Jornada 8. El fin de los días IV (IV). Ello


Fuera lo que fuera esa criatura parecía claro que no era el Papa resucitado. Ni siquiera parecía un ser humano. Una vez más sus ojos se centraron en los del Santo Padre. Unos ojos inyectados en sangre, o esa sensación le dio, le devolvía la mirada. Era una mirada de locura. Había algo en esos ojos que le inquietaba, que hacía que tuviera que apartar su mirada. Le incomodaba.

-¿Ha dicho algo?

Los sacerdotes negaron con la cabeza rápidamente, así como las monjas que estaban ahí encargadas de cuidar del Papa. El cardenal rodeó la cama y se situó delante de la única ventana que tenía la habitación. Las vistas que tenía eran las del interior del Vaticano, unos jardines por los que recordaba haber paseado con su Santidad en diversas ocasiones conversando sobre el futuro de la Iglesia y de otros asuntos. Pasó una de sus manos por la superficie del cristal. Blindado. O más. La seguridad era algo que no se tomaba a la ligera en el Vaticano. Había demasiados locos sueltos por el mundo.

Los gruñidos de la criatura que yacía postrada en la cama le sacaron de sus recuerdos y pensamientos. En su mente a cada momento que pasaba veía más esta resurrección como un problema y no como un milagro. Pero respiró hondo pensando en lo misterioso que eran los caminos del Señor. Debía tener fe y confiar en que todo sería revelado a su tiempo.

Pero mientras eso ocurría debía tomar medidas.

-Quiero que todo el mundo abandone la habitación. Tal vez debamos dejar descansar a su Santidad y tanta gente le ponga nervioso.

Luego se acercó a uno de los miembros de la Guardia Suiza.

-Eso también va por ustedes –antes de que el miembro de la Guardia Suiza pudiera responder el cardenal alzó una mano en señal de que guardara silencio-. Pondremos un par de cámaras para monitorizar a su Santidad. Ustedes cuatro pueden seguir de guardia en la puerta, que es la única entrada a la estancia. Doy por supuesto que por esa ventana no puede entrar nada ni nadie.

El Guardia Suizo usó su radio para hablar con el centro de mando. Después de un par de minutos de intercambio de conversaciones éste asintió.

-Eminencia su petición es aceptable.

En media hora las cámaras habían sido instaladas y todas las personas que había en la habitación la desalojaban, no sin mirar atrás para comprobar por última vez el estado de su Santidad.

La Guardia Suiza se apostó en la puerta del dormitorio. Uno a cada lado de la puerta y los otros dos enfrente. El cardenal asintió.

-Que nadie entre ni moleste a su Santidad sin mi permiso.

Luego se dirigió hacia su despacho. En la puerta le esperaba un grupo de cardenales que nada más verle aparecer se abalanzaron sobre él.

-¿Son ciertos los rumores Filippi? ¿Ha resucitado el Santo Padre?

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