Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (XXXVII) Por JD


Tan pendientes estaban de salir de ahí que nadie había prestado atención a un grupo de zombies que se había ido acercando por el lateral del humvee. El artillero cubría la parte trasera del vehículo y seguía disparando su ametralladora, por lo que el ruido ocasionado había tapado cualquier posible sonido que pudieran haber hecho los zombies al acercarse.

Uno de los zombies metió sus brazos por la ventana abierta del conductor y lo agarró ferozmente. Éste gritó al notar las garras de la criatura cerrarse sobre él y sentir cómo intentaba arrastrarlo fuera del vehículo.

La capitana Grumpy rápidamente sacó su arma corta y la acercó a la ventanilla descerrajando un par de tiros en la cabeza del no-muerto que dejó escapar su presa.

El conductor se tapó las orejas para intentar parar el ruido que resonaba en su cabeza debido a los disparos efectuados a la altura de su oído.

-Ponga en marcha este vehículo si no quiere que alguien más trate de convertirle en su comida –gritó apremiante la militar mientras miraba a su alrededor.

-No le oigo –dijo el soldado gritando.

-¡QUE ARRANQUE DE UNA VEZ! –Dijo gritándole al oído bueno la capitana y señalando hacia adelante.

El soldado se quitó las manos de los oídos que todavía le zumbaban y apretó el acelerador dirigiendo el vehículo hacia una de las calles laterales.

El humvee salió rápidamente de la plaza dejando atrás a los zombies que al ver escapar a su presa cambiaron su destino y comenzaron a seguirla lentamente. La capitana Grumpy miró por el retrovisor cómo los zombies se quedaban encallados en la calle al tratar de pasar todos a la vez y se formaba una muchedumbre.

El conductor, que todavía se frotaba una de las orejas apartó la mirada para comprobar que no les seguían. Cuando volvió la mirada a la carretera frenó bruscamente al ver delante del vehículo a alguien. Pero era demasiado tarde. Y le pasaron por delante. El humvee apenas lo notó. Pero el conductor frenó en seco y se quedó mirando la carretera.

La capitana Grumpy no podía creérselo.

-Arranque de nuevo, sólo era un zombie.

-Le he matado, le he matado –no paraba de repetir el soldado.

-Ya estaba muerto -le señaló la capitana furiosa- Y si no quiere acabar igual arranque de una maldita vez y sáquenos de esta condenada ciudad.

Durante los siguientes minutos nadie dijo nada en el interior del vehículo. El conductor había bajado la velocidad temiéndose que se cruzara alguien otra vez. Pero las calles parecían vacías. Salvo algún grupo de zombies que se veía de vez en cuando por medio de las calles, deambulando sin un rumbo claro.

Mientras el humvee avanzaba por la ciudad a capitana Grumpy no podía evitar un sentimiento de derrota. Había perdido la ciudad. Había perdido soldados. Y había dejado que el misterioso doctor escapase y no pagase por sus innumerables crímenes y experimentos. Y además estaba ese grupo que parecía financiarle o al que pertenecía.

Se prometió a sí misma que acabaría tanto con el doctor como con sus amigos. Justo en ese momento el humvee volcó y dio un par de vueltas de campana.

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