Jornada 9. El final del principio (XXV)


La luz que entraba por el portal del edificio iluminaba todo el zaguán. Al menos no saldría ningún zombie de la oscuridad. O eso esperaba. Pero… ¿Dónde ir? ¿Hacia arriba? ¿Buscar otra salida? ¿Hacia abajo? Siempre podía salir volando por el hueco de las escaleras… pero le cansaba tanto volar…

¿Volar? ¿Qué demonios…? Mara sacudió la cabeza, su cabeza comenzaba a jugarle malas pasadas. No tenía mucho tiempo. Decidió subir por las escaleras, usando sólo la pierna sana. Dando saltos entre escalón y escalón y apoyando el brazo en la barandilla.

Llegó al primer piso. Había dos puertas rotas. Seguramente los ¿mercenarios? Realmente habían asegurado la zona dado que parecían haber sido abiertas con el uso de la fuerza. ¿Debía preparar aquí la emboscada? De alguna manera sabía que sus perseguidores revisarían todo el edificio, y que los primeros pisos los revisarían con más cuidado mientras que los últimos lo harían con más tensión… ¿qué hacer?

Mientras debatía qué hacer comenzó a pensar en lo bien que estaría darse una ducha. Seguramente en alguno de esas casas habría una ducha, o una bañera. Ah, una bañera, un baño de espuma, burbujas y sales.

Definitivamente eso era lo que tenía que hacer, relajarse en la bañera y pensar en su problema mientras chapoteaba en el agua.

Un ruido en la parte de abajo le hizo salir de sus ensoñaciones y se dio cuenta que su cabeza se había vuelto a ir a otra parte. Tenía que concentrarse. Entró en uno de los pisos decidida. Todo lo decidida que podía a la pata coja y tratando de no hacer ruido.

Miró con curiosidad el rastro de sangre que iba dejando y pensó aliviada que así encontraría la salida y no podría perderse si decidía volver a salir. De esa manera sabría dónde estaría la puerta. Vaya, que suerte había tenido de ir sangrando.

Entró en lo que una vez fue un salón, estaba bastante destrozado. La cristalera estaba abierta y las hojas de los árboles y el agua de la lluvia habían dejado todo en un estado lamentable. Seguro que algún animal vivía ahí. Observó con atención una jaula que había al lado de la cristalera. Se acercó a ella. Qué mala gente debía ser la que vivía en esa casa. Habían dejado sin comida al pobre pájaro que había en la jaula. Seguramente durmiendo. Qué plácidamente lo hacía. Tal vez debería seguir su ejemplo, buscar el dormitorio y dormir un rato.

Seguro que cuando se levantara se encontraría mejor.

Escuchó ruidos en la entrada del piso. Saqueadores. Seguro que buscaban sus tesoros. O su cama. Debía defenderse. Vaya, que suerte, tenía un arma… comenzó a disparar contra el origen de los ruidos.

Repetidamente. Así aprenderían los saqueadores a meterse en casas ajenas.

El fusil dejó de disparar. Debía de estar cansado. Como ella. Decidió que los saqueadores no eran importantes y se tiró sobre el sofá cerrando los ojos. Seguro que todo se arreglaba mágicamente.

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