Jornada 8. El fin de los días IV (II). Ello


El cardenal Filippi abrió la boca… y la volvió a cerrar. Su mente trataba de comprender lo que acababa de escuchar pero que no tenía sentido. ¿El Papa resucitado? Imposible. Él era un hombre de fe y había leído en incontables ocasiones los relatos bíblicos de las resurrecciones, tanto la obrada por el mismo hijo de Dios como la de éste después de ser crucificado por los romanos. Pero nunca, absolutamente nunca, en la historia de la Iglesia se habían dado más casos de resurrección. Sí, había habido alguna falsa muerte, cuerpos hibernados que parecían muertos, pero… Él mismo había comprobado que el Papa estaba muerto. No sólo con los viejos rituales católicos sino mediante la ciencia. Un médico se había asegurado que el Santo Padre estaba REALMENTE muerto. Sin pulso. Sin respiración. Su cerebro no daba señales de vida. Su corazón estaba completamente parado. La sangre no recorría ya las venas de ese cuerpo.

Se levantó de su silla como si un resorte le impulsara.

-¡Eso es imposible! –dijo con tono duro y solemne- y si es algún tipo de broma… le aseguro que no hay perdón para la misma.

El sacerdote negó con la cabeza rápidamente.

-Es un milagro, camarlengo –insistió el sacerdote-. El Papa ha resucitado.

El cardenal se acercó al sacerdote. Mientras lo hacía lo estudió más atentamente. No parecía haber señal alguna de broma y parecía estar muy serio, a la vez que alborozado y excitado.

-Explíqueme qué ha sucedido.

El sacerdote esperó unos segundos para continuar mientras recuperaba el aliento. Luego respiró solemnemente.

-Como es tradición el cuerpo del Santo Padre está expuesto para que los fieles se despidan del mismo. La Guardia Suiza lo custodia y somos diversos los sacerdotes que estamos en la sala para supervisar que todo se desarrolle correctamente y aliviar la pena de nuestros hijos.

El camarlengo asintió. Sabía todo eso ya que había sido una de sus funciones preparar dicha vigilia. El último homenaje antes del entierro, su última aparición pública ante los fieles.

-El día ha transcurrido sin anomalías. Algún pecador ha intentando aprovecharse de la situación pero la policía romana ha tratado con esos problemas. Ha sido a media tarde que de repente el Papa ha comenzado a tener convulsiones. Nadie sabía qué hacer. Los fieles se han quedado parados observando, la Guardia Suiza se ha acercado rápidamente para comprobar que no hubiera sucedido nada con el cuerpo y algún infiel hubiera violado su cuerpo.

Un par de sacerdotes nos hemos acercado también… y al cabo de unos segundos el Papa se ha reincorporado. Al principio parecía aturdido. Se ha portado de forma muy violenta y se ha lanzado contra uno de los Guardias Suizos que trataban de ayudarle. Por suerte no le ha hecho más que unos rasguños gracias al uniforme. Entre un grupo de sacerdotes y Guardias hemos conseguido inmovilizarlo y lo hemos llevado a sus aposentos.

El cardenal Filippi no se creía lo que estaba escuchando. Pero sin embargo… el fervor con el que se explicaba… ¿Podría estar ante el milagro de la resurrección?

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