Jornada 8. El fin de los días IV (XVI). Ello


Mientras en la Santa Sede la actividad era frenética, en el despacho del camarlengo las cosas se habían tranquilizado un poco. Habían comenzado los preparativos para el ¿asedio? Se estaban preparando distintas zonas del Vaticano para poder criar animales como pollos y gallinas, vacas y cerdos, y cultivar fruta y verdura. Y diversas zonas se habían reservado para posibles refugiados. Y para los soldados, por supuesto. Sería un arca de Noé moderna. Era posible que incluso se tuviera que añadir un capítulo a la Biblia narrando los sucesos que estaban ocurriendo.

El cardenal Filippi acababa de terminar el comunicado que iba a leer ante la prensa internacional con los motivos por los que había regresado el Santo Padre, anunciar el Apocalipsis. Y ahora se encontraba preparando la reunión que debía tener con el resto de cardenales. Era una reunión importante, aunque… lo cierto es que sus planes se habían puesto en marcha, y la confirmación del apoyo del resto de cardenales era un mero formalismo. Ya nada podía parar la bola de nieve que había puesto en marcha. Para bien o para mal.

De vez en cuando pensaba en el padre Xavier. ¿Sería un peligro para sus planes? Le había pedido ayuda al Presidente de la República para capturarle. La excusa que darían a las fuerzas de seguridad era sencilla, se trataba de un estafador que se hacía pasar por sacerdote para sacar dinero a sus víctimas. Una vez fuera capturado sería entregado a la Santa Sede.

Debía tener cuidado también con lo que diría en la reunión con los cardenales. No podía mostrarse poderoso, sino humilde, dar muestra de que hablaba en nombre del Señor y que todo era parte de los planes divinos. Sabía que habría cardenales que se opondrían a sus planes. La Iglesia no estaba precisamente exenta de luchas de poder. Pero más o menos tenía una lista mental de quienes le apoyarían, quienes estarían en contra de sus planes y quienes tendrían dudas hasta el último momento. Era a ellos a los que debía dirigir su mensaje. Señalar coherentemente la necesidad de llevarlo a cabo.

Su ayudante le trajo comida. No recordaba la última vez que había comido o dormido, aparte de los aperitivos de la reunión anterior. Su cuerpo se estaba alimentando de la adrenalina del momento. Reviso sus notas mientras comía. Parecía que todo estaba en orden.

Miró el reloj. Todavía quedaban unas horas para la reunión. Decidió tumbarse en el sillón para descansar un rato y recuperar fuerzas. Indicó a su ayudante que le avisara media hora antes de la reunión. Creía que no podría dormir. Pero en cuanto se tumbó perdió el sentido.

Unas horas después se había aseado y se dirigía hacia la sala de reuniones que se había habilitado para poder tener a todos los cardenales en el mismo sitio. Tanto físicamente como por comunicación vía televisión. Nada más entrar todas las miradas se dirigieron hacia él. Había expectación ante lo que tenía que anunciar. Y era natural. No todos los días se daba a conocer los planes para una nueva cruzada.

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