Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (XXXII) Por JD


El doctor cogió una toalla y la plegó cuidadosamente. Luego se acercó al cristal que había sobre el lavabo y apoyó la toalla contra el mismo. Golpeó fuertemente con su codo la toalla y vio cómo el cristal se rescrebajaba sin hacer ruido ni caerse. Con cuidado retiró la toalla y estudió los trozos de cristal. Cogió uno que le pareció adecuado. Lo rodeó en parte del mismo con la toalla a modo de empuñadura y se acercó a la puerta.

A continuación golpeó el marco del cristal haciendo que los cristales cayeran al suelo provocando un gran ruido.

En unos segundos el soldado entraba corriendo en el baño y se encontraba con un trozo de cristal clavado en su estómago cortesía del doctor que le había pillado por sorpresa. El doctor sin perder tiempo sacó rápidamente el cristal y mientras el soldado se echaba las manos al estómago le rebanó el cuello de vena a vena. En unos segundos el soldado se encontraba muerto tirado en el suelo rodeado de un charco de su propia sangre. El doctor miró la imagen.

-Piensa positivamente, te he librado de una muerte lenta y dolorosa.

Salió rápidamente del despacho y se acercó a uno de los jarrones que había en la antesala. Dentro se encontraba el teléfono vía satélite que había escondido antes. Sabía que los militares lo buscarían en la habitación. Y apostó a que no pensarían en hacerlo fuera del despacho. Afortunadamente para él, acertó.

Mientras bajaba unas escaleras laterales activó el teléfono.

-¿Cuál es el estatus del protocolo Infierno?

Una voz al otro lado del aparato le respondió.

-Se ha retraso debido al tiempo. Está nublado por la zona y no podemos ver con exactitud el objetivo.

-No estamos hablando de un ataque quirúrgico –se quejó el doctor amargamente– calculen mediante el GPS y lancen tres o cuatro bombas. Da igual que se equivoquen por un par de kilómetros de más.

-Pasaré la orden.

-De acuerdo –respondió el doctor dándose por satisfecho– necesitaré extracción en el punto de encuentro Omega.

-Le estaremos esperando.

El doctor apagó el teléfono y recordó mentalmente su ruta de escape. Bajó hasta los sótanos del ayuntamiento y pasó por delante de la puerta del bunker de la alcaldesa y sonrió. Lo que la arpía no sabía era que seguramente ella no sobreviviría. Y si lo hacía no podría salir nunca de su refugio. Al contrario que los refugios nucleares militares, el de la alcaldesa no estaba preparado para lo que se iba a lanzar sobre la ciudad.

Pensó en la ironía. Ahí estaba la alcaldesa que había vendido a toda su ciudad sin pestañear, creyéndose a salvo. Obviamente, él podría haber dicho algo… pero de alguna manera no quería que esa persona sobreviviera. No se lo merecía. No había sacrificado nada para conseguirlo… además, no era justo que alguien como ella sin ningún valor moral sobreviviese y alguien que podría haber sido tan útil como la capitana Grumpy muriese. Sabía que su pensamiento era retórica pura, dado que él tampoco era un santo. Sí, había sacrificado cosas por la causa, había arriesgado su vida… su vida tenía un valor muy superior al de la alcaldesa.

Enfiló un par de puertas más y se encontró delante de su objetivo. Una puerta de metal que le llevaba al sistema de alcantarillado desde el que podría salir de la ciudad sin problemas y sin encontrarse con zombies. Al fin y al cabo, ¿qué se les había perdido a los zombies en las cloacas?

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