Jornada 10. El final del principio II (VII)


El general Smith había retrasado los jeeps hasta estar bastante alejados de la entrada, los morteros no se caracterizaban especialmente por ser precisos y no era cuestión de perder soldados por alguna explosión perdida.

A medida que avanzaba la mañana los nervios se iban apoderando de la gente que habitaba el cuartel. Los soldados parecían tan nerviosos como ansiosos. Por un lado tenían los nervios naturales de antes de entrar en combate, por el otro estaban los sentimientos de venganza por los compañeros caídos. Y también tenían miedo, no sólo porque se enfrentaban contra un enemigo en número muy superior a ellos, sino por la naturaleza del enemigo, que no tenía nada que ver con lo que les habían entrenado.

A lo largo de la parte exterior de la base se había ido sembrando el terreno con minas, y más cerca de las vallas se habían dejado los tanques de nitrógeno líquido. El resultado de todo eso no se sabría cual sería hasta ponerlo en acción. Pero con suerte disminuiría el número de enemigos.

El general suspiró cuando le anunciaron que en breve tendrían a los zombies cerca. Y no se tardó mucho en verles. Una marea de no-muertos comenzó a aparecer en el horizonte, lentamente, con movimientos torpes. Se escucharon algunos gritos apagados al ver cómo el número de los mismos iba en aumento y cómo la línea del horizonte se llenaba de zombies.

Ni siquiera el general pudo evitar sentir algo de miedo. Miró a Henry fijamente; el ingeniero le devolvió la mirada sintiendo el mismo terror. Eran demasiados. Sólo un milagro permitiría que al final de ese combate sobrevivieran.

El general dio las primeras órdenes y Henry se giró para comprobar que los grupos de civiles se habían situado también en las ventanas y tejados listos para disparar en cuanto tuvieran a los zombies a tiro.

Pero… ¿serviría de algo?

Henry vio al general acercarse a los jeeps y estudiar a los soldados.
-Me temo que no puedo asegurar la victoria en esta batalla –dijo-. Ni siquiera que salgamos vivos. Conocemos al enemigo. No toma prisioneros, no sabe lo que es la piedad o la compasión y no se cansa, ni necesita comer ni dormir.

Un discurso bastante agorero, pensó Henry.

-Ya os habéis enfrentado a ellos –continuó el general-, hemos tratado de limpiar las calles poco a poco para recuperar las ciudades. Sabemos cómo matarlos, tenemos balas, y tenemos coraje e inteligencia. Delante nuestra no tenemos personas, seres humanos, ni siquiera están vivos.
>>Os he enseñado cómo matarlos. Ahora espero que me mostréis qué habéis aprendido a lo largo de este tiempo. Y recordad, si nosotros fallamos, no quedará nadie para defender a los refugiados. Y eso sería una deshonra.

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