Jornada 8. El fin de los días IV (XXVII). Ello


El padre Xavier observaba desde la ventana los zombies que parecían pasear por las calles como si fueran unos monstruos sino unos peatones confundidos. Iban caminando lentamente, sin rumbo fijo. Y sin mirar de un lado para otro salvo cuando se producía algún ruido, entonces giraban su cabeza rápidamente esperando encontrar a un ser vivo del que obtener ¿comida?

Antes de salir del país, el sacerdote había pasado buscando refugio por casa de un antiguo amigo, o lo más parecido a un amigo que tenía en el país. Le había advertido mínimamente sobre el peligro que se avecinaba y le había aconsejado que cogiera a su hermana y a la familia de ésta y se refugiaran en una cabaña que tenían en las montañas cerca de un lago, con suficiente comida para aguantar durante un tiempo muy largo. Después de eso y de conseguir no ser detenido, se había dedicado a ir de un lado para otro sin rumbo fijo limpiando la faz de la tierra de esas criaturas infernales.

Y ahora se encontraba en esa ciudad. Había llegado hacía una semana y se había dedicado a buscar provisiones, munición y un refugio desde el que poder observar a esas criaturas del averno, y descansar cuando no estaba haciendo la obra de Dios. Aunque viendo el número de estos se preguntaba si realmente estaba haciendo la obra de Dios o si más bien la plaga que se había desatado sobre el mundo era un castigo divino.

Había días en los que su fe se debilitaba. Pero entonces recordaba el amor de Dios por los seres humanos hasta el punto de mandar a su hijo para salvarles… y sabía en ese momento que Dios no había mandado a estas criaturas. El suyo no era un Dios vengativo, sino bondadoso.

Además, si quería eliminar a los seres humanos no necesitaba hacerlo de una manera tan cruel.

Aunque lo cierto era que estaba cansado. Matar a aquellas criaturas era una labor tediosa y peligrosa. Parecían no acabarse nunca. Y, aunque confiaba en su Señor, lo cierto era que existía la posibilidad de acabar como ellos. Y eso le aterraba. Sabía que al convertirse por su mano moriría gente si los encontraba. Y eso era algo que no estaba dispuesto a permitir. Metió la mano en un bolsillo y acarició la bala que llevaba en ella. Su destino si las cosas no salían bien.

Subió a la azotea y pasó entre varios edificios antes de encontrar un sitio que parecía tranquilo y por el que podría bajar a la calle sin problemas. Una vez en la misma salió a la calle principal, los zombies no tardaron en detectar su presencia. Y el padre Xavier reanudó la tarea para la que Dios parecía haberle elegido. Darle el descanso eterno a esos pobres cuerpos que habían sido desecrados.

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