Era difícil de decir. Había fotos enmarcadas en los muebles y por el suelo, incluso alguna parecía haber estado en la pared, pero ahora yacía con el cristal roto en el suelo.

Mara estudió las personas que había en la foto. Parecían una familia feliz. ¿Sería alguno de los componentes el zombie que yacía en el almacén? Era difícil decirlo. El problema de acabar con los zombies era que quedaban irreconocibles. Y aquella no había sido una excepción. Tal vez era mejor así. No pensar que los zombies a los que habían matado habían sido antes personas como ellos, con unas vidas.

-¿Piensas en si uno de ellos era el pobre desgraciado de abajo? –preguntó el padre Xavier rompiendo el silencio-. No pienses en ello, sus almas seguro que están descansando en paz en el cielo. Lo que hemos matado son… simples cascarones… como… una foto. Una fotografía puede representar a una persona, pero no contiene lo que le hace persona. Con estos seres pasa lo mismo. Son una cruel broma de Lucifer.

Mara miró al sacerdote con cierta curiosidad.

-Así que su Dios no tiene nada que ver en todo esto, se lava las manos.

-Hay días en que a mí tampoco me convence mi respuesta, pero… en eso consiste la fe –respondió Xavier señalando el crucifijo que llevaba colgado del cuello-, en tener la esperanza de que todo tiene un propósito.

Durante unos segundos, Mara pareció tener la intención de contestar al sacerdote, pero finalmente simplemente le hizo un gesto para que continuaran la exploración. Se dirigieron hacia el tercer piso. Subieron las escaleras, de nuevo lentamente, y Mara asomó la cabeza. El tercer piso… no estaba. Parecía haber habido un pequeño incendio o algo, pero lo que fuera que había pasado sólo había dejado el suelo intacto y algunos pilares y paredes en píe. Mara miró al sacerdote preguntándole con la mirada si tenía alguna teoría.

El padre Xavier pareció entender la pregunta y negó con la cabeza mientras ambos se mojaban bajo la lluvia. Mara aprovechó para mirar el exterior. Seguía sin ver demasiados zombies. Sólo quedaban unos pocos por las calles. Y no parecían estar molestos con el agua que les caía encima. Mara decidió que ya era suficiente e indicó al sacerdote que volvieran a bajar. Todavía quedaba el sótano.