Jornada 8. El fin de los días IV (XXI). Ello


El padre Xavier se encontraba esperando en la entrada del edificio. A unos metros estaba el guardia suiza que parecía iba a ser su escolta. Se encontraba fumando un cigarrillo mientras esperaban al coche que les llevaría al aeropuerto.

Lo cierto es que todo este viaje había sido algo… extraño. El camarlengo no había sido nunca un gran fan de su trabajo, y mucho menos de sus ideas innovadoras y aperturistas. Había chocado contra gran parte del clero que seguía viviendo en un mundo fantástico alejado de la realidad y de la sociedad que se suponía que tenían que guiar. ¿Pero cómo querían hacerlo si estaban encerrados en sus torres de marfil añorando los buenos viejos tiempos?

Esos pensamientos le habían llevado a acabar su carrera en el continente africano como misionero. Lo cual, al contrario de lo que seguramente esperaban, no le había importando, siempre había tenido en cuenta que Dios era omnipotente y estaba en todas partes. Así que el continente africano era tan buen lugar como otro cualquiera para estar hablando de Dios e intentar ayudar a otros a descubrirlo.

Pero este viaje de vuelta… y su rápido regreso de nuevo… Seguramente estar tanto tiempo rodeado de señores de la guerra y gente que no apreciaba su color de piel o su misión le había hecho ser un poco paranoico, pero no entendía nada. ¿Para qué le habían llamado? ¿Para certificar algo que el camarlengo decía ya saber? ¿Para así recordarle quién mandaba? ¿Una prueba? Se hacía todas estas preguntas mientras miraba al cielo buscando una señal. Lo único que vio fue la estela de un avión comercial que se dirigía a algún sitio.

De vez en cuando su escolta le dirigía una mirada rápida. Como para asegurarse de que seguía estando ahí. ¿Dónde más iba a estar? ¿Y por qué no paraba de vigilarle? La seguía dando vueltas a su extraña reunión. El Santo Padre era un zombie. ¿Una ironía de la situación actual de la Iglesia? Sonrió ante la idea a la vez que se asustaba ante lo que parecía avecinarse. Y las palabras del camarlengo no le habían tranquilizado. Si conocía algo bien al viejo zorro sabía que tenía algo entre manos. ¿Pero el qué?

Repasó mentalmente una vez más lo que había pasado desde que había recibido la orden de regreso. No sabía ni cómo le habían encontrado. Estaba visitando una pequeña aldea cercana a otra que había sido arrasada y de la que no quedaba rastro alguno salvo una enorme mancha negra. Nadie parecía saber nada sobre el tema. O tenían miedo de ser los siguientes en desaparecer sin dejar rastro. Estaba hablando con uno de los jefes de la tribu cuando un jeep apareció casi sin avisar y un hombre negro fornido le había indicado que tenía que acompañarle hasta un claro cercano. Ahí le esperaba un helicóptero que le transportó a un aeropuerto. Su sorpresa fue grande al ver el símbolo del Vaticano en el avión que le estaba esperando. Nadie le dijo nada, nadie se molestó en dirigirle la palabra para darle alguna explicación. En unas horas estaba de vuelta en Roma delante del cadáver no-muerto del Santo Padre.

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