Jornada 8. El fin de los días IV (III). Ello


-¿Qué ha pasado con los fieles? –preguntó tratando de hacerse una idea de lo que estaba ocurriendo para poder controlarlo.

-La Guardia Suiza les ha retenido en la sala –respondió el sacerdote-. Hemos cerrado las puertas al resto de fieles alegando una serie de problemas. Además hemos cortado la emisión de televisión al exterior. De momento esas imágenes no se han hecho públicas y nadie fuera de estas paredes sabe del milagro.

El cardenal Filippi paseaba nervioso por su despacho. Todo el asunto denotaba cierta gravedad… aunque… también podía ser una oportunidad.

-Encuentre al padre Xavier y tráigalo a mi presencia.

-¿El padre Xavier? –preguntó confuso el sacerdote.

-Sí, debe de estar de misiones por algún lugar de África. O al menos es ahí a donde le mandé.

El sacerdote asintió y salió corriendo del despacho para cumplir la orden del cardenal.

El camarlengo se quedó sólo en su despacho pensativo. No podía retrasar más lo inevitable y salió del mismo con paso firme hacia los aposentos de su Santidad.

Justo antes de entrar pudo escuchar gruñidos y crujidos de madera. Besó su crucifijo, hizo la señal de la cruz y entró con paso solemne en el dormitorio del Santo Padre sin saber muy bien lo que se encontraría.

Enfrente de él se encontraba la cama del Papa, y encima de ella… el cuerpo con vida del mismo. En cada esquina de la habitación se había situado un miembro de la Guardia Suiza que vigilaba todo lo que pasaba en aquella habitación velando por la seguridad de su ocupante. Además, había diversos sacerdotes y monjas que se quedaron parados al verle aparecer.

Una de las monjas que llevaba un barreño con agua lo dejó y se dirigió al cardenal. Se arrodilló y le besó el anillo que denotaba su posición eclesiástica.

-Eminencia, no sabíamos qué hacer –dijo a modo de disculpa la monja-. El Santo Padre está en un estado de agitación y no parece calmarse, no parece reconocer a nadie y no duda en atacar a todo el que se acerque. Hemos tenido que… restringirle los movimientos.

El cardenal observó más de cerca la escena. Efectivamente, el Papa se encontraba atado por sus muñecas y sus tobillos a las patas de la cama de manera que no parecía poder moverse. Además llevaba puestas protecciones de espuma en las piernas, los brazos y el cuello. Señaló dichas protecciones a modo de pregunta.

-Temíamos que se pudiera hacer daño a sí mismo –respondió la monja rápidamente-, así que hemos tratado de inmovilizarle las articulaciones para que con sus bruscos movimientos no se rompa ningún hueso ni se le salgan.

Filippi asintió. Se acercó a los pies de la cama y pudo observar por primera vez al Papa resucitado de cerca. Le miró el rostro que parecía estar completamente desencajado, fuera de sí. Pero lo que más le llamó la atención era la mirada que lanzaban sus ojos. Una mirada que provocó un escalofrió en el cardenal. Esos ojos no parecían revelar piedad, ni -y ése era el problema- señal alguna del antiguo ocupante de ese cuerpo. Miró preocupado a su alrededor. Todos los ojos parecían devolverle la mirada esperando que dijera algo. Pero, ¿qué iba a decir? ¿Qué más que una resurrección parecía una posesión?

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