Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (XXXXV) Por JD


-Mechas, labors –decía con gran ardor Gerald en su despacho en los calabozos del castillo- Imagínate Doc, luchar contra los zombies con esas maravillas de la tecnología.

Doc miró con cierto desagrado a Gerald.

-No entiendo lo que estás diciendo –le respondió a sus comentarios- ¿mechs? ¿labors? ¿Qué demonios son esas cosas de las que estás hablando?

-Dios mío, Doc, que anticuado eres realmente, robots gigantes –dijo Gerald poniéndose en píe y gesticulando con las manos-. Salen en los “animes”, dibujos animados japoneses, gente conduciendo robots que les protegen y lanzan misiles, y tienen enormes pistolas de rayos… imagínate lo fácil que sería deshacerse de esos malditos zombies. Zam, puff, pum, chiung, y se acabó.

Doc giró la cabeza incrédulo ante lo que estaba escuchando.

-Tenemos problemas más urgentes que resolver que tus estúpidas locuras infantiloides.

Gerald puso gesto de desagrado ante las palabras de Doc. Normalmente éste era desagradable pero últimamente estaba más refunfuñón que de costumbre.

-Si crees que es tan sencillo hazlo tú mismo –respondió Gerald molesto- y si no puedes, como es el caso, lárgate y desaparece de mi vista. Y contrata a un psicólogo o a una buena prostituta, tu comportamiento me está comenzando a molestar sobremanera.

Doc soltó un bufido y salió de los calabozos refunfuñando y recordando a los muertos del informático mientras se dirigía a la salida del castillo.

En la misma le paró uno de los guardas que había apostado.

– ¿A dónde vas Doc? Es peligroso salir ahí fuera solo –le advirtió a modo de saludo.

-Tenía pensado ir a dar una pequeña vuelta para estirar las piernas y disfrutar de la naturaleza y la soledad para despejar mi cabeza.

-Pero ya conoces las normas –respondió el vigía- nada de salidas no programadas y menos sin escolta.

Doc miró a su alrededor y sacó un paquete de cigarrillos.

-Un pequeño vicio que no puedo mostrar en público –respondió mostrando brevemente el paquete- ya sé que no debería hacerlo, pero en casa de herrero… además llevó esto como protección –añadió dándole una palmadita a la escopeta que llevaba a la espalda- y no es como si no tuviéramos vigilada la zona con una absurda cantidad de sensores instalados por el genio local de Gerald.

El guardia se lo pensó durante unos segundos antes de asentir.

Doc sonrió y le dio una palmadita en el hombro mientras salía. Luego bajó las largas escaleras de piedra que separaban el castillo del suelo y se alejó del mismo. Miró a su alrededor asegurándose que no había nadie que pudiera verle ni escucharle. Luego sacó un teléfono del interior de su chaleco y desplegó la antena. Lo encendió e introdujo una serie de dígitos a modo de contraseña. Marcó un número y esperó la respuesta al otro lado de la línea.

-Contraseña zulú – uno – siete – golf – sierra. Extensión 31.

– Contraseña confirmada –respondió una voz al otro lado de la línea- un momento.

Otra voz sonó por el teléfono.

-Doctor Rodríguez. Cuanto tiempo sin saber de usted.

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