Jornada 8. El fin de los días IV (XV). Ello


¿Cómo? –El presidente de la República no podía ocultar su sorpresa ante la petición que le acababa de hacer el camarlengo-. Creía que simplemente querría venir con nosotros.

El camarlengo se puso en pie.

-Por supuesto que no, no sea ridículo –dijo sonriendo amablemente-. Como sabrá la ciudad del Vaticano es casi una fortaleza. ¿Aguantar contra un ejército? Por supuesto que no podríamos resistir. Pero contra… zombies, nuestras murallas son lo suficientemente altas. Nuestras puertas lo suficientemente macizas. Aguantaríamos sin problemas.

-¿Quiere quedarse y defender la ciudad del Vaticano? –dijo el político más sorprendido todavía-. Eso es una locura.

Por supuesto que no –dijo con una sonrisa condescendiente el camarlengo-. He estado hablando con el jefe de seguridad. No tenemos suficientes Guardias Suizos para defender y patrullar toda la ciudad por eso necesitamos más efectivos. Para proteger la Santa Sede.

-¿Y qué quiere conseguir con eso?

-Vamos a ser el faro de la fe en la Tierra en sus tiempos más oscuros. Seremos un refugio. Un sitio de esperanza. Y cuando todo esto acabe… todo el mundo recordará que resistimos en los momentos más difíciles. Saldremos reforzados.

El político se quedó en silencio. Pensativo. No sabía si estaba delante de un genio o de un loco. Aunque… podía ver lo que estaba buscando el camarlengo. Y si le salía bien… acumularía un poder que no había tenido la Iglesia… nunca. Era cierto que antes la Iglesia había tenido poder… pero no al nivel mundial que ansiaba el religioso… y que podía obtener.

-¿Qué obtendré yo a cambio? –preguntó el político. Desde luego, no sería un problema destinar tropas a la ciudad del Vaticano, seguramente incluso tendría voluntarios suficientes, pero si el plan tenía éxito quería obtener una parte de ese éxito.

-El apoyo de la Iglesia cuando la sociedad se recupere. Tiene mi palabra.

El apoyo de la Iglesia… sabía que eso ahora no era realmente mucho, pero en el futuro… si el plan que parecía tener el camarlengo tenía éxito él estaría del lado de los ganadores. Lo que no le gustaba era pensar que sería el perro faldero de la Iglesia, pero si no le gustaba siempre podía dejarlo. Y aunque no tuviera éxito, siempre quedaría en el recuerdo el apoyo que iba a prestar al Vaticano. Era algo a tener en cuenta.

Guardó silencio durante unos minutos. Tenía clara su decisión. Pero no era cuestión de parecer ansioso o impaciente. Había jugado el suficiente tiempo en el juego de la política para saber que un silencio a veces era tan importante como un discurso. Y tampoco se quería hacer de rogar. Seguramente el camarlengo tendría algún plan alternativo.

-¿Podré disponer de los soldados sin problemas si los necesito? –preguntó el presidente-. Quiero decir, para que me manden informes, exploren las zonas, y cuando llegue el momento recuperen la ciudad.

-Por supuesto –respondió el camarlengo-, seguirán estando bajo sus órdenes finales. Sólo le pido que los ponga bajo las órdenes del jefe de la Guardia Suiza, y le prometo que éste obedecerá todas sus órdenes sin discusión alguna. Siempre que no implique poner en peligro esta Santa Sede.

-Entonces creo que tenemos un trato –dijo el presidente de la República poniéndose en píe y dándole la mano al camarlengo en señal de que acababan de cerrar un negocio beneficioso para ambos.

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