Jornada 8. El fin de los días IV (XXII). Ello


El padre Xavier siguió con la mirada el coche que se acercaba hasta parar frente a ellos. Su escolta le indicó que subiera atrás con él.

El coche se puso en marcha saliendo de la ciudad del Vaticano y comenzando a recorrer las congestionadas calles de Roma. Nadie parecía tener ganas de hablar dentro del coche y el sacerdote se conformó con mirar cómo paseaba la gente por la calle mientras seguía repasando lo que había ido pasando.

Nadie en el exterior parecía ser consciente de lo que implicaba la vuelta a la no-vida del Papa. Todos paseaban siguiendo con sus vidas diarias. Sí, seguramente tendrían curiosidad por lo que ellos considerarían un milagro, pero que podía bien ser el comienzo del Apocalipsis.

Aunque tal vez ese Apocalipsis arreglara los problemas de tráfico de Roma. El coche permanecía más tiempo parado que en marcha y parecía que iban a pasarse medio día en el mismo antes de llegar al aeropuerto. El teléfono del coche sonó y todos parecieron sorprenderse. El escolta cogió el teléfono y habló durante unos segundos. Luego le tendió el teléfono al sacerdote.

-Es para usted padre.

Xavier miró sorprendido el teléfono y lo cogió. Una voz que no reconocía comenzó a hablar.

-Antes de nada, si aprecia su vida y la mía no muestre sorpresa ni reacción alguna ante lo que le tengo que decir. Escuche con atención y no repita nada de lo que yo le diga.

-De acuerdo –respondió neutramente el sacerdote.

-El camarlengo tiene planes… grandes planes… nos ha reunido a un grupo de nosotros para contárnoslos. Quiere usar la resurrección del Santo Padre para reforzar la cristiandad, y además pretende salvar sólo a los más ricos y poderosos para poder usarlos.

El padre Xavier estuvo a punto de decir algo pero se mordió la lengua recordando lo que le había advertido.

-Entiendo, siga –dijo simplemente como respuesta.

-No piensa advertir de la amenaza en sí. No piensa informar de que el Santo Padre es un… bueno, que no ha resucitado realmente. Pretende usarlo en beneficio propio. No ha entrado en detalles, pero dudo que, sabiendo como sabe usted la verdad, le deje tranquilo. No estoy de acuerdo con algunas de sus afirmaciones padre, son demasiado drásticas, pero no le deseo ningún mal. Y la actuación del camarlengo está siendo… vergonzosa.

-Comprendo, le daré el mensaje al gobierno africano –respondió el padre Xavier a modo de excusa para justiciar la llamada.

-Vaya con Dios, y tenga cuidado –dijo a modo de despedida la voz.

El padre Xavier colgó. El escolta le miraba con cierto recelo.

-Asuntos políticos –respondió el sacerdote- el mejor modo de que la iglesia se comunique con algunos funcionarios de forma discreta es a través de sacerdotes como yo. Mensajeros de Cristo.

El escolta pareció darse por satisfecho. Y el padre Xavier volvió su vista de nuevo a las calles llenas de gente. ¿Qué le tendría preparado el camarlengo?

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