Jornada 8. El fin de los días IV (XIII). Ello


El presidente de la República parecía estar incómodo sentado en el sillón al lado del camarlengo. No paraba de re-ajustar su posición. Ese comportamiento llamó la atención del cardenal, aunque supuso que era debido a los nervios del momento.

-¿Sucede algo? –Le preguntó finalmente. Tal vez el problema era más terrenal y menos mental.

-No –negó con la cabeza el político-, bueno… perdone que le interrumpa, ¿es cierto lo que se dice sobre el Papa? ¿Ha… resucitado realmente?

El camarlengo miró con curiosidad a su acompañante. Bueno, era natural la curiosidad de la gente sobre… el milagro. Tenía que ser condescendiente. Al fin y al cabo lo que tenía que hablar con él era de vital importancia.

-Así es –respondió-. Ahora se encuentra descansando en sus aposentos. Como puede imaginarse ha sido una sorpresa para todos nosotros.

-Entiendo –dijo lentamente el político-. Perdone que le pregunte pero… ¿se ha mostrado… bueno… violento desde que… bueno… volvió a la vida? ¿Ha intentando atacar a alguien?

La curiosidad se apoderó del religioso. Esas preguntas… no parecían ser tanto curiosidad como… un interrogatorio… podría ser que… Sonrió, parecía que Dios seguía ayudándole en el camino que tenía marcado.

-¿Sabe? Creo que ambos sabemos lo que está pasando –dijo el camarlengo-, y yo que no sabía cómo sacar el tema. ¿Desde cuándo sabe de la existencia de…. este tipo de sucesos?

EL político se volvió a remover nervioso en el sillón. Y tosió levemente.

-¿Entonces sabe… en lo que realmente se ha convertido el Papa?

-Mucho me temo que sí. No me malinterprete, honestamente creía posible que fuera un milagro, pero mi deber era estudiar el asunto de forma aséptica y honesta. Y las pruebas han sido irrefutables. Esa criatura no es el Santo Padre. No creo que ni tenga alma. ¿Desde cuándo sabe de la existencia de las mismas?

-Al principio eran sólo rumores –comenzó a explicarle el político-, gente desaparecida en las montañas o en los bosques que salían de los mismos… con un comportamiento violento y que eran casi imposibles de matar. Obviamente no fui informado de esos sucesos dado que eran aislados y nadie los conectó.
>>Hasta que una riada removió la tierra de un pueblo y desenterró los ataúdes del cementerio. Y los muertos se alzaron de sus tumbas y atacaron a los habitantes y a los servicios de emergencia desplazados. Los carabinieri tuvieron que pedir ayuda al ejército. Había una unidad de montaña de entrenamiento en las cercanías y entre todos pudieron acabar con la amenaza. Fue entonces cuando me informaron. De eso hace una semana.

El camarlengo asintió. Así que fuera lo que fuera lo que estaba pasando iba más rápido de lo que él había anticipado.

-Entonces, le será más fácil aceptar el plan que le voy a exponer a continuación.

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