Jornada 8. El fin de los días IV (XII). Ello


Alguien toco en la puerta del despacho del camarlengo. Éste alzó la cabeza para ver quién era. Su ayudante entró andando a diferencia de la última vez que había entrado. Al menos parecía que esta vez no traía más problemas con su presencia.

-Ha llegado el presidente de la República eminencia.

Su ayudante hizo una pausa pero parecía no haber acabado. El camarlengo le miró inquisitivo esperando que continuara. Al no hacerlo decidió ser más directo.

-¿Algo más?

-Bueno –su ayudante dudó una vez más-, un mensaje de la escolta que acompañaba al padre Xavier.

El camarlengo sabía lo que vendría a continuación. Le comunicarían que el padre Xavier habría tenido un accidente y habría fallecido. Se preparó para poner su cara más afligida. No podía evitar tratar de adivinar qué le podría haber sucedido. Esperaba que hubiera sido algo rápido y que no hubiera sufrido. No disfrutaba pensando en el dolor que pudiera haber sufrido.

-Al parecer el padre Xavier ha desaparecido.

El cardenal Filippi miró con curiosidad a su ayudante ante la elección de palabras. Luego pensó que a lo mejor no hablaba figurativamente si no que realmente había desaparecido. Tal vez fuera mejor así. Sin cadáver, sin investigación alguna. Muy inteligente. Una desaparición que con los días que se avecinaban no se notaría y por la que nadie preguntaría y acabaría cayendo en el olvido.

-¿Desaparecido? –preguntó finalmente a su ayudante haciéndose el despistado.

-Sí. –respondió su ayudante-. La escolta me pidió que le dijera eso y también que no había podido cumplir con su petición. Me pidió que usara estas mismas palabras.

La cara del camarlengo cambió a un rictus de alguien al que habían pillado haciendo algo malo. Dándose cuenta de ello corrigió su rostro que volvió a mostrar simplemente la tensión de esos momentos.

-De acuerdo. Haga pasar al presidente inmediatamente.

El ayudante inclinó levemente la cabeza y se retiró. El camarlengo se recostó en su sillón y sonrió. El padre Xavier siempre había sido un dolor de cabeza y parecía que el destino quería que así siguiera siendo. Bueno, daba igual. No era ningún problema. Seguramente acabaría muerto por algún rincón a manos de esas criaturas que iban a caminar sobre la tierra.

La puerta volvió a abrirse y el presidente de Italia entró en el despacho del camarlengo. El religioso se levantó y rodeó el escritorio para ir a su encuentro a recibirle. Cuando llegó a su altura el político cumplió con el ritual de besar el anillo del cardenal.

-Eminencia. Gracias por concederme esta audiencia. Sé que, como decimos nosotros, tiene el plato lleno. Y no hemos sido precisamente amigos en nuestros cargos.

El cardenal señaló un sillón que había en el despacho y le indicó que se sentará. Ambos se acomodaron en el mismo.

-No es ningún problema. Es cierto que en el pasado no ha sido usted todo lo católico que debería. Pero perdonar es uno de nuestros lemas –luego hizo una pequeña pausa- Presidente… tenemos que hablar.

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