Jornada 8. El fin de los días IV (VII). Ello


Todo el mundo se había callado y se habían quedado quietos de repente al ver aparecer al padre Xavier en el despacho del camarlengo. El silencio duró unos segundos, pasados los cuales comenzaron a levantarse murmullos entre las distintas personas que había en el despacho.

El padre Xavier ignoró los murmullos y las miradas que le seguían a medida que avanzaba por la habitación hacia la mesa detrás de la cual estaba sentado el camarlengo. Al llegar a su altura le saludó.

-Eminencia, me han dicho que quería verme.

El cardenal Filippi se puso en pie, rodeó la mesa y alargó su mano para que el otro religioso cumpliera con el protocolo de besarle el anillo. Todas las miradas estaban puestas en Xavier que siguió el protocolo y puso sus labios sobre el anillo como muestra de respeto.

El camarlengo le indicó que le acompañara. Ambos salieron del despacho mientras las miradas les seguían acompañando hasta que ambos llegaron al pasillo. En ese momento ya estaban solos.

-¿Son ciertas las noticias? –preguntó el padre Xavier mientras avanzaban por los pasillos.

-Por eso le he hecho llamar –respondió el camarlengo señalando la dirección a seguir en una intersección-, quiero escuchar su opinión al respecto.

-No lo entiendo –respondió Xavier visiblemente confuso-, seguramente tiene aquí a todos los expertos en todos los campos que necesite.

El camarlengo se permitió una pequeña sonrisa condescenciente.

-Digamos que sus opiniones polémicas representan una vía que tenemos que estudiar.

Xavier miró al camarlengo directamente.

-Fue usted mismo el que me expulsó de aquí por mis opiniones –le recordó.

-Considere que le hice un favor. Cualquier otro le hubiera excomulgado directamente. Yo le permití seguir con sus estudios y con su fe.

-Permítame que me muestre escéptico –respondió el sacerdote-. Mis ideas y mi fe no son excluyentes.

-Lo sé, lo sé. Es usted un hombre devoto. Con una fe inquebrantable que trata de demostrar la existencia de Dios a través de la ciencia.

Xavier negó con la cabeza.

-No entendió nada –le corrigió-, no necesito demostrar la existencia de Dios a través de la ciencia. Sé que Dios existe. Lo que quería era demostrar que la Iglesia puede acercar a Dios a través de la ciencia. Hacerle más cercano.

-La gente necesita fe –señaló Filippi-, no ecuaciones que demuestren que deben de creer en Dios. Si usamos la ciencia estamos obviando uno de los pilares de esta Iglesia, la fe. La creencia en algo que no podemos tocar, ni explicar, ni ver. En algo que está más allá de nuestra comprensión.

-Pero la ciencia… -su frase se quedó cortada al ver cómo el camarlengo levantaba una mano autoritariamente.

-No le he hecho venir para discutir sobre sus tesis. Está aquí por sus particulares puntos de vista. Se ha especializado en la ciencia a lo largo de su vida. Es un hombre de Dios con un cerebro entrenado para pensar en cosas que están más allá de lo que podemos ver. Y, lamentablemente, no hay demasiados como usted a mano.

-¿Qué quiere de mí entonces?

-Quiero su opinión –respondió Xavier que veía a lo lejos a la Guardia Suiza-, quiero que estudie el caso que tiene delante, que aplique sus conocimientos de fe y ciencia y me diga a qué nos enfrentamos.

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